
Quienes llegan a Picton, en Nueva Zelanda, por lo general se proponen continuar el viaje sin demorarse. Es verdad que en los cafés del paseo marítimo es genial tomarse un Flat White, una variante de café capuchino, mirando el mar. Pero luego la mayoría se embarca en el transbordador y se dirige a la Isla Norte. O bien se suben a un coche alquilado y toman la carretera costera rumbo al sur. Sin embargo, todos ellos se perderán algo: el Queen Charlotte Track, una senda de 72 kilómetros de longitud que serpentea a lo largo de las bahías y sobre las crestas más altas entre dos bellos fiordos de los mares del sur. Desde hace cinco años, el trayecto cuenta con la denominación de "Great Ride", lo que lo convierte en una de las 22 rutas para ciclistas de primera clase en el país. Año a año crece la cifra de aficionados que alquilan bicicletas de montaña en Picton, y una de las razones podría ser solamente el viaje de ida hacia el punto de inicio: una travesía en el barco postal es tan encantadora que muchos turistas la reservan como excursión. De bahía en bahía, el catamarán navega por el Queen Charlotte Sound, mientras que en su entorno pueden apreciarse las colinas con densos bosques. Con un poco de imaginación, puede reconocerse que el brazo del mar fue alguna vez un valle fluvial, como los demás fiordos de Malborough Sounds. Cuando el nivel del mar subió al final de la última Edad de Hielo, inundó los valles, creando este precioso laberinto. Ya a mediados del siglo XIX llegaron excursionistas procedentes de Wellington a través del Estrecho de Cook, y algunos se construyeron casas de vacaciones. Por lo visto, sus herederos aprecian hasta hoy en día la soledad que reina en estos parajes. Sus casas se encuentran esparcidas por las bahías, a gran distancia entre sí. En Blackwood Bay aguarda un señor de edad avanzada con bigote blanco. El capitán le alcanza una bolsa de tela rústica con correspondencia a través de la ventanilla lateral. Ambos intercambian unas palabras y luego el bote sigue viaje. El capitán conduce el catamarán sin apuro de bahía en bahía. Hasta que, de repente, frena y se encuentra rodeado de una bandada de pardelas de cola corta. Entre estas aves marítimas aparecen delfines, que se sumergen y luego dan saltos por el aire. "Esos son delfines negros", explica el capitán. "La más pequeña de las cuatro especies de delfines que hay aquí". James Cook navegó por estos brazos marítimos hace 250 años. En la isla de Motuara, actualmente una reserva de aves libre de depredadores, el navegante izó la bandera británica y de esta manera reclamó la Isla Sur de Nueva Zelanda para la Corona británica. Pero el gran explorador ancló de manera permanente en la bahía donde hoy comienza el Queen Charlotte Track. Cook pasó un total de 168 días en Ship Cove, repartidos a lo largo de siete años. Se entiende rápidamente porqué a Cook le gustó este lugar. Los helechos arborescentes y las elegantes plantas del género cordyline crecen alrededor de la bahía turquesa, el agua clara resuena al fluir por un arroyo. Este es un maravilloso comienzo para el tour. Por la noche los aventureros llegan relajados al primer albergue y quedan encantados. Frente a la mansión de más de 100 años del "Furneaux Lodge" el agua murmura en una fuente, los caminos de grava conducen a los bungalows y a una pequeña piscina con agua caliente desde la cual se domina la bahía. En el Queen Charlotte Track hay alrededor de una docena de lodges, hoteles y resorts. El día montando la bicicleta comienza tras haber tomado una ducha fresca y disfrutado de un buen desayuno. El camino conduce a lo largo del Endeavour Inlet por un bosque ralo y varios puentes de madera. El tramo entre Ship Cove y Camp Bay es en realidad el más popular de todo el sendero. Sin embargo, esta mañana prácticamente no se ven personas. La ruta es larga, pero vale la pena hacer un alto en el Punga Cove Resort. En el café sobre la pasarela suena el reggae, los veleros se dibujan sobre el mar turquesa. "Muchos ciclistas hacen una pausa aquí", comenta Mariana Terán, una camarera mexicana de 25 años. "Algunos también vienen caminando desde Ship Cove, recogen la bicicleta entregada por el barco del correo y siguen viaje", apunta. Puede sonar extraño, pero esto tiene una razón. Desde comienzos de diciembre a fines de febrero el camino entre Ship Cove y Punga Cove permanece cerrado para los ciclistas, o sea prácticamente todo el verano. Detrás de Punga Cove, el sendero sube de manera abrupta por primera vez. Los ciclistas tienen que apearse y empujar. Afortunadamente, después de un cuarto de hora, el camino desemboca en una carretera que les permite volver lentamente a los pedales, aunque ya les espera la siguiente desafiante subida. El camino entre las crestas sube y baja una y otra vez, y también una y otra vez emergen vistas grandiosas sobre los fiordos. Detrás de Torea Saddle hay que empujar la bicicleta nuevamente por una pendiente empinada. Agitados y agotados, los ciclistas arriban al "Lochmara Resort" por la noche, caminando junto a alpacas y llamas que se espantan. Este hotel alberga además un zoológico privado. Cientos de visitantes concurren diariamente a alimentar a las cabras, los pericos de la pajarera y a las rayas abajo en la bahía. En un tanque pueden tocar estrellas de mar. En pocas palabras: nadie quiere irse rápidamente de este lugar. dpa
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