
En las primeras dos décadas del siglo XX se confirmó, no sin debate científico, la existencia de los bacteriófagos: virus que infectan bacterias. Cien años después, se confirmó la existencia de virófagos. Son virus que parasitan a otros virus y se han descrito numerosas especies. Tampoco exentos de debate científico.
Este hallazgo se suma al descubrimiento de virus gigantes, que de hecho son parasitados por virófagos. Ambos tipos de virus han cambiado nuestra percepción de la Virología y cuestionado los sistemas de clasificación de los seres vivos actuales. Los virus gigantes físicamente son más grandes que algunas bacterias. Entre ellos, destacan los Mimivirus, entre los que se encuentra el primer virus gigante en ser descubierto, y los Pithovirus, que han sido noticia por haberse descongelado después de 30.000 años.
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Los virus son la entidad biológica más abundante en todo el planeta. Por ello, no es extraño que los encontremos en todas las versiones posibles, incluso infectando otros virus. Para conocerlos mejor, es necesario co-cultivarlos en presencia de los virus gigantes que parasitan y las células infectadas por dichos virus gigantes, como si de una muñeca matrioska de la infección se tratase.

El primer virófago fue descubierto en 2008, solo 5 años después de que se conociera el primer virus gigante. Este virófago se llamó Sputnik e infecta a un virus gigante del grupo de los Mimivirus, que a su vez infecta amebas. El nombre original proviene de que, inicialmente, se creyó que el virófago era un virus satélite del Mimivirus. Sin embargo, su mecanismo de replicación indica que no es un virus satélite, sino un parásito genuino.
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Curiosamente, el virófago Sputnik no puede replicarse por sí mismo en las amebas: necesita que el Mimivirus esté presente también. En una región de la ameba infectada se forman las factorías virales del Mimivirus. Estas factorías contienen muchas partículas virales inmaduras. El virófago parasita dichas factorías, aprovechándose de la replicación del Mimivirus. De hecho, en presencia del Sputnik, el Mimivirus infecta peor las amebas, que es lastrada por la presencia del virófago.
Desde el descubrimiento del Sputnik, se han encontrado docenas de virófagos parasitando virus gigantes. Ello ha despertado el debate sobre su importancia y origen evolutivo. Algunos científicos los siguen considerando virus satélite, es decir, agentes subvirales que se replican. Otras teorías apuntan a que los virófagos provienen de sistemas de defensa antivirales.
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Sin embargo, existen razones para considerarlos virus de pleno derecho. Radican en que tienen un genoma completo, con genes que codifican proteínas propias para replicarse. Además, los virófagos perjudican considerablemente al virus hospedador, disminuyéndoles la capacidad de replicarse e induciendo malformaciones en su partícula viral.
Los virus, reguladores de la biodiversidad
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Algunos virus, como algunas bacterias, pueden causar enfermedades en los humanos, como estamos experimentando en carne propia estos días de pandemia. Pero también hay virus que atacan y regulan las bacterias patógenas. Se utilizan para tratar enfermedades de origen bacteriano en la llamada fagoterapia, un enfoque particularmente interesante en un momento en el que la comunidad médica alerta de la creciente resistencia a los antibióticos de algunas bacterias.
Utilizada de forma regular en Georgia, esta alternativa es objeto de muchos proyectos de investigación en todo del mundo. El papel de los virus en la biodiversidad es todavía muy desconocido y, sin embargo, son omnipresentes. Apenas empezamos a medir el alcance de nuestra ignorancia.
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Más allá de su papel de depredadores, los virus también parecen haber desempeñado un papel importante en la evolución de muchas especies, incluida la nuestra. En efecto, la evolución de los mamíferos ha sido posible gracias a la sincitina, una proteína de origen viral procedente de un antiguo retrovirus (de la misma familia que el VIH) e incorporada a nuestro código genético. Estas proteínas han evolucionado para evitar el sistema inmunológico humano. Se cree que evita que el cuerpo de la madre rechace al feto y la placenta. La estructura formada por la scintina tendría un papel clave en la oxigenación, la irrigación y la limpieza de la placenta. Otra proteína también de origen retroviral parece haber desempeñado un papel clave en la formación del sistema nervioso en los vertebrados. El papel de los virus en la evolución de la vida podría ir más allá, ya que se ha sugerido que incluso pueden estar detrás de la aparición del ADN.
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