La historia del robo de la espada de Bolívar, que se convirtió en protagonista de la posesión de Gustavo Petro como presidente

Pasaron 48 años desde que el M-19 asaltó la Quinta de Bolívar y se llevó la espada, el día de su posesión Gustavo Petro, un exmilitante de esa guerrilla, suspendió la ceremonia hasta tanto no le fuera entregada la simbólica arma del Libertador

Así se veía el objeto cuando era exhibido en la Quinta de Bolívar (Cortesía).
Así se veía el objeto cuando era exhibido en la Quinta de Bolívar (Cortesía).

El momento más destacado de la ceremonia de posesión del hoy presidente Gustavo Petro no fue el juramento que convirtió al exguerrillero del M-19 en máximo mandatario de Colombia, ni siquiera el discurso, sino la primera orden que emitió como dirigente, la de suspender la ceremonia hasta tanto no fuera traída a su presencia la espada de Simón Bolívar, un arma que se convirtió en símbolo del movimiento rebelde al cual perteneció Petro y, ahora, también de su gobierno.

“Bolívar no ha muerto. Su espada rompe las telarañas del museo y se lanza a los combates del presente. Pasa a nuestras manos. Y apunta ahora contra los explotadores del pueblo”, decía la nota que se encontró en la Quinta de Bolívar cuando descubrieron que la espada del libertador había sido robada, el 17 de enero de 1974. Nadie más que los miembros del M-19, guerrilla que tomó la espada, se imaginaba el tremendo alboroto que causaría.

El robo de la espada fue un golpe no solo para el Estado sino para el sistema mismo, como una descarga eléctrica. Pero, ¿qué sentido tenía robarse una espada? ¿Para qué servía? Lo cierto es que la gente comenzó a buscarlos: la izquierda, para meterse al M-19; la derecha, para infiltrarse, y el Ejército, para ayudar a capturar a los miembros del grupo subversivo. Todos estaban mirándolos a ellos. Todos querían estar ahí. En el curso de un año, de 30 militantes pasaron a un total de 200.

Para eso sirvió, entre otras cosas: había que convencer al pueblo de que el pueblo no estaba representado y que una espada en un museo era como un campesino reclutado para trabajar en una empresa de lácteos. Si para muchos no hubo sentido en la escena, para mucha gente no había sentido en las decisiones que el gobierno tomaba sobre el destino del país.

Desde aquello han pasado ya 48 años, y hasta películas y novelas han salido al respecto. Fueron 17 años los que la espada estuvo oculta del mundo. Nadie supo absolutamente nada sobre su paradero durante ese tiempo. La clave para que no la hallaran, de acuerdo a lo que se supo después, fue no permitir que ningún miembro del movimiento supiera más de lo estrictamente necesario. Los únicos que siempre supieron su ubicación exacta eran personas con cargo de comandancia. Su lealtad a los ideales del movimiento fue vital, además, para que las autoridades nunca consiguieran acercarse.

El movimiento se fortaleció con la espada atravesada sobre el mapa de América del Sur, que se convirtió en uno de sus símbolos. Dos meses después del robo, la espada fue a parar a una casa de putas en Bogotá y luego a la de un poeta.

Durante 17 años, la espada de Simón Bolívar estuvo en manos del grupo guerrillero M-19.
Durante 17 años, la espada de Simón Bolívar estuvo en manos del grupo guerrillero M-19.

Fue la casa de León de Greiff la que albergó la espada de Bolívar durante un tiempo, casi hasta la muerte del poeta. Su cercanía con los líderes del movimiento hizo que estos depositaran su confianza en él y le encomendaran el resguardo del objeto. Jaime Bateman Cayón, comandante del M-19, la limpió y se la entregó envuelta en una manta. La espada fue depositada en una especie de tula y pasó a ocupar un espacio privilegiado junto a los libros del poeta, en una habitación del segundo piso de su casa. Allí estuvo segura, y quizá más cómoda que en la Quinta misma, hasta 1976.

Desde ese año y hasta 1979, el paradero de la espada, a día de hoy, sigue siendo desconocido. Lo más probable es que no se haya mantenido en un solo sitio. Hay versiones que dicen que fue a parar a manos de otro poeta, el quindiano Luis Vidales. En realidad, su paradero es un enigma. El Ejército la buscó en la tumba de León de Greiff y luego lo tomaron preso a Vidales, que tenía entonces 74 años. Al respecto, el general Luis Carlos Camacho Leyva, quien estuvo a cargo de la operación, lanzó una de las frases icónicas de la época: “Aquí no hay poeta que valga”.

Unos años después, García Márquez le preguntó a Vidales sobre lo ocurrido y este le contó que se lo habían llevado a las caballerizas militares y allí lo mantuvieron varios días, “en el que ha de quedar para la historia como el episodio más sombrío no sólo de la presidencia del doctor Turbay Ayala, sino de su propio destino personal. El poeta no recibió nunca una explicación satisfactoria del atropello”.

El movimiento guerrillero protagonizó uno de los robos más icónicos de la historia de Colombia.
El movimiento guerrillero protagonizó uno de los robos más icónicos de la historia de Colombia.

En 1980, la espada salió del país y fue a dar a Cuba, nunca se supo por qué ni quién fue su custodio en la isla. Por esa época, Bateman se encontraba en conversaciones con algunos diplomáticos panameños para crear la ‘Orden de los Guardianes de la espada’, que reuniría a todo el continente en favor de los ideales del libertador.

