El señor Gonzalez, acorralado

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Ficciones incorrectas

El hombre amaneció feliz, con una ligera resaca después de una noche de festejos. En su mente se mezclaban las imágenes de Silva y Acosta ("Los Albañiles de Lanús") y otras de los héroes actuales de su club: Almirón y Sand. Al abrir los ojos, descubrió que estaba apoyado sobre un banderín del club granate. Lo cubrió de besos, saltó de la cama y lo alisó prolijamente sobre la mesa de luz.

— ¡María Cristina! ¡María Cristina! Vení, ¡ayudame a planchar el banderín del campeón!

Al cabo de unos instantes apareció su digna esposa. Vestía botitas con revestimiento interior de corderito, color cereza.

— No grites así, querido. Sabés que la nena está durmiendo.

La nena tiene 25 años y son las once de la mañana, María Cristina. Somos una familia de adultos.

— No me hagas acordar de los mellizos (SOB) que se fueron a vivir solos y ahora siento el nido vacío. ¡Dos criaturas abandonadas en un miserable cuchitril de la calle Nicaragua! ¿Te parece?

— No son dos criaturas. Son dos tipos de 30 años que están inaugurando un boliche bailable y viven en Palermo Hollywood. Todo carísimo, María Cristina.

"¿Están tratando de volverme loco?"

— Bueno, escuchame un poco, mi amor. Tenemos que hablar en serio. Dejá en paz a tu banderín de Lanús y concentrate, por favor. La nena se está cuidando mucho porque está en el período previo. Es una cosa delicada.

— ¿Previo a qué?

— A la inseminación.

— ¿Están tratando de volverme loco?

— Tranquilo, Gonzalito.

— ¡No me llames Gonzalito, sabés que me saca de quicio!

— A vos todo te saca de quicio, gordo. La nena cumplió los 25 años y, lógicamente, no va a estar esperando al príncipe azul. Eso era en otros tiempos. Yo esperé al príncipe azul y mirá lo que me pasó. Ella ha decidido que no se va a casar y que criará a sus hijos sola. ¿Sabes qué lindo volver a tener un bebé en casa? Ahora, eso sí, la nena tiene que descansar bien y alimentarse racionalmente con calcio y proteínas. No puede saltar, correr ni moverse bruscamente. Ninguna percusión.

"¡No golpeés así tu celular G4! Habilitá las aplicaciones y fijate si hay señal"

— Hablando de percusión... ¿Qué le pasa a este aparato? (TRAC, TRAC, TRAC)

— ¡Gonzalito, no seas loco! ¡No golpeés así tu celular G4, acordate que costó quince mil pesos! Habilitá las aplicaciones y fijate si hay señal. ¿Tiene señal?

— ¡Señal de agonía! ¡Lo voy a matar! Yo tenía un teléfono de verdad, para discar, para hablar con mis amigos, marcaba un número y aparecía mi madre... ¡Este aparato infernal inventa cosas, me habla de virus, de reparaciones, de peligros...!

— Dejá el celular y escuchame. ¿Oíste lo que te dije? La nena va a tener un bebé. No te puedo decir la fecha. Pero pronto.

— No puedo asimilar tanta información al mismo tiempo. ¿Alguna otra cosita?

— Sí, un pequeño inconveniente. Mirá, el quintero que nos cuida la casa de Don Torcuato, ese que te parece tan macanudo porque también es de Lanús como vos, mandó un telegrama.

— ¿Don Antenor mandó un telegrama? ¿Por qué?

— Dice que la quinta le pertenece porque él es integrante de los pueblos originarios. Que sus antepasados cazaban venados en Don Torcuato desde hace siglos.

"¡Otra que pueblos originarios, si es de apellido Fumagalli!"

— ¿Venados en Don Torcuato? ¿Por la 202?

— Ay querido, antes de que existieran la 202 y la Panamericana. Antenor dice...

— ¡Pero otra que pueblos originarios, si es de apellido Fumagalli, hijo de italianos! Yo conocí a los viejos, tenían una zapatería en Merlo.

— El telegrama no dice eso, Gonzalito. No podés ser tan ciego. Hay que incluir. Estamos en el tiempo de la inclusión.

— ¡Sí, yo voy a incluir pero primero voy a romper este aparato maldito que habla sin parar de virus!

(TRAC, TRAC, TRAC)

El celular resistía, sólido, los golpes contra la cómoda. María Cristina se retiró dignamente y bajó por la escalera para atender a la cosmetóloga.