Desde la aparición de su primer libro "Noviembre sin violetas", el autor madrileño Lorenzo Silva se ha convertido en uno de los principales referentes de la novela negra en España, y logró además destacarse en el cada vez más popular mercado YA, literatura especializada para jóvenes.
Tras el éxito de la adaptación al cine de su novela histórica "La flaqueza del bolchevique" y la obtención del premio Planeta en el 2012, ahora Silva presenta "Música para feos", una historia de amor que cuenta cómo dos personas sostienen una relación a través de internet, estando a miles de kilómetros de distancia. En el marco de su visita a la Feria del Libro de Buenos Aires, el escritor visitó los estudios de Infobae para hablar sobre su nuevo trabajo.
—No he querido plantearla como una historia de intriga, o un relato en el que la intriga sea un motor fundamental. Pero sí creo que en toda narración al final se plantea un misterio y, en cierto modo, ese misterio debe permanecer a lo largo del relato y subsistir al final. En la novela se averiguan algunos aspectos de la vida del personaje, pero hay otros que quedan velados. Yo creo que ese motor del misterio existe en toda la literatura.
—En un principio se me ocurrió lo de la música como una herramienta de comunicación entre ellos. Son dos personas de generaciones distintas, ambientes distintos y profesiones distintas. Personas que en cierto modo tienen que salvar una brecha. Esa herramienta de comunicación, que son las canciones que se envían en momentos en los que no están juntos, se fue convirtiendo en una parte del texto. Entonces al final se convirtió en una especie de pieza musical dentro de lo que era la melodía del texto y, como hay una en cada capitulo, al final las canciones forman una especie de secuencia narrativa que yo me tuve que parar a examinar al margen de la novela. Es decir, revisar que esa secuencia realmente representaba la historia que quería contar. Uno empieza utilizándolo como un instrumento universal y al final acaba convirtiendo en un elemento estructural.
—Yo creo que cualquier personaje es un desafio. Una mujer, un policía, un cartero, una estudiante de liceo. Cualquier personaje es un desafío. Pero es evidente que cuando un hombre afronta la construcción de una voz femenina se enfrenta a una especie de legión de clichés, estereotipos e ideas preconcebidas sobre lo que somos los hombres, lo que son las mujeres, lo que entendemos de ellas, lo que ellas creen que entendemos de ellas... Y entras en un terreno muy delicado, más expuesto. Pero esa exposición me parece interesante y yo he escrito seis novelas donde la narradora es mujer.
—Sí, de la crisis de España y de buena parte de Europa occidental. Se producen situaciones realmente sobrecogedoras. Yo me enteré que la empresa en la que yo entré a trabajar en el año 1989, los titulados jóvenes como yo, que se incorporan ahora, cobran un poquito menos de lo que yo cobraba. Han pasado 27 años y cobran menos. Es algo verdaderamente increíble. Estamos hablando de titulados superiores y escogidos. La realidad en muchos países de Europa ahora, y especialmente en los que han padecido la crisis con más crudeza, es que el trabajador cualificado está realmente muy poco valorado y lo que incentiva es la diáspora: la búsqueda de lugares donde esa cualificación si conserva una cotización. La Europa del norte, en América o en muchos sitios.
—Yo creo que sí. Incluso lo he hablado con gente de esta generación. Yo he tenido cierta relación profesional y familiar con gente joven, formada, que lleva una vida relativamente precaria, que tiene pocas fuentes de ingresos, que no puede permitirse comprar una vivienda y acaban compartiendo piso o cambiándolo muchas veces. Viven con una maleta y poco mas y, sin embargo, tiene un Mac de 1500 euros, que es lo único que se pueden permitir del tope de la gama. Y, en cierto modo, ese ordenador portátil se convierte en su reducto personal. Dicen: "Ya que no puedo tener una buena casa ni un buen trabajo, me voy a comprar algo que sea lo mejor que me pueda comprar". Y pasa a ser una especie de espacio de identidad. Es la función que cumplía la vivienda para el burgués: la vivienda es una invención burguesa porque es un espacio de intimidad. Yo creo que eso lo está siendo para esta generación en cierto modo.
—Durante buena parte de la historia, ellos están a mucha distancia física. Y entonces la interacción entre ellos, que además es en un momento intenso de la relación, cuando se están conociendo y vinculando afectivamente, tienen que recurrir a herramientas de comunicación tecnológicas. Al Whatsapp y al Skype, que son herramientas un poco limitadas en cuanto a la capacidad de comunicación, pero la necesidad se convierte en virtud. Ellos convierten esa forma de comunicación en una forma intensa. Yo no tengo ninguna persona querida muy lejos. pero sí tengo personas en mi familia que viven a 8000 kilómetros de sus hijos. Para mí el Facebook y el Skype son banalidades. Para ellos, son parte esencial de su vida, porque es lo que vertebra ese contacto.
—Realmente yo me he preguntado si un texto construido en forma de chat es un texto dramático o epistolar. Y es una pregunta que no es fácil de resolver. La literatura dramática existe desde siempre. La epistolar también es muy antigua. El chat se escribe, pero por otro lado es una interacción donde hay pregunta y respuesta inmediata. Es un extraño híbrido que creo que participa de las convenciones y los recursos de la novela epistolar y del lenguaje dramático y en cierto modo es capaz de aunarlos. Puedes hacer experimentos intermedios. Al final, el chat se escribe y cuando una persona como la protagonista, que es periodista, chatea, no lo hace igual que una que no esta habituada a escribir. Por otra parte, está ese elemento del lenguaje dramático, por el cual cuando alguien te manifiesta una emoción y está la posibilidad de responderle inmediatamente, tienes que responder a esa emoción. No es la primera vez que lo hago. Yo he hecho más experimentos de este tipo y naturalmente nunca lo puedes reproducir como sería el chat normal. A lo mejor tienes que procurar que los que chatean sean personas con una cierta formación para que el texto tenga un interés. Pero creo que es un experimento literario interesante.
—El autor se acuerda de Juan Carlos Onetti. Onetti siempre apagaba la luz. Es uno de los grandes estilistas de la lengua española del siglo XX y uno de los grandes narradores y creadores de personas y de emociones intensas. Pienso en El infierno tan temido, que en el fondo está hablando de cuestiones escabrosas de carácter sexual y no hay ninguna descripción explícita. Y sin embargo toda la escabrosidad sexual es absolutamente manifiesta para el lector. Funciona mucho mejor por elipsis que por exhibición. Yo he leído muchos pasajes literarios eróticos por lo malos, por la comicidad involuntaria, que es lo peor que puedes hacer en literatura. He leído pocos buenos y personalmente he escrito un par de encuentros explícitos, no muy largos. Les dediqué muchas horas para convencerme de que no era vulgar, innecesario, involuntariamente cómico ni grotesco.
—Yo me canso. He leído seis o siete páginas, porque en el fondo me parece que son novelas que están tratando de explotar algo que es muy anacrónico: la capacidad de escandalizarse del lector. ¿Y de qué nos podemos escandalizar ahora? Alguien que conozca lo que hay en la red, ¿de qué se va a escandalizar? ¿Cuál es la forma? ¿Qué acto extremo hay que describir y con qué grado extremo de derroche verbal para que alguien se escandalice? Tengo la sensación de que es como el esfuerzo vano por escandalizar a lectores que solo se pueden escandalizar si son lectores mojigatos o muy poco informados de la realidad que les rodea.
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