QUITO (AP) — Cientos de tétricos diablos avanzan desde lomas cercanas o sectores alejados sobre el pintoresco pueblo de Píllaro, en el centro andino del país, donde las calles están adornadas con la generosa presencia de bandas de música, abundante comida y licor, en medio de contagiosos ritmos bailables.
Del 1 al 6 de enero, con religiosa puntualidad y con la misma desbordante pasión, miles de disfrazados y bailarines se dan cita a diario para saludar con algarabía al Año Nuevo y empezar con las mejores energías el 2020.
Jorge Curi, de 30 años, desfila con los diablos del barrio La Florida portando una tenebrosa máscara negra adornada con cuernos de venado, orejas grandes y puntiagudas. Viste con pantalón y zapatos negros y una camisa roja, como la mayor parte de diablos pillareños.
“Llevo 22 años seguidos bailando, heredé la tradición de mis abuelitos, luego de mis padres y es una tradición muy arraigada en el corazón. Mis hijos chiquitos (de 5 y 7 años) también ya empezaron a bailar”, indicó a The Associated Press.
Añadió que “cuando se acerca año nuevo se siente una como corriente interna que le pide al cuerpo bailar, uno quiere escuchar a la banda y mover el cuerpo, es como una alegría inmensa en el corazón”.
Las autoridades estiman que unos 5.000 danzantes desfilarán este año por las calles de esta población.
El origen de esta tradición se pierde en el tiempo. Algunos ancianos sostienen que los jóvenes de un sector se disfrazaban y llegaban a otra zona en busca de sus enamoradas y que se disfrazaban para asustar a los padres de las chicas, mientras que otros aseguran que era una forma de los indígenas para desafiar y repudiar las prácticas y maltrato de los españoles.
Con semanas de anticipación se preparan las famosas partidas de diablos en barriadas periféricas, poblaciones cercanas a Píllaro, 100 kilómetros al sureste de la capital, o en asociaciones culturales de esa población. Cada partida está integrada por un personaje disfrazado de barrendero, que abre el grupo con una escoba de ortiga, luego sigue la banda de música, atrás van las parejas en línea con elaboradas coreografías, que son custodiadas por las huarichas _que representan madres solteras en busca de diversión_ y finalmente los diablos.
Cada uno de estos últimos personajes lleva una espantosa máscara, siempre con cuernos y grandes colmillos, y están cubiertos de pies a cabeza con ropa negra y roja, muchos con capas rojas, y en sus manos llevan un cabestro para ahuyentar a los desprevenidos espectadores.
“Esto de bailar lo llevo en mi sangre desde que nací, cuando era muy chiquita veía a mi familia disfrazándose para la diablada y participando. A los ocho años salí en la primera diablada y llevo seis años bailando de diablo y voy a bailar hasta que el cuerpo aguante”, dijo Pamela Caiza, una adolescente de 14 años.
La banda nuevamente entona los ritmos frenéticos y como tocados por fuego los diablos se enfrascan en la danza que los lleva a una especie de éxtasis generalizado.
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