Los guardianes de un pueblo prehispánico que resiste en una Ciudad de México global

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María Julia Castañeda

Ciudad de México, 6 nov (EFE).- Rodeados de rascacielos, los guardianes del pueblo prehispánico de Xoco luchan por permanecer en una Ciudad de México cada vez más global, una batalla que han llevado hasta los tribunales para intentar frenar nuevos desarrollos inmobiliarios.

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Apelando a sus derechos como pueblo originario, los vecinos de Xoco han interpuesto cuatro amparos contra megaproyectos, en una pelea de más de 15 años que les ha exigido desde constituirse como Asamblea hasta demostrar las raíces prehispánicas de la comunidad, enumera a EFE Álvaro Antonio Rosales, representante legal y autoridad del pueblo.

"Tenemos más de 1.200 años viviendo aquí", afirma Rosales, al señalar que incluso tuvieron que recurrir a un peritaje antropológico para acreditar su historia.

Aun así, los vecinos no han logrado detener las edificaciones que se erigen sobre sus hogares y cuyos efectos, denuncian, ya alcanzan sus viviendas, sus calles e incluso sus cuerpos.

"Nosotros no somos despojados por que vengan los policías y nos saquen de nuestras casas. Nuestro despojo viene con el aumento de los impuestos (…) La segunda, no tener agua. La tercera, la movilidad, tu tranquilidad que tenías", resume Rosales, presidente de la Asamblea del Pueblo de Xoco.

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Bajo los predios donde hoy se alzan grandes torres residenciales y comerciales en Xoco, al sur de Ciudad de México, se han descubierto vestigios de una aldea teotihuacana de unos 1.700 años de antigüedad, según el peritaje antropológico.

Entre estos figuran restos de construcciones, piezas de cerámica, elementos asociados a 15 entierros de ese periodo y uno de cronología tolteca, según el documento, realizado en 2023 por especialistas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM).

"Hemos luchado para que nos digan dónde están estos vestigios", afirma Carmen León, mientras muestra fotografías de los hallazgos.

Incluso, señala la vecina, pidieron a las autoridades hacer "un museo del sitio con todos estos tesoros que encontraron", pero siguen sin respuesta, más allá de mesas de diálogo.

Junto a ella, Julia Adoración Torres, de 79 años y habitante de Xoco toda su vida, muestra la foto de una pequeña figura tallada en piedra que, asegura, apareció en su casa cuando construían una cisterna.

Pero a sus hogares también han llegado objetos que los vecinos describen como "proyectiles" y que, según denuncian, son lanzados desde los rascacielos que se alzan sobre Xoco.

En el patio de su casa, otra residente, que prefiere reservar su identidad, dice que han caído desde huevos y botellas de vidrio hasta una pelota de golf, y aunque conserva fotos, lamenta que sus denuncias no han prosperado pues no puede identificar desde qué piso los lanzan.

Una noche, recuerda, escuchó ruidos y pensó "Se están metiendo", pero "era porque habían aventado una botella".

En un recorrido con EFE por calles de Xoco, Rosales señala fachadas de cristal de edificios como Mítikah que, asegura, aumentan el calor y dejan sus viviendas bajo la sombra, quitándoles su "derecho al sol".

"Estos espejos", dice apuntando hacia una torre, "lo que están haciendo es darnos más radiación".

Según Rosales, a varios habitantes les han aparecido manchas en la piel por lo que investigadores de la UNAM actualmente realizan un estudio al respecto.

En el camino, los vecinos también muestran calles saturadas de vehículos, aceras estrechas y obstáculos que dificultan el paso, imágenes que dicen no reconocer respecto al Xoco en el que crecieron.

Por ejemplo, Torres señala que la calle donde vive se volvió "muy peligrosa" porque hace una S "y no se ve cuando va a pasar un carro".

A estas denuncias se suman aumentos del impuesto predial de más del 800 %, comercios y servicios más caros, y más jóvenes que deben buscar una vida lejos de Xoco, agrega.

"Tal vez logren (…) que la gente originaria salga de aquí. Hay mucha gente grande ya, que no podría pagar", dice María Luisa Torres, residente de 72 años.

A su lado, Rosa María Marín sostiene que ellos seguirán resistiendo, pese a que la mayoría son adultos mayores: "Pero aquí estamos todavía en esta lucha", zanja. EFE

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