
Un estudio reveló cómo el régimen chino ha extendido su represión sobre los uigures que viven en el extranjero, utilizando tácticas de inteligencia y presión sobre las familias migrantes de esta minoría étnica, que se ven silenciadas e incluso presionadas para espiarse entre ellas.
Los investigadores de la Universidad de Sheffield entrevistaron a más de 120 uigures en Turquía y varios más en el Reino Unido, y obtuvieron notas de la policía china que detallaban sus tácticas. Los resultados indicaron que cuatro de cada cinco encuestados en Turquía habían sido amenazados por teléfono por la policía o los funcionarios de seguridad estatales chinos, a menudo con represalias contra sus familias en China, o con amenazas a sus familias en Xinjiang.
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“Te conocemos mejor de lo que te conoces a ti misma”, le dijo un agente de la policía china a Aynür, quien vive en Turquía. A ella le pidieron que recabe información sobre las actividades de sus amigos uigures. Ella había aceptado responder sus preguntas, pero se negó a informar sobre otros. Allí el tono de la policía se volvió más amenazante, diciéndole que “China es cada vez más fuerte” y le recordaron que, aunque era ciudadana turca y estaba a miles de kilómetros del gigante asiático, estaba bajo vigilancia constante.
El reporte señala que esta forma de acoso y vigilancia es una historia cotidiana en la diáspora uigur, con una represión transnacional a gran escala, en medio de los impactos por la violencia estatal, la separación familiar y la infiltración de espías que ya sufren en sus vidas cotidianas mientras intentan construir vidas en nuevas sociedades.
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El informe apunta que casi tres de cada cinco uigures habían sido ofrecidos el contacto con sus familias o un pasaje seguro a casa a cambio de poner fin a su activismo o de no hablar sobre la situación en Xinjiang. Casi todos habían sido invitados a llevar a cabo la vigilancia en Turquía de otros uigures en nombre de la policía china. Estos hechos han llevado a la fragmentación de la comunidad uigur y a la paranoia y el miedo entre los uigures que viven en el extranjero.

El estudio también descubrió que China ha extendido su vigilancia sobre estos grupos musulmanes más allá de sus propias fronteras, lo que incluye presionar a los uigures en el extranjero para que guarden silencio sobre los abusos en Xinjiang y para que informen sobre otros miembros de su comunidad. La policía china utiliza diversas tácticas para coaccionar a la gente, que van desde amenazas a sus familias en China hasta promesas de contacto con sus seres queridos a cambio de colaborar con la vigilancia china. Algunos gobiernos amigos de Beijing están dispuestos a hacer la vista gorda o incluso a ayudar, lo que puede llevar a la fragmentación de las comunidades uigures y a la paranoia.
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El profesor de asuntos internacionales de la Universidad de George Washington, Sean Roberts, dijo al Financial Times que “China ha estado involucrada en la represión de los activistas uigures en todo el mundo desde finales de los años 90, pero lo que cambió en 2017 fue atacar a las personas en general”. Después de la represión de China en Xinjiang, Roberts agregó que “los uigures se activaron políticamente. Cuando incluso los uigures relativamente leales al régimen terminaron en campos de internamiento, decidieron que podrían hablar, ya que el silencio no los protegería”.
La investigación sugiere que la represión y la vigilancia han aumentado la fragmentación y el miedo entre los uigures que viven en el extranjero.
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A medida que China amplía su radio de acción más allá de sus fronteras para mantener el control sobre las comunidades uigures, el impacto de la represión transnacional es grave y restringe seriamente los derechos de los uigures a la libertad de expresión y asociación, así como su capacidad para mantener su cultura.
Tal es el caso de Yasin Üztürk, de 38 años, propietario de una barbería en Estambul, quien nunca esperó convertirse en objetivo de una operación de los servicios de inteligencia chinos.
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Él evitaba participar de actos políticos, temiendo por el bienestar de sus padres, que todavía viven en China. Pero de todas formas vio cómo un cliente lo fotografiaba disimuladamente desde la calle. Cuando obligó al hombre, también uigur, a mostrarle el contenido, vio también mensajes de voz de un aparente funcionario de seguridad de China que le exigía más información sobre Üztürk.
Lleva siete años en Estambul y se ha naturalizado turco, pero le es imposible dar vuelta a la página. “Aquí todos desconfían unos de otros”, lamentó.
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Ante este clima de miedo y represión, activistas reclaman que la comunidad internacional actúe para que China rinda cuentas por sus abusos contra los derechos humanos del pueblo uigur. Como ya ha señalado la ONU, estos abusos pueden constituir “crímenes contra la humanidad”.
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