La idea no tomó fuerza sino hasta 1986, cuando Rafael Vergara, Everth Bustamante y Antonio Navarro contactaron a varias personas en México para arreglar actos simbolicos en simultáneo en los que se simulara que se custodiaba la espada.

Los 12 elegidos tenían una historia de lucha contra el imperialismo y defendían la soberanía de sus naciones. Así los veía el movimiento, claro. A cada uno de ellos se le obsequió una réplica de la espada que los acreditaba como miembros honoríficos de la Orden. Una fue a parar a manos del general Torrijos, en Panamá, y tan solo dos de ellas no llegaron a destino, iban para Uruguay. La idea era que las tuvieran el poeta Mario Benedetti y el escritor Eduardo Galeano.

La Orden se dio a conocer en público en julio de 1987, en el marco del natalicio de Simón Bolívar, otro más, y dos años después, el M-19 tomó la decisión de dejar las armas. Para entonces, el mayor reto era conseguir el retorno de la espada original; al parecer, ni los mismos líderes del movimiento sabían como hacerlo. En su momento, Navarro, quien asumió el liderazgo del movimiento político de izquierda tras el asesinato de Carlos Pizarro —pues el M-19 ya se había desmovilizado— señaló que sabían cómo llegar a ella, pero no quién la tenía.

Hay versiones que dicen que se perdió un tiempo tras la llegada de los marines norteamericanos a Panamá, luego de la derrota del general Manuel Antonio Noriega. En noviembre de ese año 89, los miembros del M-19 enviaron un aviso a varios periódicos del país en el que señalaban que se encontraban en la búsqueda de la espada. ¿De verdad la habían perdido? ¿Era una estrategia para distraer? El caso es que los avisos en la prensa le dieron la vuelta al mundo.

Para el inicio de la década del 90, el gobierno se sentó con los dirigentes del M-19 para la realización de la Asamblea Constituyente. Uno de los condicionantes que se establecieron fue que sin la espada no habría acuerdos. Así, en enero de 1991, alguien fue a Cuba para traer la espada. Arjaid Artunduaga fue el encargado y, según contó después, entró con ella por Venezuela, de la manera más clandestina posible.

El robo espada de Bolívar y el impulso para que Petro ingresara al M-19

A finales de mes, la espada regresó a manos del Estado. Fue entregada por Antonio Navarro, envuelta en la bandera de Colombia. El presidente César Gaviria ordenó que fuera guardada en una cajilla de seguridad en el Banco de la República, desde donde fue a parar a una urna en la Casa de Nariño. Allí, yace hoy, cuando por primera vez, un líder de izquierda llega a la presidencia de la República y la historia está más vigente que nunca.

Gustavo Petro, el presidente electo de Colombia, hizo parte del M-19 en sus años de juventud. Él fue uno de los intelectuales que se unió a la guerrilla tras el robo de la espada de Simón Bolívar. Fue esa fiereza la que llamó su atención, la de poder darle una descarga al sistema a través de un acto tan teatral como el de robarse un objeto que en pleno siglo XX ya no servía para otra cosa sino para adornar un salón.

Su decisión de unirse al movimiento no fue cuestión de azar. Ya los venía siguiendo y fue la muerte de Salvador Allende, en Chile, lo que lo llevó a actuar. Tenía 18 años cuando ingresó a las filas del M-19, en el año de 1977. Decidió adoptar un nombre distinto para su vida de militante. Ferviente lector de Gabriel García Márquez, decidió llamarse Aureliano Buendía, como el personaje de Cien años de soledad.

Por aquella época, el hoy líder de izquierda vivía en Zipaquirá. Para cuando cumplió 21 años ya conocía muy bien la ideología del socialismo y comenzó a interesarse por la política. Se convirtió en personero y luego en concejal. Llevaba una doble vida. Al tiempo que se desempeñaba en estos cargos, militaba en el M-19.

Más allá de haber pertenecido al movimiento, Petro no participó de los grandes golpes, ni del robo de la espada, ni de la toma del Palacio de Justicia, que marcó un antes y un después en la historia reciente de Colombia. En el caso del primer evento, Petro ni siquiera se encontraba en las filas de esta guerrilla. En cuanto al segundo, cuando en 1985 tuvo lugar el fatídico episodio en el que fueron afectadas alrededor de 350 personas, el hoy presidente de la nación se encontraba en poder de las autoridades, pues le habían arrestado por rebelión, conspiración y porte de armas.

Si bien se le ha reclamado mucho por su pasado en el movimiento guerrillero, el tiempo que Petro estuvo en el M-19 tan solo le sirvió para cosechar sus nociones de izquierdismo y desviarse del camino en una o dos ocasiones. Estuvo en prisión alrededor de un año y medio, por porte ilegal de armas. Su caso no pasó por manos de ningún juez, sino que fue apresado directamente por orden de un coronel del ejército. Fue liberado en 1987 y tras el acuerdo de paz con el gobierno de Belisario Betancur, en marzo de 1990, se desvinculó del grupo y adoptó la vía de la academia para continuar con su lucha.

Hace poco, tras reunirse con el presidente Iván Duque, quien le cediera su puesto antes del 7 de agosto de 2022, Petro tuvo un encuentro particular con su pasado como militante. El mandatario le enseñó la espada de Bolívar, tal vez con el ánimo de recordarle el lugar del que viene. Ante el gesto, Petro comentó que durante su gobierno velará del valioso objeto y permitirá que el pueblo colombiano la pueda ver y ser su dueño.

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