Corrían los años setenta, yo era un niño y había llegado a mis manos una edición exquisita de las tiras de Mafalda, la gran creación de Quino, curiosamente coloreadas y precedidas por un prólogo que firmaba un tal a href="https://www.infobae.com/" rel="noopener noreferrer" Umberto Eco/a. Me sorprendía, apenas convertido en lector, que una recopilación de historietas requiriera un prólogo. Más aun, que aquel breve texto se tomara el trabajo de interpretar seriamente el universo de su protagonista. Allí, para Eco: "Mafalda vive en una relación dialéctica continua con el mundo adulto que ella no estima ni respeta, al cual se opone, ridiculiza y repudia, reivindicando su derecho de continuar siendo una nena que no se quiere incorporar al universo adulto de los padres." Con mi corta edad, no más de siete u ocho años, no podía menos que identificarme con lo que aquel prologuista por entonces desconocido para mí señalaba.
Ya adolescente, tiempo más tarde, se produjo el segundo encuentro. El libro esta vez tenía una de las portadas más icónicas que recuerde. Allí estaba Superman, saliendo en vuelo sobre un círculo recortado en el fondo blanco. Y, nuevamente, el nombre de Umberto Eco. La edición de la editorial de Daniel Divinsky respetaba el diseño de la original española, de Lumen. Otra vez: ¿por qué Superman? ¿qué tenía que ver con ese título enigmático "Apocalípticos e integrados"? La universidad hizo su trabajo y, al igual que todas las generaciones de estudiantes de Ciencias de las Comunicación, leí con fascinación aquella distinción que Eco establecía y analizaba con profundidad acerca de las dos miradas predominantes acerca de la cultura de masas. Pesimistas y optimistas enfrentados ante los efectos culturales de la explosión de los medios de comunicación en las sociedades del siglo pasado.
Como máquinas perfectas, las novelas de Eco desarrollan historias colmadas de información cultural, histórica, literaria y política, con estructuras clásicas
Mi descubrimiento de sus ensayos sobre lenguaje, semiótica, literatura y sociología ocurrió en simultáneo con uno de los mayores fenómenos editoriales de que tenga memoria. En 1980 Eco publicó iEl nombre de la rosa/i, su policial ambientado en la edad media entre monjes benedictinos. De pronto, las ideas del ensayista se plasmaban en la obra de un novelista a la vez refinado y popular. Con astucia, la erudición infinita de Eco dejaba leerse como aquellas novelas de quiosco, que invitaban con ansiedad a los lectores a devorarlas página a página para luego abalanzarse sobre la siguiente. Como máquinas perfectas, las novelas de Eco desarrollan historias colmadas de información cultural, histórica, literaria y política, con estructuras clásicas. En sí mismas contribuyeron a dar forma a un proyecto literario extraordinario que fue celebrado por los lectores de todo el mundo.
Eco formaba parte del paisaje intelectual contemporáneo. El profesor italiano se transformó en una figura de la cultura global. Él mismo se convirtió en un engranaje de la maquinaria de la cultura de masas sobre la que tanto escribió. Es triste descubrir que no habrá ya nuevas novelas. Pero estoy seguro que tampoco habrá olvido para Umberto Eco.
iMinistro de Cultura de la Nación/i