
Datos aportados por el telescopio espacial Gaia de la Agencia Espacial Europea (ESA, por sus siglas en inglés) podrían probar que la última colisión que transitó la Vía Láctea con otra galaxia fue más reciente de lo que se pensaba.
El halo interior de estrellas que circundan el centro de la galaxia presenta particularidades que dieron a conocer una importante pieza del rompecabezas de la historia del sistema. Los resultados del análisis de los datos aportados por Gaia fueron publicados por un grupo de científicos liderado por Thomas Donlon del Instituto Politécnico Rensselaer y la Universidad de Alabama en Huntsville, EE.UU.
Las colisiones entre galaxias no son extrañas, y la Vía Láctea pasó por varias de ellas, que contribuyeron a su crecimiento y expansión. Durante estos fenómenos, las estrellas de las galaxias que entran en contacto se posicionan de tal manera que cumplen órbitas poco comunes y crean lo que los científicos describieron en el estudio como “arrugas”, las cuales fueron detectadas por Gaia en 2018.
Al pasar el tiempo, estas arrugas se desvanecen y puede observarse un centro galáctico mucho más “suave”.

Previamente, se pensaba que la última “gran colisión”, conocida como Gaia-Sausage-Enceladus (GSE), había sucedido entre 8 mil millones de años y 11 mil millones de años atrás.
Gracias a las arrugas visibles y al análisis de las posiciones de más de 100.000 estrellas mapeadas por Gaia publicadas dentro del Data Release 3 en 2022, los investigadores pudieron determinar que la Vía Láctea pasó por una colisión hace, aproximadamente, 2,7 mil millones de años.
A través de simulaciones de distintas fusiones galácticas lograron determinar con precisión el momento en el que sucedió el “choque”.
“Cada vez que las estrellas oscilan hacia adelante y hacia atrás a través del centro de la Vía Láctea, se forman nuevas arrugas de estrellas. Si se hubieran unido a nosotros hace ocho mil millones de años, habría tantas arrugas una al lado de la otra que ya no las veríamos como rasgos separados”, explicó la coautora del estudio, Heidi Jo Newberg. Sin embargo, Gaia mostró que las arrugas sí eran visibles y distinguibles entre sí.

A este nuevo evento de fusión lo denominaron Fusión Radial de Virgo, y a partir de su descubrimiento los científicos comenzaron a poner en duda la naturaleza de GSE como era concebida.
“Trabajos recientes han cuestionado si realmente se necesita una fusión antigua masiva para explicar las propiedades de la Vía Láctea tal como la vemos hoy, y si todas las estrellas originalmente asociadas con el GSE provienen del mismo evento de fusión”, expresaron desde la ESA.
Tales estrellas podrían haber nacido gracias a otras colisiones, algunas aún más antiguas.
Esto amplía las posibilidades de estudio de cientos de cuerpos celestes con el fin de concluir si surgieron gracias al GSE o, por lo contrario, fueron resultado de fusiones posteriores.
De esta manera cambió la concepción que se tenía de la composición y la historia de la Vía Láctea, lo cual profundiza el conocimiento disponible sobre el universo. “Este resultado (que una gran parte de la Vía Láctea se unió a nosotros sólo en los últimos miles de millones de años) es un gran cambio con respecto a lo que pensaban los astrónomos hasta ahora. Muchos modelos e ideas populares sobre cómo crece la Vía Láctea esperarían que una colisión frontal reciente con una galaxia enana de esta masa fuera muy rara”, agregó Donlon.

Los datos de Gaia, cuya misión principal es el mapeo de las estrellas de la Vía Láctea, seguirán mostrando nuevas maneras de ver el espacio. Hasta el momento, el potente telescopio logró detectar las posiciones, distancias y movimientos de cerca de 1.5 mil millones de estrellas, y su misión continúa.
Además, permite una colaboración internacional entre astrónomos no solo de Europa, sino también de otros países del mundo con el fin de develar los misterios del universo.
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