Mark Blyth y el auge de los populismos: “Trump favoreció a los trabajadores, algo que los demócratas no quieren admitir”

Director del Centro William R. Rhodes de Economía y Finanzas Internacionales de la Universidad de Brown, es uno de los analistas más lúcidos de la política estadounidense. Con una mirada poco convencional, trata de entender las razones de la popularidad del presidente saliente en un sector de la población que a sus rivales les cuesta decodificar

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Mark Blyth, sobre el vínculo entre Donald Trump y sus votantes

Hay muchas personas enojadas. Se percibe en casi todos los países, en diferentes dimensiones de la vida social. Pero en ningún ámbito se ve —y se utiliza— el enojo como en la política. No es algo nuevo que la frustración, transformada en ira, se convierta en un potente combustible político. Pero hacía mucho tiempo que no se veía con esta intensidad.

La polarización que caracteriza a esta era, en la que todos parecen huir del centro para amontonarse en extremos que se oponen y que se excluyen mutuamente, sin reconocerse legitimidad recíproca, se ve en Estados Unidos mejor que en cualquier otro lugar. Donald Trump se nutrió del enojo de una parte importante de la sociedad para ganar en 2016 y sorprender a las encuestas con una elección mejor de la esperada en 2020. Pero perdió porque el rechazo hacia lo que representa llevó a las urnas a millones de votantes que se habían abstenido cuatro años atrás.

Para Mark Blyth, la causa del malestar acumulado que estalló en la forma de lo que denomina el “trumpismo global” hay que buscarla en la economía. El argumento está desarrollado en Angrynomics, el libro que publicó meses atrás junto a Eric Lonergan, en el que explora las razones por las que muchos ciudadanos de los países más ricos del mundo se sienten dejados de lado en la economía del siglo XXI y se ven cada vez más seducidos por un discurso que apela a la rabia.

Blyth nació y creció en Dundee, Escocia. Tras graduarse de politólogo en la Universidad de Strathclyde, se mudó a Estados Unidos, donde obtuvo un doctorado en ciencia política en la Universidad de Columbia. Luego de radicarse definitivamente en el país, se especializó en el ámbito de la economía política. Desde 2009 es profesor de la Universidad de Brown, donde dirige el Centro William R. Rhodes de Economía y Finanzas Internacionales.

Lo que subyace al fenómeno Trump y al conflicto político en Estados Unidos, el enfrentamiento entre las dos economías y culturas que conviven en el país, y las perspectivas del gobierno de Joe Biden ante los enormes desafíos que tiene por delante son algunos de los temas que aborda Blyth en esta entrevista con Infobae.

Donald Trump gesticula al salir de un evento de campaña para los senadores republicanos David Perdue y Kelly Loeffler en Valdosta, Georgia, el 5 de diciembre de 2020 (REUTERS/Jonathan Ernst)
Donald Trump gesticula al salir de un evento de campaña para los senadores republicanos David Perdue y Kelly Loeffler en Valdosta, Georgia, el 5 de diciembre de 2020 (REUTERS/Jonathan Ernst)

—Poco antes de las elecciones, usted anticipó que Donald Trump recibiría más votos de los que proyectaban las encuestas y eso es lo que sucedió en casi todos los estados del país. ¿Cómo explica el hecho de que, al igual que en 2016, los encuestadores hayan vuelto a subestimar a sus votantes?

—Lo primero es que cuando se hace una muestra para una encuesta es necesario saber cuál es el universo de votantes. Si la participación electoral aumenta, la muestra deja de ser representativa, por definición. La política del populismo, de Trump, de Jair Bolsonaro, es una política de movilización. Si ellos logran movilizar a la gente, la muestra siempre va a estar mal. Lo segundo es que los medios en Estados Unidos y en otros países están compuestos por personas como yo y como tú. Todos fuimos a la universidad, todos hablamos entre nosotros, nos casamos entre nosotros y salimos entre nosotros. Pero no andamos con la gente que encuestamos. No tenemos ninguna conexión con ellos. Por eso, no sabemos leer a esa gente. El Partido Demócrata pensó que las elecciones eran un referéndum sobre Trump, que es un hombre malo, vulgar y racista; y sobre el covid, que es un desastre nacional. El problema es que el público no las vio de esa manera. Si se miran las encuestas de boca de urna se ve que la principal preocupación era la economía. El covid era la tercera. La gente necesita comer. En Estados Unidos hay un estado de bienestar muy delgado, muy parcial. Para millones de estadounidenses, que están inmensamente endeudados, si no generan ingresos, sus vidas colapsan catastróficamente. Para ellos, lo más importante era la economía.

