El presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, se dirige a la 74ª sesión de la Asamblea General de las Naciones Unidas en la sede de la ONU en la ciudad de Nueva York, Nueva York, Estados Unidos, el 24 de septiembre de 2019. REUTERS/Lucas Jackson
El presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, se dirige a la 74ª sesión de la Asamblea General de las Naciones Unidas en la sede de la ONU en la ciudad de Nueva York, Nueva York, Estados Unidos, el 24 de septiembre de 2019. REUTERS/Lucas Jackson

Desde San Pablo. Cuando el presidente Jair Bolsonaro decidió viajar a Nueva York para pronunciar el primer discurso de jefes de Estado, sus colaboradores aseguraban que sus palabras serían tranquilizadoras y destinadas a deshacer cualquier encono que podría haber existido con otras naciones. Sin embargo, el mandatario brasileño optó por preservar su estilo combativo. Su mensaje, de 30 minutos de duración (10 más que lo programado), abordó varios ejes. El primero fue la reafirmación de la soberanía de Brasil sobre los 5 millones de kilómetros cuadrados del Amazonas, y una crítica al gobierno francés al que llamó, aunque sin mencionar directamente, de neocolonialista. El segundo fue la reivindicación de su llegada a la presidencia brasileña, el 1º de enero último, como el fin de aquellos gobiernos que lo precedieron y que eran “socialistas”. El tercero fue Venezuela, como ejemplo de aquello en lo que podría haber derivado Brasil si continuaba bajo gobiernos socialdemócratas.

A lo largo de esa media hora, Bolsonaro no ahorró críticas a la prensa de su país, a la que responsabilizó por “las noticias falsas” que se propagaron por el Mundo sobre los incendios en la selva tropical amazónica. En un tono decididamente arremetedor, cuestionó al gobierno de Emmanuel Macron, denostó a Cuba y, desde luego, criticó ácidamente a Venezuela. En un tono fuerte, casi arrebatado, juzgó que es una “falacia” hablar de la floresta como “pulmón del Mundo”. La energía que desplegó durante el pronunciamiento sorprendió a quiénes lo escuchaban en Brasil, sobre todo si se piensa que acaba de salir de una cuarta cirugía como consecuencia del ataque que recibió, con un cuchillo, el 6 de septiembre del año pasado, en medio de su campaña electoral.

Lo curioso, en este caso, es que utilizó dicha cuchillada, que le había propinado Adelio Bispo de Oliveira, para decir que su agresor “era izquierdista”. Lo que está comprobado, según el laudo judicial, es que el hombre sufre delirios paranoicos y nada tiene que ver con ninguna organización de izquierda.

No fue la única referencia que hizo a los fenómenos que el denominó de “ideológicos”, y que englobó en la categoría de lo “políticamente correcto”. Habló de los “sistemas ideológicos de pensamiento” que invadieron las escuelas y universidades brasileñas, que pretenden “subvertir” el sexo biológico de los niños. Y en cuanto a los incendios que sufre la selva tropical, en su país, las justificó de dos maneras: primero, por la sequía, y segundo por las prácticas culturales “de los pueblos indígenas”. Indicó que el Amazonas “no está siendo devastado ni consumido por el fuego, como mentirosamente dicen los medios. Cada uno de ustedes puede venir a Brasil y comprobar lo que hablo”.

Lo cierto es que su belicosidad contra los diarios nacionales y extranjeros no cayó bien entre varios gobernantes de Europa. Entre otras cosas, porque el presidente brasileño adjudicó la preocupación mundial sobre el Amazonas en llamas a los intereses de algunos países europeos (que no mencionó) de “boicotear” el acuerdo de libre comercio que se firmó a mediados de este año entre la Unión Europea y el Mercosur. Lo que esperaban los dirigentes de la UE es que Bolsonao intentara esmerilar las diferencias que mantuvo con Macron a propósito de estos temas. Y declaró, en ese discurso, su decisión no continuar con la política de marcación de las tierras indígenas, que por ley brasileña son intocables, que comenzó bajo el gobierno de Fernando Henrique Cardoso y continuó hasta el de Dilma Rousseff.

La explicación que dio, en las Naciones Unidas, es que “los indios son personas” y precisan por lo tanto de la asistencia del Estado brasileño, lo cual significaría proceder a su integración al resto de la sociedad. El capítulo más polémico de su discurso fue el referido a la dictadura militar brasileña, a la que reivindicó al decir que ésta había impedido el comunismo en Brasil, en una batalla “que nosotros ganamos”. A los colegas de las Naciones Unidas les dijo, finalmente, que muchos de ellos “aplaudieron” los discursos de sus predecesores, en especial de los de Lula da Silva, a quien no mencionó por el nombre, pero sobre quien hizo referencias explícitas. Un columnista de Folha de Sao Paulo fue contundente al señalar: “Dejó sin aliento a aquellos que apostaban en una oportunidad de ver al presidente brasileño como un líder racional y conciliador en la Asamblea General de la ONU”.

Para el senador brasileño Jean Paul Prates, “el discurso sustituyó los tradicionales temas multilaterales…por un torrente de agresividad contra el ambientalismo y los derechos humanos”.

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