María Angélica Troncoso
Santiago de Chile, 26 oct (EFE).- Con sus 1,45 metros de estatura y escasos 32 kilos, la brasileña Flávia Saraiva, medallista olímpica y mundial no necesita medallas para brillar, aunque se colgó cinco preseas este año en los Juegos Panamericanos de Santiago, su mejor actuación en unos continentales.
En total tiene 36 medallas, de las que 11 son de oro y 14 son platas, incluyendo la que conquistó este año en los mundiales de Amberes y que le dio el pase a París 2024, y 11 bronces entre panamericanas, campeonatos, copas continentales y olimpiadas de la juventud.
"¡Una más!", dijo emocionada a la prensa después de llevarse la última del torneo, una plata que compartió en el podio al lado de su amiga, la también brasileña Rebeca Andrade, medallista olímpica y campeona mundial (2022), quien obtuvo el oro.
A sus 24 años es una de las integrantes más destacadas del equipo 'verdeamarelo' del que también hacen parte Carolyne Pedro, Jade Barbosa y Julia Soares.
Pero ella empezó a sobresalir desde mucho antes.
En los Panamericanos de Toronto, cuando apenas tenía 15 años y debutaba en unas justas continentales, Flávia clasificó en primer lugar en la barra o viga de equilibrio y se colgó el bronce en el individual completo y por equipos, algo que no ocurría con una gimnasta brasileña en 12 años.
Divertida, desordenada -como lo ha reconocido públicamente- y siempre con una sonrisa en el rostro, a esta joven con apariencia de niña le ha tocado sudarla para llegar donde está.
Criada en la zona oeste de Río de Janeiro, tiene mucho en común con el barrio Paciência, donde creció y desde donde tenía que recorrer largos trayectos para ir a entrenar cuando apenas comenzaba en la gimnasia.
A los 10 años tuvo que hacer lo que toda gimnasta brasileña que quiere avanzar requiere: irse a vivir al centro de entrenamiento y dejar atrás la cotidianidad de la vida en familia, algo que desde entonces fue su día a día.
Su familia siempre está presente apoyándola y dándole fuerza, aunque la mayoría de las veces a distancia, como ocurrió ahora en Santiago.
Múltiples fracturas, las piernas llenas de morados, cintas gruesas y apretadas en codos y tobillos para evitar un esguince y muchas horas de entrenamiento, así es el día a día de una gimnasta artística, gajes del oficio invisibles para los humildes mortales que se deslumbran con sus saltos y piruetas en trajes cargados de lentejuelas.
Ella también ha tenido que padecer extensas y agotadoras jornadas que se van entre entrenamientos, competiciones y viajes de un extremo al otro del planeta varias veces al año.
Ahora está saliendo adelante tras una cirugía en el tobillo que tuvo hace casi un año y por eso considera los logros obtenidos este año como un avance significativo.
"Ha sido un año increíble", dijo tras colgarse la de plata en la individual completa, su primer gran logro en unos Panamericanos tras el bronce en Lima cuatro años atrás.
Pero por su cabeza ya pasó la idea de desistir y dejar de lado la gimnasia, algo en lo que Andrade fue un soporte fundamental y el apoyo más fuerte para 'Flavinha'.
Y es que la segunda mejor del mundo sabe muy bien lo que significa resiliencia. Luego de tres cirugías en la misma rodilla, cada una con dos años de diferencia, fue la primera brasileña en colgarse un oro olímpico -por salto- y una plata en el concurso individual, en un periodo en el que hubiera podido botarlo todo, pero que afrontó y salió fortalecida.
De ella aprendió que la persistencia es lo más importante y por eso entrenar, entrenar y entrenar es el mantra que esta pequeña de estatura pero gigante en la gimnasia se repite sin dudar para crecer aún más. EFE
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