En Estados Unidos hay un estado de bienestar muy delgado. Para millones de estadounidenses, que están inmensamente endeudados, si no generan ingresos, sus vidas colapsan catastróficamente

—¿Por qué muchas de las personas que más preocupadas estaban por la economía terminaron apoyando a Trump?

—No es una novedad que Trump es un hombre blanco, enojado y racista. Todos lo sabemos desde hace cuatro años. Sin embargo, el enigma es que les dijo a los hispanos que eran violadores y asesinos en 2017, pero sacó más votos entre ellos. Insulta a los afroamericanos por el movimiento Blacks Lives Matter, pero obtiene más votos entre ellos. Hace comentarios denigrantes, y posiblemente haya hecho más que eso, en sus relaciones con mujeres, pero aumenta los votos entre mujeres de clase trabajadora. ¿Por qué pasa esto? Porque los favoreció económicamente, algo que los demócratas no quieren admitir. En 2017 se eligió al nuevo presidente de la Reserva Federal (Jerome Powell), y de pronto a Trump empezó a molestarle este tipo. Tuiteaba que no debía subir las tasas de interés, sino mantenerlas bajas. Lo que Trump o alguien alrededor suyo sabía implícitamente era que él había hecho grandes recortes impositivos y 90% de los beneficios habían ido para la clase de los millonarios y los multimillonarios, así que necesitaba hacer algo para los de abajo. Entonces, jugó al juego de la gallina con la Reserva Federal. Le dijo: “No te atrevas a subir las tasas de interés, porque no solo vamos a agrandar el déficit fiscal por la baja de impuestos, creando un boom en el mercado de capitales, sino que vamos a gastar una tonelada de dinero y vamos a dejar que eso filtre hasta abajo de todo”. Por primera vez en casi 20 años, durante tres años seguidos subió el salario real del 20% y del 40% de los estadounidenses de menores ingresos. Es por eso que cuando se les pregunta a esas personas si están mejor ahora que antes de Trump dicen que sí. A los demócratas eso les entra por un oído y les sale por el otro, porque no pueden creer que sea verdad. Así que hay dos cegueras. Una es estadística, y la otra es política.

Por primera vez en casi 20 años, durante tres años seguidos subió el salario real del 40% de los estadounidenses de menores ingresos
Mark Blyth, sobre la "coalición del carbono" en Estados Unidos

—También es cierto que al votante blanco de clase trabajadora, que es una parte fundamental de su base electoral, Trump lo convenció prometiéndole “que Estados Unidos volvería a ser grande” y que traería de vuelta al país las fábricas que se fueron en las últimas décadas. ¿Pudo cumplir aunque sea con parte de esas promesas?

—No cumplió ninguna de sus otras promesas. Por supuesto, entonces la política se vuelve importante, la interpretación. Sus seguidores no creen que él haya fallado, sino que los demócratas no lo dejaron hacer nada. Así que no fracasó, sino que fue boicoteado. Ahora, yo creo que sí fracasó, porque no se pueden crear trabajos fabriles en una economía global en la que todos los países están perdiendo empleo industrial, incluso China. Sencillamente no se puede, es imposible. Tampoco pudo construir el muro. Para empezar, era un proyecto de porquería. Pero hay muchas razones, como los humedales en Texas, restricciones medioambientales, leyes que se interponen. Entonces, fracasó épicamente. Pero hizo un recorte impositivo a los ricos que, en los márgenes, benefició al 40% de menores ingresos. Y por eso, muchos de sus seguidores creen que hizo bien las cosas. Eso es todo.

—En una entrevista reciente, hablando del encanto que genera Trump entre sus seguidores, usted dijo que era como los “trucos mentales de los jedis” en Star Wars. ¿Cuáles son las claves de esa ilusión que logró vender a tantas personas?

