
En el Día Internacional de la Mujer, el editorial de la prestigiosa revista Nature destacó a la científica argentina Sandra Díaz, junto con otras cinco investigadoras de otros países del mundo.
La doctora Díaz trabaja como ecóloga en la Universidad Nacional de Córdoba y el Conicet en la Argentina. Es una de las líderes de IPBES, la Plataforma Intergubernamental Científico-Normativa sobre Diversidad Biológica y Servicios de los Ecosistemas.
Según señaló la revista “Díaz quiere rendir homenaje a las mujeres como líderes científicas” en el contexto del Día Internacional. “Aunque no representan ni mucho menos la mitad de los investigadores que dirigen grandes laboratorios o ganan grandes premios, las mujeres son cada vez más conscientes de que pueden estar en la vanguardia de los descubrimientos y la producción de conocimientos”, sostuvo la investigadora.

También resaltó que “cada vez son más las mujeres que asumen papeles de liderazgo a la hora de proponer ideas disruptiva, encabezar empresas científicas realmente arriesgadas o dirigir grandes organismos de política científica”.
Para la científica, las más jóvenes “están aprendiendo que, para una mujer, dedicarse a una carrera científica no significa necesariamente trabajar en la sombra como una seguidora” de otros investigadores.
El editorial de Nature mencionó que el Día Internacional de la Mujer, que se celebra cada 8 de marzo, pretende llamar la atención sobre los logros de las mujeres y la lucha por la igualdad de género. Aunque tiene sus detractores. Algunos lo consideran como “una oportunidad para que las instituciones pongan una fachada de cambio haciendo una sesión de fotos, dicen otros, o para cargar con más deberes a las sobrecargadas mujeres de sus organizaciones”.

Pero -sostuvo el editorial- los que critican las actividades por el Día Internacional “se equivocan. Hay que concientizar. Por término medio, las mujeres científicas siguen publicando menos y obteniendo menos becas y ascensos que los hombres. El acoso, las agresiones y la marginación expulsan de la ciencia a investigadores prometedores, especialmente a aquellos cuya raza, etnia, discapacidad u orientación sexual los convierte en blanco de discriminación”.
El activismo y la acción -agregó el editorial- “pueden generar un cambio, si se consigue que cambien los sistemas que durante tanto tiempo han oprimido a los investigadores que no son hombres. Parte de ese objetivo pasa por concientizar a la población de lo que es posible si se derriban las barreras”.
En sus inicios, la bióloga argentina Sandra Díaz tuvo preguntas que la interpelaron desde muy joven y no fueron políticamente correctas. Eran preguntas que felizmente la incomodaban y la empujaron a investigar para conocer.

En 2019, Díaz ganó el Premio Fundación Bunge y Born a la trayectoria. Fue decidido por un jurado de expertos nacionales e internacionales, presidido por el destacado investigador en Ecología, Osvaldo Sala, de la Universidad del Estados de Arizona, Estados Unidos.
También en ese mismo año fue galardonada con el Premio Princesa de Asturias de Investigación Científica y Técnica por sus estudios en biología vegetal y el impacto de la crisis climática.
La científica argentina desafió lo que alguna vez fue uno de los principios centrales de la ecología del siglo XX. En marzo del año pasado, la revista Science la invitó a escribir el editorial de la semana. Allí sostuvo que las decisiones que se tomen a partir de los informes ambientales deberán ir más allá de los científicos y científicas que los desarrollaron y de quienes deben aplicar las políticas públicas.

Planteó que el concepto de “biodiversidad” no solo abarca las numerosas especies que habitan el planeta, sino también la conexión entre las personas y el resto de los organismos vivientes e incluso entre diferentes lugares y pueblos, a través de los cuerpos de los seres vivos.
Por eso, la idea de “la biodiversidad” o “la naturaleza” como algo separado de los seres humanos, no es simplemente producto de un malentendido, sino que es una idea apuntalada por las definiciones científicas y las metáforas y narrativas sociales que han predominado históricamente.
De acuerdo con Díaz, mostrar a la biodiversidad en todas estas facetas como un “tapiz de la vida” es una forma de evidenciar cómo la gente está “enredada” o “entretejida” con el resto de los organismos que habitan este planeta, cómo la humanidad está emparentada con ellos y cómo depende de los mismos a nivel físico y cultural.
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