Una vez, hace muchos años, una chica de Junín se acercó al mostrador del diario Página/12 y dejó un cuento con la esperanza de que alguien lo leyera y lo publicara. La historia dice que el que lo leyó fue Jorge Lanata, que decidió sacarlo en la contratapa y que además la llamó para darle empleo y así iniciar la carrera periodística de Leila Guerriero. "Yo no sabía quién era él y él no sabía quién era yo. Pero hizo lo que los editores suelen hacer: leyó, le gustó, publicó", rememora.
"Así, de un día para otro, en 1991, me hice periodista y entendí que eso era lo que siempre había querido ser, y ya nunca quise ser otra cosa", escribe dos décadas después la cronista en uno de los veintinueve textos que componen "Zona de obras", el libro que Anagrama acaba de editar en Argentina.
El volumen recopila artículos y conferencias de Leila Guerriero en los que se dedica a pensar el oficio de periodista. No hay en estos textos certezas, ni lecciones y mucho menos dogmas: lo que impera es la reflexión a partir de preguntas y el cuestionamiento al propio trabajo desde una pasión que nunca obnubila a la razón. Leila critica al llamado periodismo ciudadano con precisa lucidez ("Consiste en decirle a todo el mundo que eso que los periodistas hacen lo puede hacer cualquiera"), advierte que la crónica en América Latina tiene debilidad por contar historias marginales, pero no está contando la vida de los ricos ("Hemos dejado de lado enormes historias") y hace un recorrido erudito por la escritura con citas que van de Gustave Flaubert a Martín Caparrós, de Oscar Wilde a Juan Villoro o de Honoré de Balzac a Fogwill, sin dejar de pasar por el nuevo periodismo norteamericano.
Leila Guerriero visitó la redacción de Infobae para hablar de su carrera, su método para la escritura, su visión del periodismo y cómo la curiosidad y la escucha del otro están en la base del buen periodismo.
—Lo que persiste es la curiosidad y el entusiasmo por el oficio. Cada vez que uno hace algo es como si lo hiciera por primera vez, en cada libro que publicás o incluso en cosas de apariencia más pequeña: en cada columna, en cada texto o en cada artículo, uno sabe que de alguna forma no tiene nada ganado. Siempre podés rifarte todo en la próxima, que puede ser una gran metida de pata o algo que no está del todo bien. O que también podés estancarte, podés empezar a copiarte a vos mismo, que es algo tan patético como lo anterior. Esa zozobra es como uno de los motores: hacerlo cada vez mejor, no repetirse, lo sigo teniendo. Tengo mucha avidez por seguir contando historias y tengo una extraña sensación de que esto recién empieza. Siempre la he tenido, nunca perdí esa sensación de estreno. Me sigue haciendo ilusión publicar un texto en un determinado sitio, en una revista nueva. Me hace ilusión y eso es bueno, porque de alguna forma es como escapar al aburguesamiento, al achatamiento.
—Es muy trabajoso, no es que sufra... pero sí sufro. No sufro por la materia en sí, no me pasa que si escribo un tema doloroso, me cuesta más; a veces me cuesta mucho más escribir un tema que no tenga nada que ver con el conflicto. Me cuesta porque trato de no aburguesar la escritura, de tener la rienda corta con algunas cuestiones que ya a uno mismo le suenan más efectistas de su propia escritura. Cómo hacer para que el estilo se mantenga y que, sin embargo, eso no sea una reiteración al infinito de los mismos recursos.
—No sé, no hablaría en general. Conozco muchos buenos periodistas, lo que no hay que hacer es tener una visión aldeana y no pensar que el periodismo es lo que pasa en Argentina. Si miramos el periodismo en habla hispana, la perspectiva cambia; tiendo a tener esa visión porque cada país es una realidad muy distinta. México tiene sus propios inconvenientes, Ecuador tiene sus problemas, España los suyo y acá los nuestros. En todos estos lugares conozco excelentes periodistas que hacen lo que hacen, a pesar de que todo indica que no se puede hacer, desde el punto de vista económico y logístico; gente que trabaja haciendo cien cosas para poder solventar su trabajo más potente de fondo, cosa que no digo que esté bien.
—Es posible y creo que el egocentrismo no es buena idea nunca. Sin ego uno no va a ningún lado, porque sería muy Teresa de Calcuta. Yo tengo un ego enorme, como toda la gente que escribe, que saca fotos o que pinta; si uno no se cree algo, no podés hacer nada. El periodismo es un servicio en el sentido de que uno siempre está contando y privilegiando la historia de otro, aun cuando uno cuente algo autorreferencial. Cuando te corrés de ese lugar, cuando empezás a pensar que sos tan interesante y te pasan cosas tan increíbles y sos tan genial que lo único que tiene que hacer el lector es hacerte reverencias porque te hayas dignado a mover tus dedos sobre un teclado de computadora, cuando tu voz es más importante que la persona que fuiste a entrevistar, las cosas empiezan a perder su foco. En ese sentido, el ego se vuelve en contra y no creo que pase sólo en el periodismo, le puede pasar lo mismo a un médico. El ego te impide tener registro completo del otro y el periodismo es siempre la historia de los otros, no la historia de nosotros.