—Bueno, él vendió algo que los demócratas no han podido, que es esperanza. Hay un eslogan con el que está asociado, Make America Great Again (Que Estados Unidos vuelva a ser grande). Para alguien que vivía en cualquier estado fuera de las dos costas o de las grandes metrópolis, como Chicago, e incluso allí es cuestionable, las cosas no son grandiosas desde hace unos 20 años. Para millones de estadounidenses, la idea de que nos estaba yendo bárbaro y de que todo era increíble era una mentira gorda y grande. Cuando se ven los salarios medios, pueden haber subido un poco. Pero si estás entre el 40% de menores ingresos, básicamente ganas alrededor de USD 40.000 al año. Eso es lo que cuesta un año en la universidad. ¿Cómo vas a creer que vives en un gran país si necesitas la totalidad de tus ingresos durante cuatro años para enviar a tus hijos a la universidad? Así que él tiene un eslogan: Make America Great Again. Y a mucha gente le pareció una buena idea. ¿Qué tenían los demócratas? Te voy a hacer una pregunta. ¿Cuál era el eslogan de Hillary Clinton en 2016?

Raymond y Chasity Pawvlik, de Savannah (Georgia), posan para una foto en un mitin del presidente Donald Trump en Valdosta, Georgia (REUTERS/Nathan Layne)
Raymond y Chasity Pawvlik, de Savannah (Georgia), posan para una foto en un mitin del presidente Donald Trump en Valdosta, Georgia (REUTERS/Nathan Layne)

—No recuerdo.

—Exacto. ¿Cuál es el de Joe Biden?

—Una batalla por el alma de la nación.

—Bien hecho. Diría que sólo el 10% de las personas habría respondido bien. Pero a nadie le interesa realmente una batalla por el alma de la nación. A la gente le interesa el sueldo.

—Bueno, Trump logró fortalecer su base electoral, incluso mejorar su performance entre grupos que le eran esquivos, como los latinos. Pero perdió. ¿Cómo lo explica?

—No hay dudas de que los republicanos son un partido declinante, de dinero de Wall Street y hombres blancos. Eso es lo que son, seamos totalmente honestos (se ríe). Pero también son el partido de lo que yo llamo la “coalición del carbono”. Si se mira el mapa electoral de 2020, los estados rojos (republicanos) comienzan con Alaska, siguen con las Dakotas, continúan hacia abajo con Oklahoma y Texas, y después siguen con Louisiana y West Virginia. En cada uno de esos estados, un gran factor de sus economías, sino el dominante, es la extracción, el refinamiento, el procesamiento y el transporte de petróleo y sus derivados. Es el país del carbono. ¿Dónde ganan los demócratas? En las grandes ciudades de las costas, donde hay una economía post-carbono. No necesitan carbón, no lo quieren. No necesitan acero, pueden importarlo. Lo que quieren es electricidad y prefieren que sea de fuentes renovables. Entonces, hay una economía post-carbono, con una enorme riqueza en las ciudades, y después hay una declinante economía industrial en el corazón del país, que depende del carbono, que es lo que la otra parte quiere sacar del negocio. Esa es la verdadera tensión que subyace en la política estadounidense. Esa es la crisis existencial que está detrás de Trump.

Un pozo petrolero en Loving County, Texas (REUTERS/Angus Mordant/File Photo/File Photo)
Un pozo petrolero en Loving County, Texas (REUTERS/Angus Mordant/File Photo/File Photo)

—Se parece a la tensión que llevó a la Guerra Civil en el siglo XIX, cuando había un grupo de estados en el sur cuya economía dependía de la esclavitud, frente a una serie de estados que empezaban a industrializarse y que no necesitaban ni querían la esclavitud.

—Sí, la comparación es incluso más precisa de lo que crees. Piénsalo. Algunas mediciones de historiadores muestran que dos tercios de la riqueza nacional de Estados Unidos antes de la Guerra Civil estaban atados a esclavos como activos. Lo que hizo la Guerra Civil, básicamente, fue decir “el valor de tus activos va a pasar a ser cero”. ¿Qué le dice la transición verde a los activos del carbono? Exactamente lo mismo. ¿Pienso que esto va a terminar en una guerra civil? No, pero tenemos que empezar a ser sinceros sobre cuál es el conflicto. Tiene expresiones culturales, relacionadas con la raza y con el género, totalmente cierto. Pero ¿qué es lo que realmente lo impulsa? Creo que es esto. A medida en que nos acercamos a la inevitabilidad de algún tipo de transición verde, aunque solo sea por supervivencia, estos conflictos se van a volver increíblemente agudos. La única solución es que las costas sobornen al corazón del país, masivamente. Pero no vemos que esto sea parte de la conversación. Todos niegan lo que realmente está pasando.

