
Viktor Orbán, el primer ministro de Hungría, representa en la actualidad a la derecha más extrema de Europa, y se ha convertido en el caballo de Troya del autócrata ruso Vladímir Putin en la Unión Europea.
La propuesta del modelo de Orbán se elabora sobre aquello que él mismo denominó «democracia iliberal», enlazada a una «contrarrevolución cultural europea» alineada con el polaco Jaroslaw Kaczynski, de tendencias autoritarias. La nación húngara, sostuvo Orbán, «no es una suma de individuos, sino una comunidad que necesita ser organizada, reforzada y desarrollada», agregando que «el nuevo Estado que estamos construyendo es un Estado iliberal, un Estado no liberal». Este Estado iliberal, dice, no busca el cosmopolitismo, ni el liberalismo ni el Estado de derecho, y menos compartir la visión de integración y apertura de la Unión Europea, la cual se ha convertido en el chivo expiatorio de estas derechas nacionalistas al estilo de Marine Le Pen, Santiago Abascal o Giorgia Meloni.
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Desde entonces, la coalición de derecha de Fidesz-Unión Cívica Húngara y el partido católico KDNP (Partido Popular Demócrata Cristiano), encabezada por Orbán, logró a partir de 2010 una victoria aplastante con promesas de anticomunismo, al estilo del fascismo, y encarnada en un espíritu nacionalista húngaro que exaltó las peligrosas emociones de la tribu.
Orbán dio inicio a su estrategia comunicacional enfocada en campañas negativas, desmotivando el voto a partir de la exposición de lo «negativo» del opositor, a través del uso del enemigo común externo e interno. Pero Orbán ya no sólo usaría al comunismo o a la estructura de la Unión Europea como sus chivos expiatorios, sino a un enemigo de carne y hueso al que la gente pudiese odiar. Es entonces cuando pone en marcha las teorías conspirativas, alimentadas por su más fuerte antisemitismo, encontrando un «villano» que articulase todo lo que para él representa el mal: George Soros, un sobreviviente del Holocausto y filántropo de causas relacionadas con la consolidación de la democracia, que, por cierto, había becado a Viktor Orbán en sus inicios, cuando el joven Orbán todavía no había sacado las garras.
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Desde su aparición en la escena política húngara, Orbán coqueteó con el lema «make the country great again», perfeccionado más tarde por Donald Trump en Estados Unidos. Su influencia arrasó fronteras y se convirtió en el ejemplo de los líderes de la derecha, a quienes les ha moldeado un discurso bajo el paraguas de las más disparatadas teorías conspirativas.
Una vez en el poder, una de las mayores estrategias de Orbán fue reducir la cantidad de bancas en la asamblea, hecho que le otorgó mayor poder y que le permite aún mantenerse en él. Además de contar con mayoría parlamentaria, avanzó tomando otro tipo de herramientas de control y avasalló la calidad institucional reformando la Constitución, edificando su nuevo sistema electoral mediante una reforma favorable a los intereses del partido Fidesz, tanto que tras perder millones de votos se las ingenió para que tal modelo le garantizara la mayoría en la cámara, y le permitiera hacer y deshacer a gusto y humor. El sistema judicial también se enfrenta a una enorme violación, puesto que este líder autoritario avanzó hacia una ley con el objetivo de diseñar tribunales judiciales controlados por su propio régimen.
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El nacionalismo paternalista y su rechazo de la inmigración son dos factores que caracterizan su línea política, sumados al ataque permanente a los medios de comunicación, pues una de las primeras medidas que tomó en el poder fue la ejecución de la ley de medios de comunicación, con la que neutralizó a los pensadores de izquierdas en los programas de radio y televisión estatales.
Su estilo autocrático lo convierte en uno de los primeros ministros más poderosos de Europa y principal aliado de Vladímir Putin. Su visión de las tradiciones cristianas aplicadas por y mediante el Estado también forma parte de Viktor Orbán, para quien el Estado impone un orden cultural y moral basado en la tradición, y quien ha mostrado y llevado a la práctica el deseo de convertir a Europa en un continente hermético, cerrado, opuesto a la integración, buscando convertirla en el modelo tradicionalista, oscurantista y ultrarreligioso anhelado por el despertar nacionalista europeo.
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