
Tierra adentro habitan hombres amantes del ganado, sus caballos, el arpa, el cuatro y las maracas. Hombres madrugadores, que a las cuatro de la mañana le ponen aperos a su caballo y cabalgan sobre la sabana para arrear al ganado y "contemplar los amaneceres que les brinda Dios y la naturaleza". Hablar del hombre llanero es remontarse al siglo XIX en la campaña libertadora y recordar la trascendencia de aquellos llaneros que dieron su vida para que fuera posible el sueño de libertad del país. En 1818, Francisco de Paula Santander llegó al departamento de Casanare, por órdenes del General Bolívar y con el fin de reorganizar un ejército, dirigido por comandantes llaneros como Juan Nepomuceno Moreno y Ramón Nonato Pérez. El interés de Santander por este territorio se debía a que era uno de los territorios que todavía no se encontraba bajo el yugo español. Los llaneros eran excelentes jinetes, valientes y arriesgados. Primeras exploraciones Durante la década de los 90, el estilo de vida de los llaneros se vio sujeta a cambios. En el Casanare se realizaban exploraciones con el fin de hallar nuevos campos petroleros que pudieran suministrar la cantidad que el país requería. Pero el rumbo del departamento cambiaría por completo. La empresa British Petroleum (BP) empezó activamente la explotación de los yacimientos de Cusiana y Cupiagua, en los municipios de Tauramena y Aguazul. Tras el descubrimiento, Casanare se convirtió en propulsor del crecimiento económico de Colombia debido a la dinámica industrial de los hidrocarburos en su territorio, que llegaron a representar más del 50% de la producción nacional. Según la Revista Dinero, el yacimiento de Cusiana se convirtió en la "joya de la corona" del Estado colombiano, con una producción de 302.330 barriles diarios para finales de la década. Transformaciones sociales La Ley 1274 del 2009 establece que los predios deberán soportar todas las servidumbres legales que sean necesarias para realizar las actividades de exploración, producción y transporte de los hidrocarburos, salvo las excepciones establecidas por la ley. Pero esto genera disputas. "Los dueños de fincas no toman la decisión de que entren las petroleras porque, como se dice en la Ley, estas son de interés nacional [porque] tienen la obligación de firmarle a la compañía y negociar el costo de la tierra que va a utilizar", explica Carlos Roa, magíster en Sociología de la Universidad Nacional, quien ha realizado trabajos sobre el impacto ambiental y social de las petroleras en el Casanare. Este factor fue el causante de que hubiera un cambio en la vocación de terrenos. Los trabajos que se hacían antes en la finca ya no se podían desarrollar porque las compañías empiezan a utilizar de otra manera los terrenos. Sin embargo, el descubrimiento de estos yacimientos también provocó que la industria tuviera interés en un territorio que no tenía la atención del gobierno debido a las distancias de los centros del poder, la mala calidad de sus vías y la poca población. Natalia Roa, psicóloga que vive en Casanare hace 15 años, ha realizado estudios sobre el impacto social de las petroleras en el departamento, y resaltó los aspectos favorables de la llegada de estas compañías. "Con el petróleo también llegan las vías, viene una inversión por parte de ellas a mejorar, a crear nuevas, vías y con estas también cambia la ganadería, llega también el arroz y nuevos sistemas productivos que antes no estaban porque no había vías para sacarlas. El contexto social y económico empieza a cambiar y el petróleo es la entrada de este cambio". Con la llegada de las petroleras hubo una transformación en el sistema laboral para los llaneros que trabajaban en hatos o fincas provocando el interés de ellos por trabajar en compañías petroleras. En primer lugar, los salarios en una compañía eran mayores al de un jornal. Siendo este otro factor favorable que resalta Natalia Roa. "La calidad de trabajo y de puestos laborales que empiezan a llegar están bajo todos los lineamientos laborales que existen en el país", explicó. Se inició una competencia por trabajos no calificados que no requerían ningún tipo de estudio para ejercerlos. "Los trabajos no calificados llegaron a estar más o menos en tres millones de pesos. Por eso se le robó toda la gente al campo, por eso a la gente ya no le interesaba seguir partiéndose el lomo sin prestaciones sociales sin extras sin nada y además sin la posibilidad de crecer", explica Roa respecto a la diferencia de salarios. Otro punto relevante resaltado por la psicóloga es la manera en que se van implementando unos cambios de uso tecnológico a partir de la entrada de las compañías. "El hato ganadero y las formas de trabajo en el llano tenían una manera y unas tecnologías propias, como las labores de la finca. Las prácticas propias van a empezar a olvidarse por esos trabajadores que deciden entrar en la dinámica de la industria petrolera, provocando una ruptura generacional hacía las labores de llano". La vida en el Hato San Felipe Un hato es un terreno en el que el llanero aprendió a trabajar y cuidar la tierra, a cabalgar y a querer al caballo; a conocer y manejar el ganado. Asimismo, han contribuido en la formación del llanero y también son historia, son vivencias y tradiciones. Para el compositor casanareño Cachi Ortegón, quien ha dedicado su vida a la preservación de la cultura llanera, el hato es fundamental para la cultura de la región. "El hato se mantuvo casi sin modificaciones por trescientos años. Sólo este turbión del progreso, la comunicación, las invasiones, el alambre y la violencia ha arrinconado los hatos a los lugares más alejados. Pero el Hato ha hecho mucho por el Llano, ha hecho a los llaneros, los ha definido, identificado, formado. No puede perderse el que hasta hace poco tiempo fue el eje de nuestra vida, de nuestra economía, de nuestra cultura, de nuestra historia, no pueden acabarse los hatos. Es nuestro deber de llaneros casanareños, conservar, mostrar y enseñar lo que es un hato, lo que fue, lo que ha sido", dijo Ortegón. José García alistándose para iniciar su jornada en el trabajo de llano. Hato San Felipe. En 1994 en Orocué, Casanare, Jogny Guzmán, con tan solo 13 años, inició sus labores como mensual en el Hato San Felipe. Un mensual es aquel que realiza los trabajos relacionados con la casa del hato como arrimar la leña, limpiar el comedor, tanquear la tinaja, una vasija grande que se usa para guardar agua). "A mí me quedó mucho gustando. No tanto trabajar, sino ver que yo ya había ganado plata. Yo me amarré a la plata, me alcanzó para mucho y yo dije que lo mío era eso de trabajar y ganar", expresó. Cursó hasta quinto de primaria, a pesar de que era un niño muy pilo y su profesor le reiterara la necesidad de continuar con sus estudios. Para 1999 llegaron las primeras petroleras al hato, pero fue hasta el año 2011 cuando los amigos de Guzmán le decían que se fuera a trabajar en ellas. "Cuando llegaron las petroleras, los amigos me llamaban cuestionándome qué hacía por allá ganando poco y ellos en la petrolera ganando más", afirmó. Estuvo a punto de cambiar de empleo, pero la llamada del blanco, como se les denomina a los dueños de un hato, nombrándolo caporal (encargado) del hato lo hizo cambiar de parecer.
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