A medida en que nos acercamos a algún tipo de transición verde, estos conflictos se van a volver agudos. La única solución es que las costas sobornen al corazón del país

—No va a ocurrir porque Joe Biden ganó las primarias demócratas, pero ¿cuáles serían las consecuencias políticas de una transición radical hacia una economía verde, como quiere el ala izquierda del partido, que promueve el Green New Deal? ¿No llevaría a un conflicto muy fuerte?

—A menos que sea una propuesta persuasiva. Si se le pudiera decir a West Virginia, convincentemente, “mira, el carbón se terminó y esto es lo que vamos a hacer: vamos a darle USD 100.000 a cada persona que trabaja en esas industrias, y vamos a darle educación gratuita a sus hijos, en la universidad que quieran”. Algo que sea realmente significativo, que haga una diferencia. En vez de decir “ey, quizás podamos entrenarlos para que sean codificadores informáticos”. ¿Pero dónde está exactamente la industria del software donde podrían conseguir esos trabajos cuando dejen de ser mineros y se conviertan en codificadores? Mientras se hable de financiar la transición sobre la espalda de las clases trabajadoras de las industrias ricas en carbono, nunca va a ocurrir. Es necesario pensar soluciones que los incluyan en la coalición. El imaginario demócrata los excluye.

Una hombre sostiene una pancarta con el lema "Latinos por Trump" durante un acto en Miami, Florida (EFE/Giorgio Viera)
Una hombre sostiene una pancarta con el lema "Latinos por Trump" durante un acto en Miami, Florida (EFE/Giorgio Viera)

—Hablando de esos votantes y del futuro del Partido Republicano cuando Trump deje la Casa Blanca. ¿Cree que un candidato del establishment republicano podría representarlos o Trump tiene allí una base que le permitirá seguir como líder del partido y volver a ser candidato en 2024?

—Podría regresar, pero tal vez no quiera. Lo que hizo Trump fue tomar al Partido Republicano. No es que lo haya hecho a su imagen y semejanza, sino que los republicanos estaban preparados para su imagen. En las primarias para las elecciones de 2016, antes de que Trump se volviera notorio por decirle little (pequeño) Marco a Marco Rubio y sleepy (soñoliento) Jeb a Jeb Bush, o el apodo que fuera, decía cosas que resonaban en la base republicana. Primero, “Irak fue un desastre, ¿para qué diablos hicimos eso?”. Todos hacían fila para decir “no puedes decir eso”, pero realmente lo fue, lo único que hicimos fue crear heridas terribles en nuestra propia gente, ¿para qué lo hicimos? Entonces, la base republicana decía “‘¡mierda, al fin alguien lo dijo, es asombroso!”. Hay una razón por la que caló la idea de que Estados Unidos vuelva a ser grande y es que esas cosas hicieron que Estados Unidos dejara de ser grandioso para muchas personas que se consideran republicanas. Así que recogió una coalición que ya estaba allí lista para ser tomada. ¿Puede el partido arrebatársela? No. Él es quien tiene el control de facto. Si quisiera competir en 2024 probablemente podría. Cambió el partido de manera tal que si los republicanos quieren seguir siendo votados, tienen que comunicarse con eso en lo que él convirtió al partido. Es por eso que los que se fueron y votaron en su contra, los never-trumpers, están muertos. Nunca podrán volver.

Hay una competencia por enojar lo más posible a tu propia base para ganar. Pero eso impide consensuar, porque es cada vez más difícil decir algo que el otro lado pueda escuchar

—Biden insiste en que no va a gobernar solo para quienes lo votaron y en que va a unir al país. ¿Realmente cree que alguien como él puede llegar a los seguidores de Trump?

