Guillermo Benavides
Pekín, 30 may (EFE).- China no está organizando simples competiciones deportivas, sino moldeando el futuro del deporte -y del hardware- con robots que corren maratones, lanzan penaltis, hacen Tai Chi y pelean en ligas diseñadas para convertirse en olímpicas.
Lo que parecía ciencia ficción es hoy una herramienta de política industrial, una plataforma educativa y un fenómeno cultural que mezcla espectáculo, inteligencia artificial y músculo mecánico.
Con inversiones multimillonarias y apoyo institucional en la provincia meridional de Cantón, en donde las ciudades de Shenzhen y Zhuhai encabezan los planes más ambiciosos, el país lidera la revolución del deporte robótico, una apuesta estratégica donde el campo de juego es también un laboratorio tecnológico.
En abril, el robot humanoide Tiangong recorrió los 21 kilómetros de una media maratón en Pekín, convirtiéndose en el primero en completar una prueba urbana oficial junto a humanos, y en símbolo del hardware chino que ya compite —paso a paso— en el corazón del deporte.
Poco después, en Wuxi, los primeros Juegos de Robots con Inteligencia Corporizada reunieron a humanoides en pruebas de velocidad, fútbol, baloncesto, danza y rescate, con modelos como el Lingxi X2 mostrando precisión motriz y respuesta en tiempo real.
En Hangzhou, la televisión estatal organizó el primer torneo de combate entre humanoides con fines educativos, donde robots de Unitree ejecutaron patadas y esquivas controladas por mando en una exhibición retransmitida en horario estelar por CCTV.
Más al sur, Shenzhen se prepara para acoger en diciembre la Mecha Fist: Freestyle Combat League, el primer campeonato mundial de lucha entre robots humanoides de tamaño real.
Con proporciones humanas y código abierto, los participantes deberán simular movimientos reales y tomar decisiones en tiempo real.
La ambición va más allá del espectáculo: los organizadores quieren convertir esta disciplina en un deporte olímpico y en una nueva forma de integración humano-máquina.
Pero las máquinas no solo pelean ni corren maratones. En Wuxi, un robot de 130 centímetros enseñó Tai Chi a estudiantes tras meses de desarrollo, mientras que otro, diseñado por Honor, batió el récord de velocidad robótica al alcanzar los 4 metros por segundo.
Porque no se trata solo de espectáculo, ya que desde 2012 más de 18.000 escuelas chinas han integrado el deporte robótico como disciplina reconocida por el Estado, con manuales, árbitros y entrenadores que forman parte de un sistema educativo que legitima esta nueva era atlética.
China no solo apuesta por el espectáculo: detrás de cada robot que corre o boxea hay un sector en plena ebullición.
Solo en los primeros cinco meses de 2025, se han registrado 100.000 nuevas empresas vinculadas a la robótica, lo que eleva el total a casi 900.000, según la plataforma Tianyancha.
El mercado nacional de robots humanoides representa ya la mitad del global y podría alcanzar un valor de entre 500.000 millones y un billón de yuanes en 2045 (69.559 millones y 139.117 millones de dólares), según cálculos del centro estatal CAICT.
Esta revolución industrial tiene uno de sus núcleos en la provincia de Cantón. En 2023, la región produjo el 44% de todos los robots industriales del país, y desde entonces ha reforzado su papel con planes para establecer estándares internacionales, impulsar centros de I+D y subvencionar empresas emergentes en ciudades de la región.
Zhuhai ha lanzado un nuevo grupo tecnológico público con subvenciones millonarias en computación y modelos de IA, mientras Shenzhen moviliza fondos y alianzas industriales para liderar la carrera robótica.
El ecosistema robótico se extiende más allá de los torneos: árbitros mecánicos con sensores de presión ya se usan en esgrima juvenil, y robots entrenadores supervisan sesiones de yoga y fisioterapia, corrigiendo posturas y detectando fatiga muscular.
Cao Wei, socio de BlueRun Ventures, advirtió en medios chinos que “finales de 2025 y principios de 2026 serán una ventana crítica”. Si para entonces no hay avances sólidos, “el entusiasmo del capital podría enfriarse significativamente”.
Los torneos de lucha o las maratones robóticas no son solo una exhibición de fuerza mecánica: están diseñados para emocionar.
“Durante los combates, cuando los robots imitan expresiones o acciones humanas, el público llega a creer que tienen alma. Esa ilusión de empatía es uno de los objetivos del desarrollo robótico”, destacó en los medios locales el inversor Zhang Yu, de Qingzhi Capital.
Con retos virales -como un periodista derrotado en flexiones por un robot o corredores que se fotografían al pasar junto a humanoides-, estos eventos fusionan entretenimiento, divulgación científica y educación pública.
Niños de zonas rurales han sido invitados como público, y los organizadores del torneo Mecha Fist defienden que el deporte robótico “no solo es entretenimiento, sino una herramienta para crear un fenómeno cultural”.
Ese objetivo tiene ecos más amplios, ya que los robots corrigen posturas en gimnasios, supervisan sesiones de fisioterapia y se proyectan como asistentes para mayores o árbitros automatizados en esgrima juvenil.
Su presencia, aún torpe en ocasiones, encarna un avance simbólico: cada tropiezo en pista es un paso hacia la integración en la vida cotidiana.
“Los usuarios quieren un robot que lo haga todo, pero el desarrollo lleva tiempo”, advirtió Huang Jiawei, de Unitree.
El coste de sensores, la falta de manos articuladas fiables o la dependencia de entrenadores humanos son barreras persistentes.
Para avanzar, expertos como Mu Yao o You Wei proponen enfoques sectoriales y plataformas estatales de simulación que permitan escalar sin perder control técnico ni seguridad.
En China, la revolución robótica no se espera: ya compite, enseña, entretiene y redefine lo que entendemos por deporte. EFE
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