Juan de Dios Rivera era un orfebre cuzqueño, criollo, descendiente de conquistadores por vía paterna, y de la más alta nobleza incaica, por parte de su madre. Orgulloso de sus orígenes, a Juan le gustaba ser llamado por su nombre quechua: Quipte Tito Ahpautí Concha Tupac Huáscar Inca.
Rivera vivía en Potosí hasta que Túpac Amaru organizó en 1780 una rebelión y sus parientes sufrieron una persecución atroz que terminó en matanzas. Aterrado, Rivera huyó a Córdoba y de allí pasó a Luján, donde estuvo a punto de morir de fiebre. Pero se salvó. Sintió que estaba en deuda con la Virgen de Luján y decidió compensarla, pero sin apuro.
Algunos años más tarde, ya instalado en Buenos Aires y casado con Mercedes Rondeau, realizó un grabado de Nuestra Señora del Luján en forma gratuita. El obispo porteño, Manuel Azamor, en cambio, vio el negocio: mandó hacer miles de copias, aclarando que quienes las compraran recibirían 120 días de indulgencia. Es decir, cuatro meses de pecados perdonados. La ofrenda de Rivera terminó convirtiéndose en el mayor éxito de ventas de 1789.
La Asamblea del año XIII contrató a Rivera, el más prestigioso grabador de la época, para que crease un sello que la identificara. Juan de Dios no demoró en entregar el diseño que terminaría convirtiéndose en el Escudo argentino. Con las manos entrecruzadas, que significan unión; con el gorro frigio, que simboliza la libertad; con la pica de la que cuelga el gorro, que evoca la fuerza; y los laureles, que recrean la victoria. Cobró por su tarea 172 pesos.
Existen sospechas de que su obra fue copiada de uno de los dos bocetos de escudo que Antonio Isidro Castro, patriota chileno, enviara a pedido de Bernardino Rivadavia. Pero como nunca aparecieron esos papeles, la paternidad del Escudo aún sigue en duda. Lo que significa que hoy no sabemos si nuestro escudo nos lo creó un peruano o un chileno.
Pero lo que no puede discutirse es que Rivera, futuro suegro de una hermana de Rosas, no olvidó sus orígenes. Puede ser que el resto de la idea no haya sido de él, pero decidió que el trabajo encargado por la Asamblea debía tener sí o sí un sol. Ese sol inca que veneraron sus antepasados. Así, la más alta divinidad pagana del Perú hoy forma parte de uno de nuestros símbolos patrios.
Entusiasmada con el trabajo realizado por Rivera, el martes 13 de abril de 1813, la Asamblea resolvió acuñar monedas propias de plata y oro en Potosí. Con el Escudo, sin el sol, en la cara y con el sol en la ceca. Fue el nacimiento de nuestro dinero. Como vemos, el querido peso vio la luz el día menos indicado, desafiando la superstición que desaconseja encarar algún proyecto de importancia un martes 13. Aunque más no fuera por las dudas, ¿no se pudo esperar un día más para decretar el nacimiento de nuestra moneda?
"Espadas y corazones", de Daniel Balmaceda (Sudamericana)
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