—Se puede hacer un contrafáctico. Biden podría hacer un buen trabajo en eso si viviéramos en un mundo en el que no hubiera mucho dinero influyendo en la política detrás de escena, manipulando las agendas, y si no tuviéramos redes sociales, que hicieron que la política se vuelva tribal, haciendo imposible hablar con alguien que no pertenece a tu comunidad de pensamiento. Pero lamentablemente vivimos en un mundo que está increíblemente dividido. El otro lado ya no es visto como un grupo legítimo que tiene preferencias distintas a las mías, sino como el enemigo, como un rival implacable al que hay que detener porque va a destruir mi estilo de vida. Esta es una hipérbole, una exageración, pero realmente afecta a la política. Es muy difícil ir hacia el centro cuando nadie vive allí. Así que lo que termina habiendo es una competencia por enojar lo más posible a tu propia base para ganar. Pero es eso lo que impide consensuar, porque es cada vez más difícil decir algo que el otro lado pueda escuchar. Biden heredó una tarea muy difícil. Deseo que le vaya bien, porque el país lo necesita. Pero es muy difícil por la polarización generada por el dinero y las redes sociales, y también por este profundo conflicto existencial que hay en el país entre la economía del carbono y la economía post-carbono.

Discurso de Joe Biden, presidente electo de Estados Unidos (Europa Press)
Discurso de Joe Biden, presidente electo de Estados Unidos (Europa Press)

—A juzgar por las promesas que hizo durante la campaña y por el equipo económico que anunció, con Janet Yellen como secretaria del Tesoro, ¿qué cree que hará el gobierno de Biden frente a los problemas estructurales de la economía estadounidense que están detrás de este enojo del que tanto ha hablado usted?

—Si consiguen tener el control del Congreso y mantenerlo después de las elecciones de medio término, en dos años, pueden hacer un montón. Un ejemplo pequeño, que creo que podría hacer a través de una orden ejecutiva, es que podría tomar una gran cantidad de deudas estudiantiles y dejarlas en la Reserva Federal. Sería como una enorme baja de impuestos para los más jóvenes y para la economía sería como combustible de cohetes. También podría, sin hacer un Green New Deal, ponernos en carrera con mejores metas de descarbonización, para que haya una sustentabilidad de largo plazo. ¿Pero realmente puede atacar los factores subyacentes que generan este enojo que se ve en la política? Esos factores son el endeudamiento masivo; que si eres un trabajador de cuello azul tus salarios reales no son tan altos como eran en los 70, pero tienes la estructura de costos de 2020; y que no puedes comprar una casa en ningún lugar. Tenemos problemas increíbles de desigualdad de ingresos y de riqueza, con las corporaciones esquivando impuestos. Biden podría atacar algunas cosas, pero es muy difícil deshacer todo eso en cuatro años, incluso controlando el Congreso. Tomó 35 años construir este desastre. Nos tomará al menos diez salir. Biden podría ser un primer paso de bebé, y si es un paso en falso, los votantes de Trump seguirán allí.

—Tanto en Estados Unidos como en Europa son partidos populistas conservadores los que están captando el voto de la clase trabajadora. ¿Por qué cree que les cuesta tanto a las fuerzas que no apelan al populismo ni a la retórica del enojo?

—Lo que pasó es que los tradicionales partidos centristas perdieron credibilidad, porque convirtieron a los ciudadanos en problemas sociales que había que administrar. Ya no se hicieron responsables de administrar la economía para asegurarse de que la gente se beneficie y empezaron a gobernar sobre cada vez menos cosas, confiados en que todo iba bien porque eso les decían los economistas. Por supuesto, el mundo económico explotó en 2008 y el costo de los rescates a los bancos lo pagaron los ciudadanos a través de la austeridad, el desempleo, la recesión, etc. Así que se perdió la fe en los partidos centristas y laboristas, y por buenas razones. Creyeron tener mayor control del que realmente tenían, y cuando necesitaron ejercerlo demostraron que no podían. En el caso de los demócratas, son el partido de las elites costeras y no parecen tener ninguna conexión con las comunidades del interior profundo. ¿A quién representan? En la costa oeste, representan al sector tecnológico y al agrícola, y en la costa este representan las finanzas y los servicios. ¿Dónde está el resto de la economía?

Se perdió la fe en los partidos centristas y laboristas, y por buenas razones
Partidarios de Trump en el Aeropuerto Regional de Valdosta, Georgia, el 5 de diciembre de 2020 (REUTERS/Dustin Chambers)
Partidarios de Trump en el Aeropuerto Regional de Valdosta, Georgia, el 5 de diciembre de 2020 (REUTERS/Dustin Chambers)

—Hay una discusión sobre el origen de este fenómeno que usted llama trumpismo global. Una explicación es económica: mucha gente anhela la estabilidad laboral y los salarios de mediados del siglo XX. Pero otra explicación es cultural: lo que rechazan es la diversidad y la liberalización que vino aparejada con la globalización. ¿Cómo se combinan los factores económicos y culturales para dar lugar a este enojo tan arraigado en parte de la población?