—Depende, hay gente muy notoria y muy conocida, gente a la que los entrevistados mismos reciben porque son tal persona y no pierden ese foco. Y no hablo de periodistas de la televisión, hablo de gente que escribe. Por ejemplo, Gay Talese, cuándo leés sus textos o cuando habla de sí mismo y cuenta historias autorreferenciales, encontrás que nunca se pierde, no te digo de humildad, pero sí hay una especie de modestia y de voz serena.
—Exacto, incluso en textos que son autorreferenciales, como el que escribió en "La mujer de tu prójimo", que era un texto en el que él se implicaba enormemente. Hay gente que lo hace muy bien, no son la mayoría, hay que decirlo, y gente que no lo hace bien, porque incorporaron su propio personaje, están más preocupados por sostener ese personaje que por escuchar.
—América Latina es un continente muy conflictivo, entonces es natural y razonable darle voz a los marginados y a los conflictos. Hay muchas cosas que sabemos sobre las pandillas en El Salvador o sobre el narco en México o sobre el conflicto en Colombia, porque hay periodistas que se tomaron el trabajo de casi poner en riesgo su propia vida para contarnos esas historias, con lo cual, chapeau total. A mí también me interesan esas historias, pero hemos dejado de lado otras enormes cantidades de historias que tienen que ver con los ricos, con los poderosos, con la gente que maneja el dinero y que son los que hacen que vos y yo mañana paguemos el pan mucho más caro. Esas historias no las estamos contando. Creo que hay un tema que tiene que ver con el acceso a esta gente: un gran millonario como Carlos Slim es muy difícil que abra sus puertas y le de acceso a un periodista con los planteos que hace un cronista. No ir quince minutos y hacer dos preguntitas, sino hacer un seguimiento largo de semanas o incluso meses. Los ricos y poderosos están más prevenidos o preparados, incluso desde el punto de vista legal. Los periodistas, en general, tenemos una extracción de clase más media y entonces no pertenecemos a ese mundo del todo y ahí hay una cosa doble: por un lado, una dificultad de acceso y, por el otro, para ese mundo el periodista es una especie de cuerpo extraño y quizás sospechoso y los periodistas tenemos con ese mundo muchos prejuicios. Somos más proclives a tener prejuicios hacia arriba que hacia los desfavorecidos, que de alguna forma los sentimos más cercanos o como causas más justas.
—Sí, el poder político es el poder. Cuando hablo de poderosos en general, lo de los políticos está incluido, aunque a mí el poder que más me interesa es el de los particulares con dinero, porque es un poder sumamente político en nuestros países. En América Latina la política y la riqueza van juntas y los ricos y poderosos son, de alguna forma, los que terminan negociando, haciendo acuerdos y presionando con los políticos para hacer cosas que tienen implicancias en nuestra vida cotidiana. Ojalá pudiéramos tener acceso de esta forma que plantea la crónica, de ir a verlos muchas veces y a lo largo del tiempo, a muchos políticos.
—Por supuesto, es que para mí el tema del acceso es un tema. No me logro sentir una voz autorizada en un tema hasta que no puedo ver a una persona muchas veces y no tengo un acceso a su entorno. Dejo de sentirme seria, eso me pasa a mí, hay muchos colegas que lo hacen estupendamente bien y a veces con un acceso limitado. Eso es otra clase de periodismo, que es el de investigación y que a mí me parece increíblemente difícil de hacer y que es un oficio supernoble. Hay gente en este país que se dedica a eso de una manera increíblemente buena.
—La utilización de un adjetivo vale la pena en una crónica cuando, si lo sacás, cambia algo del tono, del contenido y del estilo de una frase. Eso vale con todo, no sólo con los adjetivos, vale con una metáfora, vale una sinécdoque, vale para cuando quieras ponerte más elíptico, más brutal o más directo. Cuando uno utiliza estos recursos formales en el periodismo (y supongo que en la ficción también), esto debe sentirse en el texto como algo orgánico, como algo que el texto pide, que si no estuviera, tiene que ser necesario. Si no es así, es un artificio, se nota el artificio, se ve ese texto hasta demasiado perfectito. Uno tiene que evitar ser artificioso y esto te lo digo ahora, pero a veces me veo obligada a releer un texto de hace dos años y me tiro de los pelos y digo: "Cómo pude poner esa frase tan artificiosa". Uno va cambiando.
—Estaba en muy diversos lugares. Algunas veces viajando. Las conferencias más largas usualmente en mi casa, porque me cuesta mucho escribir largo fuera de mi casa. La única respuesta cabal es que cuando escribí todas estas cosas estaba dentro de mi propia cabeza. El lugar desde donde pueda salir algo que tenga, para uno al menos, una cuota importante de algo genuino, de una emoción verdadera es estar dentro de la cabeza cuando el mundo desaparece y por eso es tan raro cuando volvés a leer cosas que escribiste en ese estado y decís: "Cómo es posible que haya escrito eso", porque uno siempre se siente más tonto y pensás: "No estaba mal".
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