(AFP)
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No soy uno de esos tontos nerviosos que creen que los candidatos demócratas no deberían soñar en grande y vendernos ideas grandes y transformadoras. No soy uno de esos que creen que los demócratas deberían negociar entre ellos, antes de enviar una propuesta, de tal modo que presenten solo medidas a medias incrementales en aras de la practicidad y la capacidad percibida para implementarlas.

“Soñar en pequeño” mata los sueños. Y, en mi opinión, es una forma de perder las elecciones. “Tengo políticas pusilánimes que puedo lograr que apruebe un Congreso que suele desdeñar todo” no es un mensaje motivador.

Los demócratas moderados quieren avanzar poco a poco hacia el éxito; yo estoy abierto a las ideas ambiciosas de los demócratas más progresistas.

Los conservadores nunca van a darles palmaditas en la espalda por su moderación. Dirán que cada una de sus propuestas es un empujón más hacia el apocalipsis, el fin del ideal estadounidense, un evidente deslizamiento hacia el socialismo.

Si comienzan con ideas más grandes, es probable que cualquier concesión que se haga dé como resultado un punto medio; si lo hacen con ideas medianas, es probable que las concesiones hagan que sus ideas terminen transformadas en propuestas de derecha diluida.

Eso no me parece aceptable.

Así que les digo a los demócratas: denme sus ideas más grandes y atrevidas. Casi ninguna de ellas será una política que pueda instituirse mediante una acción ejecutiva. Casi todas requerirán actos del Congreso, y es probable que el Congreso produzca algo tremendamente diferente de lo que ustedes hayan propuesto, si acaso llegan a promulgar algo.

En cambio, esas propuestas son declaraciones de principios, enmarcan sus metas y esbozan una visión. La visión es la clave. Si su única visión es lo que creen que pueden conseguir que se apruebe, se han vuelto incapaces de percibir los deseos del corazón liberal, del corazón estadounidense, el deseo del país de aspirar a la grandeza y alcanzarla.

Dicho esto, sigo creyendo que los candidatos con los planes más ambiciosos necesitan sincerarse con los electores sobre cuán caros, dolorosos y disruptivos pueden ser los cambios necesarios para la transformación, al menos en el corto plazo.

Pensemos por ejemplo en la transformación de nuestro sistema de cobertura médica: ya sea que hablemos sobre “Medicare para todos” o una expansión de Obamacare con una opción pública, el cambio vendrá con un precio.

Más que eso: algunas propuestas eliminarían de tajo los seguros patrocinados por el empleador. En teoría, esta es una estrategia prudente que se traduciría en más cobertura para la mayoría de los estadounidenses. Pero sería enormemente desestabilizador, de tal modo que a los estadounidenses les esperaría una década o más de problemas antes de que todos los detalles se resuelvan.

La Ley de Atención Médica Asequible se aprobó hace casi una década y todavía hay problemas importantes que es necesario resolver.

Además, la industria de salud estadounidense representa billones de dólares para la economía y, según el Instituto Nacional para la Salud y la Seguridad Ocupacional, “la atención médica es el sector de mayor crecimiento en la economía estadounidense, que emplea a más de 18 millones de trabajadores”. ¿Qué sucederá con todos esos trabajadores cuando nosotros, con buena razón, reduzcamos nuestros gastos en atención médica y reestructuremos el sistema de salud estadounidense?

Hay cientos de miles de personas que trabajan como vendedores de seguros médicos y de vida. ¿Qué será de esas personas si eliminamos los seguros médicos privados?

La triste realidad es que la ineficiencia y la desigualdad a veces pueden ser motores que impulsan el empleo y que le exigen a un universo creciente de trabajadores que se adapten a un sistema que no funciona tan bien como debería. Arreglar el sistema no solo puede eliminar el desperdicio en términos de costos, sino también en términos de empleo. Puede acabar con muchos empleos. Los progresistas deberían enfrentar esta paradoja directamente y decirle al electorado cómo planean solucionarla.

Así mismo, el gobierno federal es una burocracia torpe y no siempre es eficiente ni eficaz para lograr las tareas pequeñas, ni qué decir de los cambios grandes y transformadores a la economía y la cultura estadounidenses. Es bastante probable que pueda haber caos, confusión y decepción a corto plazo. Los candidatos deberían advertirles eso a los electores y prepararse para ello.

Ahora bien, el hecho de que algo sea difícil no quiere decir que no deba hacerse. No obstante, a los electores no debería contárseles el cuento de hadas de que las propuestas que arrasan con todo cambiarán al instante las vidas de todos para bien sin obstáculos.

Digan la verdad. Digan toda la verdad. En verdad creo que la mayoría de los electores son lo suficientemente adultos para lidiar con la verdad. De hecho, me parece que no ser totalmente honestos daña a los progresistas. Los electores tienen la corazonada de que todos estos grandes planes suenan demasiado buenos para ser verdad. “¿Cuál es la trampa?”, es la pregunta que merodea en su mente.

Revelen la trampa. Aclaren cuáles son las desventajas. Díganles a los electores que no son cobardes por sentirse ansiosos o recelosos. Explíquenles que este será un viaje hacia lo desconocido para Estados Unidos, pero tranquilícenlos diciéndoles que afinaremos y perfeccionaremos todo lo que emprendamos hasta resolver todos los problemas.

En otras palabras, traten a los electores con respeto diciéndoles toda la verdad, con todo y sus desventajas, en lugar de solo hablarles de las maravillas que harán.

*Copyright: 2019 The New York Times Company