—Tomemos el ejemplo más extremo de cómo la cultura afecta a la política. Costa Rica, uno de los países más estables en América Latina. ¿Qué pasó allí? Cristianos evangélicos. No hay bases materiales, más allá de algún pastor corrupto. Es pura ideología, pura cultura. Lo más importante para ellos es la familia, la Iglesia, el orden, las jerarquías, que las mujeres estén en la cocina, todo es antiprogresismo y antisocialismo, en el nombre de las enseñanzas de Jesús. Entonces, por supuesto que hay que tomar muy en serio a la cultura. Sin embargo, ¿es eso lo que está motorizando a todos o incluso a la mayoría de los populismos? Porque en períodos de crecimiento del salario real de la clase trabajadora ninguno de estos movimientos recibe demasiada atención. Solo hay que ir a revisar los datos. Entre 1986 y 1991, no tuvieron chances. Entre 1996 y 2001, tampoco. Solo cuando las cosas andan mal les empieza a ir bien. Cuando se usa el argumento cultural es necesario encontrar una causa. No se puede explicar el aumento del racismo por un incremento en el número de personas racistas. Hay que ir más allá de eso.

—¿Qué sería ir más allá en este caso?

—Voy a dar un ejemplo. En 2017, la Reserva Federal de Boston realizó un estudio sobre la riqueza neta de las familias, contando todos sus activos, sus pasivos, todo. Las familias blancas de Boston tenían USD 247.000 de riqueza neta. Eso significaría que cada cada familia blanca está sentada sobre un cuarto de millón de dólares. Yo viví en Boston y eso es mentira. Lo que pasa es que es un promedio, y es muy engañoso, porque hay personas como Gisele Bündchen y Tom Brady, y financistas multimillonarios, que suben mucho la media de ingresos, pero que no tienen nada que ver con la realidad de la mayoría de las personas. Hicieron lo mismo con las familias de la comunidad afroamericana, que en Boston tiene pocas superestrellas y gente en el mundo de la tecnología y de las finanzas. Su riqueza familiar neta eran ocho dólares. Sí, ocho dólares. La única forma de explicar eso es si hay exclusión intergeneracional y racismo en tus instituciones financieras. Para mi todo tiene raíces económicas y la solución sería que haya compensaciones, es decir, pagos económicos.

Cientos de personas hacen fila para pedir un subsidio por desempleo en Frankfort, Kentucky, el 18 de junio (REUTERS/Bryan Woolston/File Photo)
Cientos de personas hacen fila para pedir un subsidio por desempleo en Frankfort, Kentucky, el 18 de junio (REUTERS/Bryan Woolston/File Photo)

—Pero muchos de estos problemas económicos parecen difíciles de resolver. El mercado laboral es un buen ejemplo. El desempleo en Estados Unidos pasó de 3,5% en febrero a 14,7% en abril, lo que revela la precariedad de muchos de los puestos de trabajo. Pero luego cayó a 6,7%, lo que también muestra el dinamismo de la economía estadounidense. Ahora, ¿es posible en el capitalismo global del siglo XXI que haya pleno empleo con trabajos estables y bien pagos?

—Todo el mundo está perdiendo trabajos industriales, lo dije antes. Típicamente, los economistas lo explican como una consecuencia de la automatización, la sustitución de capital por trabajo. Pero también está cayendo la producción. Más allá de la robotización, se está destruyendo trabajo porque todo el sector se contrajo. El problema es que las personas de clase trabajadora y de clase media tienden a ganar buenos salarios en el sector industrial. Si no hay una gran industria, lo que suele haber es un sector de servicios importante, en el que el 10% o el 15% de los trabajos son muy bien remunerados, pero todo lo demás se paga miserablemente. Nuestro mercado laboral es así porque nuestro mercado de capitales es así. Hay un pequeño número de empresas que emplean a poca gente y que obtienen ganancias superiores: Google, Apple, Amazon. Después están los proveedores cruciales para esas firmas, como la gente que hace cristales para Apple, que ofrece buenos empleos manufactureros, pero no hay muchos ejemplos así. Todos los demás están limpiando habitaciones de hotel y sirviendo comida. El empleo que más está creciendo en términos de volumen en Estados Unidos es el cuidado de adultos mayores. No es que haya poco trabajo: la crisis es por su calidad y su remuneración.

