Kabul, Afghanistan (Adam Ferguson/The New York Times)
Kabul, Afghanistan (Adam Ferguson/The New York Times)

KABUL, Afganistán — Era el cuarto día de las conversaciones de paz entre estadounidenses y afganos la semana pasada y estábamos en la oficina de The New York Times en Kabul, sentados en nuestros escritorios colocados uno frente al otro, cuando alzamos la vista y nuestras miradas se cruzaron. En ese instante, ambos pensamos: "De verdad podría pasar".

Enseguida, nos preguntamos: y ahora, ¿qué?

"Si viviéramos en paz, ¿qué harías primero?", Fahim le preguntó a Fatima.

"Iría a cabalgar", respondió Fatima. La última vez que lo hizo era una niña y estaba en su pueblo natal, que ha permanecido bajo control de los talibanes desde entonces. "Luego iría a mi pueblo. Y tú, ¿qué harías?".

Fahim se detuvo a pensar por un minuto. "Compraría una motocicleta, le instalaría dos cámaras GoPro y recorrería en ella todos los lugares que ahora controlan los talibanes: Uruzgán, Zabul, Helmand. Después, Daikundi y Bamian. Quiero ver esos lugares de cerca, no desde un avión".

Compartir esos sueños fue muy emocionante, aunque después de todo lo que hemos presenciado, los amigos que hemos perdido y los ataques a ciudadanos inocentes que hemos atestiguado sabemos muy bien cuán incierto es que se concrete un acuerdo de paz.

Incluso si se logra un tratado de paz, sabemos que su aplicación tardaría algún tiempo, por lo menos meses, o más bien años. Además, es muy posible que como parte de ese acuerdo los talibanes conserven el control de los lugares que nos gustaría visitar, o incluso se encarguen de ciertos ministerios e intenten decirnos a dónde ir.

De cualquier forma, como muchos otros, tanto amigos como enemigos, nos dejamos llevar por la esperanza reinante en un momento sin precedentes.

Entonces, se nos ocurrió que quizá nuestros amigos también estarían soñando en todo lo que podrían hacer. Al igual que nosotros, la mayoría nunca han vivido en paz; solo quienes tienen casi 50 años conservan recuerdos de ese tipo, y la mayoría de los jóvenes apenas recuerdan la época de los talibanes.

Lo único que conocemos es un país en guerra.

(Muchas veces leemos que la guerra en Afganistán es la más larga que ha vivido Estados Unidos. Pues bien, también es la guerra más prolongada para nosotros. Incluso en la historia de Afganistán, habría que ir muchos años atrás para encontrar una guerra de cuarenta años).

Así que buscamos, en Facebook para empezar, dónde estaban nuestros amigos. En tiempos de guerra, Facebook es todavía más importante para estar en contacto, porque es más seguro que reunirse en lugares públicos.

Uno de los amigos de Fahim, Nasim Pakhtoon, de 35 años, quien dirige un canal de televisión del gobierno, había publicado que en cuanto hubiera paz, planeaba abrir un restaurante en la provincia remota de Nuristán, un lugar enclavado en las montañas y de acceso tan difícil que durante mucho tiempo se le comparó con el ficticio Shangri-la.

Una amiga de Fatima, Tahera Rezaee, fotógrafa documental de 28 años, también tenía planes.

"Voy a tomar mi maleta, unos cuantos vestidos y mi cámara", dijo. "Utilizaré transporte público, no un auto privado. Voy a hacer excursiones en Panjshir, escuchar música en Helmand y visitar en Kandahar la nueva ciudad de Aino Mena, pues escuché que es como Dubái. Voy a fotografiar chicas en Badajshan y bailar con sijs en Nangarhar".

Los sueños de muchos de nuestros amigos no eran nada complicados.

Rafiullah Stanikzai, de 30 años, empleado del Instituto de Paz de Estados Unidos, dijo que se subiría a un automóvil y conduciría por todo el país durante el invierno, haciendo paradas en los lugares donde la nieve se acumula. "Voy a encender una fogata y sentarme en torno al fuego con mis amigos por las noches", comentó. "Ahora no podría hacerlo".

Laila Noorani, productora de radio de 23 años, quiere salir a trotar, pues solo ha visto a mujeres hacerlo en las películas.

Durante las conversaciones de paz en Catar, en nuestra sala de noticias se escucharon más risas de lo usual. Las noticias parecían indicar que cada vez era más probable llegar en realidad a un acuerdo de paz, por lo que nos fue invadiendo la emoción.

Nos preguntábamos si los talibanes estarían soñando también con la paz, así que les preguntamos a unos cuantos.

