Moscú, 26 abr (EFE).- Rusos amantes del antiguo arte del campanero buscan rescatar y dar vuelo a este oficio, que llegó a Rusia hace diez siglos de la mano de la fe cristiana, con el festival Igúmnovskie Perezvoni (Repiques de Igúmnovo) de jóvenes talentos en el distrito de Rámenski, al sur de la capital rusa.
"Los repiques de campanas son el alma del campanero y a través de ellos transmite sus emociones a quienes lo rodean", comenta a EFE Pável Lialin, organizador de este singular evento que este fin de semana celebra su décima edición.
En lo más alto del campanario, donde el viento de abril parece herir con sus gélidas ráfagas las manos y la cara, está el altar del campanero y toda Igúmnovo parece una localidad de casitas de juguete.
Los participantes se paran frente a la instalación, que conecta nueve campanas de diversos tamaños, entre las que destaca una de finales del siglo XIX, y comienzan a pulsar y golpear la telaraña de cables de acero que hacen saltar los badajos y vibrar las campanas.
"Tocar campanas es algo muy inspirador, porque son la voz de la Iglesia, son un sermón que no se limita a un pequeño grupo de personas, sino que se esparce por toda la localidad. Y esto es una gran responsabilidad", comenta a EFE Ana Slezhévskaya, una de las participantes.
Antes de llegar a este oficio, estudió percusión y tocó batería en un grupo, pero cuando se paró ante el campanario sintió "como si lo hubiera hecho toda la vida, enseguida salió el ritmo".
Los asistentes no solo muestran su arte y destreza, sino que tienen la oportunidad de conocerse y compartir experiencias.
Nikita Aniskóvich, otro participante, comenta que se apuntó como aprendiz de un campanero con apenas 12 años y ya lleva diez en este oficio.
"En la infancia escuché el tañido de las campanas y este sonido influyó en mí tremendamente, ya que nunca había escuchado ningún instrumento musical que sonara así. Y todavía cuando escucho el sonido de la campana siento un hervor de emociones", confiesa.
No es fácil ganarse el derecho a tañer las campanas: los organizadores eligen minuciosamente a los candidatos, algunos muy jóvenes, valorando su destreza.
Los criterios más importantes, según Lialin, son el ritmo, la coordinación y la seguridad en el campanario, donde "todos los movimientos deben ser naturales, fluidos".
Lleva más de doce años preparando campaneros en el Monasterio Danílov. Comenzó con apenas diez alumnos por curso, una cifra que a día de hoy se ha quintuplicado, más de la mitad mujeres.
Una degeneración tecnológica
Según el campanólogo, también experto del Museo del Arte de la Campana de Igúmnovo, el principal propósito del festival es popularizar el arte de los campaneros.
"En el siglo XIX, los repiques de campanas estaban tan integrados en la vida cotidiana que la gente podía distinguir uno de otro y percibir en qué momento de la liturgia se producía un toque en particular", relata. Ahora, lamenta, "todo ha degenerado en una especie de profanación".
"Se usan de forma totalmente inapropiada, a pesar de tener un profundo significado sacro. A lo largo de mil años buscaban transmitirnos no solo belleza, sino también inspiración divina. Llamaban a las liturgias y ese era su propósito original", sostiene.
Convencido de que "sin fe una persona se convierte en una especie de máquina incomprensible que cree ser autónoma", busca dar protagonismo al campanero real y "no a un artefacto electrónico o un robot que pueda reemplazar el repique en los servicios religiosos".
Las campanas llegaron a la Rusia antigua entre los siglos X y XI, poco después de que el príncipe Vladímir (918-1015) declarara el cristianismo religión oficial, y poco menos de cien años después los rusos ya comenzaron a fundir sus propias campanas.
Los campaneros rusos se atribuyen la primicia de comenzar a tañer usando el badajo en el siglo XIV, ya que anteriormente se hacía balanceando las campanas.
Los toques con badajo no solo dan un sonido más melódico, sino que permiten usar campanas más grandes y tañerlas sin dañar la estructura del campanario, algo difícil con el anterior método.
Los amantes de las campanas les ponen nombre, aseguran que tienen un carácter propio, y en el siglo XVIII incluso llegaron a 'castigar' algunas, cortándoles el asa o privándoles del badajo por llamar a revueltas o transmitir malas nuevas. EFE
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