Redacción ciencia, 30 abr (EFE).- El consenso científico es que las vacunas no están relacionadas con el autismo. Sin embargo, la autoridad sanitaria estadounidense de la Administración Trump cambió una comunicación oficial respecto al tema en noviembre pasado, enfatizando las incertidumbres inherentes a la ciencia. Quien la lee está menos dispuesto a vacunarse.
Un equipo internacional de investigadores de las universidades de Viena, Copenhague, Erfurt y Hamburgo (estas dos últimas en Alemania) ha hecho un experimento para comprobar cómo influye esa comunicación oficial sesgada, de la Administración de Donald Trump, en la actitud de las personas que la leen.
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Las conclusiones aparecen recogidas este jueves en la revista científica Science, promovida por la Asociación Estadounidense para el Avance de la Ciencia.
Como punto de partida, los científicos recuerdan que las vacunas no están relacionadas con el autismo ni causal ni estadísticamente. Hay consenso científico al respecto. Y el consenso es la máxima certeza que alcanza la ciencia, que, por su naturaleza, nunca llega a una certidumbre del 100%.
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Hasta noviembre de 2025, los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades estadounidenses contaban con una comunicación que negaba la relación entre las vacunas y el autismo, pero la Administración Trump la modificó en noviembre, haciendo hincapié en que no se podía descartar científicamente una conexión.
Tanto la comunidad científica como la Organización Mundial de la Salud salieron al paso de aquella comunicación, negando la relación entre vacunas y autismo.
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Para comprobar cómo ese texto influye en la actitud del público hacia las vacunas, los investigadores han hecho un experimento en línea con 2.989 adultos estadounidenses.
Los participantes fueron divididos en tres grupos. A uno se les dio a leer la versión previa a noviembre de 2025, en la que se negaba la relación entre autismo y vacunas, otro grupo leyó la nueva comunicación. Y un tercer grupo, de control, no recibió ninguna comunicación.
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Los investigadores testaron la actitud hacia las vacunas de los tres grupos. Y los resultados “fueron claros”, subrayan.
Quienes leyeron la información modificada por la Administración Trump consideraron más probables los efectos secundarios de las vacunas, tuvieron mayores preocupaciones sobre la seguridad de las mismas y mostraron una menor intención de vacunarse.
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La nueva comunicación también redujo la confianza en los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades, y aumentó el apoyo a las estrategias típicas de negación de la ciencia, como por ejemplo citar estudios de forma muy selectiva, exigir pruebas científicas poco realistas o adoptar un pensamiento conspiranoico.
Estas actitudes antivacunas y negacionistas se produjeron independientemente de la orientación política de los participantes.
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Los autores recuerdan que una reducción de la intención de vacunarse no está exenta de consecuencias para la salud pública.
“Incluso una disminución moderada pero sostenida de las tasas de vacunación podría dar lugar a más enfermedades evitables, una mayor carga para el sistema sanitario y un aumento de los costes sociales”, señala una de las autoras, Lau Lilleholt, de la Universidad de Copenhague.
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“Nuestro estudio muestra que la forma en que se comunica la información científica puede ser en sí misma un factor de riesgo", afirma la psicóloga Alina Schneider, de la Universidad de Viena.
Schneider incide en que pasar de una comunicación pública en la que se expresa un consenso claro y basado en la evidencia a un mensaje que enfatiza la incertidumbre puede ir más allá de influir en las decisiones sobre la vacunación y contribuir a profundizar las divisiones, debilitar la confianza en la ciencia y en las instituciones.
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Los autores hacen un llamamiento a que la comunicación sanitaria se documente de forma transparente, se base siempre en la evidencia y, cuando sea posible, se someta a pruebas para asegurar la comprensión por parte del público que la recibe.
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