Fatima se puso en contacto con un talibán que se encuentra en prisión, quien pidió mantenerse en el anonimato por temor a tener problemas con los insurgentes cuando salga libre (lo cual es muy probable si se concreta el acuerdo de paz).

Admitió que fue un alivio que lo arrestaran, para no tener que seguir luchando, algo que había hecho desde que recuerda. Tiene 36 años.

"El primer juguete que tuve fue una pistola, una real", dijo. "Estamos hartos de luchar".

¿Y su sueño? "Casarme. Mi prometida ya me esperó cinco años".

Nuestro colega Najim Rahim, que trabaja en la ciudad de Mazar-i-Sharif, logró ponerse en contacto con otro talibán, Shah Mohammad, gobernador de la oposición en la provincia de Jowzjan (los talibanes establecen a sus propios dirigentes de gobierno virtuales en las provincias y distritos, incluso en lugares donde el gobierno mantiene prácticamente el control).

El sueño de Shah Mohammad era muy sencillo.

"Lo primero que haré es visitar a mis padres", afirmó. No los ha visto en seis años. Después, planea visitar ciudades del norte como Sheberghan y Mazar-i-Sharif, solo por darse el gusto de caminar por sus calles sin temor.

Por desgracia, cuando casi acababa la semana, tuvimos que volver a poner los pies en la tierra. Las conversaciones en Catar concluyeron tras seis días sin que se llegara a un acuerdo. El ánimo era optimista, según todos los asistentes, pero ya hemos escuchado eso en el pasado.

De pronto, los obstáculos volvieron a lucir infranqueables, como durante tantos años.

En esta ocasión, sentimos una decepción especial porque nuestras expectativas habían aumentado. Los afganos casi nunca hablamos acerca de nuestros sueños de una vida en paz, porque casi hemos dejado de creer que sea posible.

De inmediato, sentimos cierta vergüenza por habernos permitido bajar la guardia. Las risas fueron desapareciendo de la sala de redacción.

Volvimos a recordar la guerra, que casi habíamos olvidado durante esos pocos días llenos de esperanza.

En el caso de Fatima, el peor recuerdo que le ha dejado la guerra fue la escena de 2016 en la plaza Deh Mazang, donde dos terroristas suicidas del Estado Islámico llevaron a cabo un ataque en contra de manifestantes, cuyo saldo fue de 120 muertos y cientos de heridos. Aunque estaba justo en el lugar, sus heridas físicas fueron ligeras.

El peor recuerdo que Fahim tiene de la guerra es de cuando tenía 11 años y atestiguó la matanza de prisioneros talibanes en su pueblo de origen, Mazar-i-Sharif, en 1997.

Cientos de cuerpos de talibanes yacían en las calles tras su derrota a manos de yihadistas, entonces trajeron a un grupo de prisioneros talibanes y algunos miembros yihadistas de la milicia los torturaron y fusilaron.

"Se comportaron como animales", comentó Fahim. "Huimos de la ciudad antes de que los talibanes regresaran para ajustar cuentas. Les hicieron lo mismo a los prisioneros que capturaron".

Se nos ocurrieron varias ideas para concluir esta historia.

La versión de Fatima:

La semana pasada estábamos tan esperanzados. Pensamos en todos los amigos que perdimos, pero con la idea de que quizá ya no perderíamos a ningún otro. Anoche no pude dormir bien. Sentía ganas de llorar, pero no pude.

La versión de Fahim:

La semana pasada fantaseé acerca de mi niñez. Me vi en nuestro pueblo, con mi padre, mi abuelo y mi bisabuelo. Tenía unos 5 años. Los muros que rodeaban nuestra casa eran muy altos.

Igual que ahora, todos estaban hartos de la guerra y los gobernantes del país eran unos delincuentes; los talibanes acababan de surgir y todos pensaban que eran buenas personas y todo cambiaría.

Entonces, mi bisabuelo señaló hacia mí y dijo: "Espero que sea el primero de nuestra familia que por fin conozca la paz". Mi bisabuelo vivió hasta los 105 años, pero murió antes de que recuperáramos la paz.

La semana pasada no podía quitarme de la cabeza el pensamiento de que su deseo para mí quizá podría volverse realidad. Esta semana, ya no estoy tan seguro.

Fahim Abed, de 30 años, y Fatima Faizi, de 24, son periodistas afganos que escriben para The New York Times en Kabul.

Rod Nordland colaboró con este reportaje desde Kabul y Najim Rahim, desde Mazar-i-Sharif, Afganistán.

* Copyright: 2019 The New York Times News Service