No es que haya poco trabajo: la crisis es por su calidad y su remuneración

—Pero lejos de ser un problema exclusivo de Estados Unidos, esta parece ser la nueva realidad de todas las grandes economías desarrolladas.

—Algunos países están lidiando con este problema con bastante éxito. Los nórdicos, por ejemplo, que tienen muchísima tecnología y salarios altos. ¿Por qué? Porque deciden pagar bien y lo hacen porque cobran impuestos y porque tienen muy buenas exportaciones, algo que no todos tienen. Así que hay formas en las que se puede mejorar. Pero definitivamente hay un problema ahí y en parte es consecuencia de lo que elegimos hacer. Desregulamos radicalmente las protecciones del mercado de trabajo sin darle a los individuos ninguna forma de compensación frente a ese riesgo. Así que si el mercado laboral cambia y se pone en su contra, están jodidos.

Mark Blyth (Watson Institute)
Mark Blyth (Watson Institute)

—¿Pero cree que sería posible en los Estados Unidos del siglo XXI que se regulen los salarios al igual que en Suecia, que además de ser un país de solo 10 millones de habitantes tiene una larga historia, y hasta una cultura, de negociación colectiva entre sindicatos y cámaras empresariales?

—No, es cierto. Es difícil, muy difícil. Pero no puede ser solo por la apertura y el tamaño de países como Suecia. Porque las economías chicas y abiertas están mucho más condicionadas por la economía global. Estados Unidos es una economía grande, que no está condicionada y que produce el dólar, así que puede hacer un montón de cosas que otros no. Es un rompecabezas complejo. Quizás es como dice el historiador económico Aaron Benanav, y hubo un extraño momento, llamado el “momento de las manufacturas”, en el que los salarios para los trabajadores eran mucho mejores, pero ahora hay una reversión hacia una tendencia de largo plazo en la que ya no existen esos sueldos y hay una enorme desigualdad. Espero que no sea así, porque ese es un mundo de porquería para vivir. Es un mundo en el que la gente dice, “¿Ey, no podríamos hacer que Estados Unidos vuelva a ser grande?”.

—En una conferencia que dio hace un tiempo dijo que muchos de los problemas estructurales de la economía global, como la desigualdad, no deben ser vistos como cuestiones morales, sino como amenazas a la sustentabilidad del sistema. ¿Podría explicar de qué manera la desigualdad desestabiliza la economía? ¿Cuáles son los riesgos?

—El sistema se vuelve insostenible porque las redes de seguridad de las personas son muy frágiles, sus niveles de estrés son demasiado altos, se amplifican sus inseguridades y su incertidumbre, y eso las hace susceptibles a todo tipo de movilizaciones políticas que, en el mejor de los casos, son nacionalistas, y en el peor, excluyentes y xenófobas. Así que hay un riesgo político. El riesgo económico es que en un sistema muy comprimido, en el que la mayoría no tiene nada y casi todo está en manos de personas grandes y muy ricas, es casi imposible que haya crecimiento, porque la gente que tiene todo el dinero no necesita gastarlo. Así se termina en este mundo de estancamiento que tenemos ahora, en el que ningún recorte de las tasas de interés es suficiente para que aumente la inversión, porque no tiene sentido, en la medida en que no hay suficientes personas con dinero para gastar. Los jóvenes tienen que hipotecar su futuro, porque sus salarios son bajos en el presente y tienen que endeudarse. La idea es que cuando crezcan sus ingresos aumenten y el valor de la deuda disminuya, pero eso ya no pasa. Apenas si les alcanza para pagar sus compromisos universitarios, sin poder ahorrar, así que no se casan ni tienen hijos. Eso vuelve al país más dependiente del trabajo inmigrante, lo que termina politizándose. Son muchas las formas en las que la desigualdad fragiliza la economía. No se trata de que sea bueno ser iguales. No pasa por ahí. El problema de una desigualdad sin límites es que desata los demonios de la incertidumbre y de la envidia, y eso se vuelve desagradable muy rápidamente.

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