
Las aguas del mar de la China y del Océano Índico están embravecidas. Allí se disputa hoy un Gran Juego al estilo del que protagonizaron en el siglo XIX los imperios ruso y británico por el control de Asia Central y el Cáucaso. El término lo popularizó el escritor Rudyard Kipling, en su novela “Kim”. Ahora se necesitaría un Kipling anfibio que nos cuente los movimientos de ballet acuático que están realizando los poderes globales moviendo portaviones e islas artificiales en esta guerra sorda que, seguramente, va a marcar el rumbo de la tercera década del siglo XXI.
Beijing movió la primera pieza creando bases navales donde antes había apenas islas desiertas o un atalón de corales y arena. Tres años después ya tiene al menos siete islas habitadas y pertrechadas, una de ellas con una pista de aterrizaje para los aviones más grandes y exigentes. Los vecinos de la zona, Taiwán, Vietnam, Filipinas, Malasia y Brunéi, que reivindican como propias esas aguas e islas, protestan y presentan quejas ante la ONU. Estados Unidos organiza ejercicios navales con disparos hacia las nuevas islas. Australia y Japón aprovechan el mar revuelto y se entrometen con sus buques.
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China reivindica la frontera marítima que en los años cuarenta marcó el antiguo gobierno nacionalista chino y que los países vecinos rechazan desde entonces. Dentro de esta línea se encuentran los islotes de rocas de Paracelso y Spratly, que son los más disputados. La importancia de esta reivindicación es que si fuera aceptada internacionalmente convertiría al mar de la China Meridional en aguas territoriales chinas, y no internacionales como son ahora. Y esto le permitiría a China controlar los cargueros que transportan más de la mitad del total de productos que se mueven en el mundo. Además, se calcula que bajo estas aguas hay una reserva de entre 7.000 y 11.000 millones de barriles de petróleo y 200 billones de pies cúbicos de gas natural. Las reservas de pesca representan aproximadamente el 12% del total mundial.

En los últimos días se produjeron dos movimientos importantes en este Gran Juego del siglo XXI. Por un lado, China logró firmar el acuerdo comercial más grande del mundo junto a 15 países de la región. Estados Unidos contestó con un enorme ejercicio naval junto a India y Australia. El domingo pasado se firmó en Hanoi, Vietnam, el tratado comercial de Asociación Regional Integral y Económica (RCEP). Un tratado alcanzado tras ocho años de negociaciones. La lista de firmantes la forman China, Japón, Australia, Corea del Sur, Nueva Zelanda, Vietnam, Tailandia, Filipinas, Laos, Camboya, Myanmar, Malasia, Singapur, Indonesia y Brunei. Una vez que entre en vigor, el RCEP reducirá los aranceles, fijará reglas comerciales comunes y facilitará las cadenas de suministro. Se trata de un bloque de 2.200 millones de personas, representan cerca de un tercio de la economía mundial, con un PIB combinado de unos 26,2 billones de dólares en la región con mayor crecimiento del mundo. Fueron necesarias 31 rondas de conversaciones, 18 reuniones a nivel ministerial y posponer hasta seis veces la fecha límite del fin de las negociaciones para lograr cerrar el acuerdo. India se retiró de las conversaciones el año pasado ante el temor de verse inundada de productos más baratos, principalmente de China. De todos modos, todavía tiene la puerta abierta para sumarse.
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El megacuerdo rebajará los aranceles y cuotas para el 65% de los productos y regula la economía digital, las inversiones y la propiedad intelectual, aunque no menciona el respeto a los derechos laborales o el medio ambiente. El director de Investigación del Instituto de Políticas Estratégicas de Australia, Jeffrey Wilson, escribió en Twitter que “el tratado cambiará la economía y la estrategia de la región y será vital para que se recupere económicamente de la pandemia”. Y agregó que esto “puede cambiar los cálculos de muchos gobiernos” en referencia a la guerra comercial entre Estados Unidos y China. La política proteccionista de Donald Trump y la expansión china colisionan desde 2017 y, hasta ahora, es el gobierno de Washington el que aparece en retroceso. Una de las primeras decisiones de Trump fue sacar a su país del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP) que negociaba con más de una decena de países de América y Asia-Pacífico, sin incluir a China.
Las marinas de la India, Estados Unidos, Australia y Japón —miembros de una agrupación informal conocida como Quad— realizaron ejercicios navales el martes en el norte del mar de Omán, en la segunda fase de la operación Malabar, considerada parte de una iniciativa regional para contrarrestar la presencia creciente de China en el Indo-Pacífico. Esta fase consiste en operaciones centradas en el grupo de batalla indio del portaviones Vikramaditya y el estadounidense Nimitz. También participan la fragata australiana Ballarat, el destructor japonés Murasame, submarinos y aviones. India está enfrentada con China en un sector disputado de la frontera común, y espera que la operación sirva como disuasivo para Beijing.
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Los portaaviones estadounidenses no siempre fueron bienvenidos en el Océano Índico. En 1971, durante la guerra entre la India y el Pakistán, el USS Enterprise navegó hasta la Bahía de Bengala para intimidar a la India. Décadas después, el desaire no ha sido olvidado, pero fue perdonado. El USS Nimitz, un superportaviones estadounidense lanzado un año después de esa guerra, se unió al INS Vikramaditya, el buque insignia ex-soviético de la Armada de la India, frente a Goa, en la costa occidental de la India, para la segunda fase de los ejercicios anuales. La primera etapa se había realizado una semana antes. Y en la región se realizaron este año otros once simulacros militares. La expansión naval de China y las tensiones en el Mar de la China Meridional, entre otros puntos calientes, han dado lugar a una explosión de la actividad marítima militar. Lo notable de Malabar es su composición, ya que con el regreso de Australia se convirtió en el reflejo naval de un cuarteto diplomático cada vez más profundo. En 2007, Estados Unidos, Australia, India y Japón se reunieron para un “diálogo cuadrilateral”, que no era más que una advertencia a la expansión que preparaba el gobierno de Beijing. En ese momento, la iniciativa perdió fuerza, en parte porque Australia, asustada por la airada reacción de China, rompió filas. Diez años más tarde, se reavivó el acuerdo y parece vital para equilibrar el poder de todos los mares asiáticos. Hablan de “una región regida por reglas, no por el poder”. Una clara alusión a la expansión a la fuerza de los chinos.
A esta altura del siglo XXI, el Kim ideado por Kipling ya no sería un huérfano de Lahore devenido en agente británico que logra robar los planos incriminatorios a los rusos y que al final se debate entre continuar dentro del Gran Juego o ir a meditar con los monjes budistas del Tibet. Tendría que adaptar el personaje a otras potencias y nuevas tecnologías. Y, tal vez, ubicarlo en una base naval perdida en el medio del océano, con una poderosa computadora, “jugando” a una batalla naval real.
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