La negativa del precandidato Daniel Scioli a prestarse a un debate, para el cual se había comprometido sosteniendo que su palabra valía más que su firma, no sólo acaba de demostrar el valor de su palabra sino también que el tan pregonado diálogo volverá a ser negado si llegase a ocupar el sillón de Rivadavia.
Echar mano al argumento de que hace falta la sanción de una ley que reglamente los debates presidenciales cuando en el Congreso de la Nación han sido sistemáticamente cajoneados por su partido diversos proyectos en tal sentido, es un contrasentido que nada tiene de pueril.
La negativa del candidato presidencial del FPV continúa el sesgo negador grabado a fuego por el kirchnerismo. No se trata de una orden kirchnerista acatada sino de un reflejo kirchnerista incorporado y asumido. En las redes sociales hemos visto críticas de toda laya: se dice que tiene miedo, que no tiene argumentos, que no resistiría media pregunta, que no debatir es un derecho adquirido de los que van primeros y hasta que la orden le ha venido de arriba. Personalmente, no creo en ninguno de todos estas elucubraciones. Me parece que la cuestión de fondo es un poco más pesada.
Con fe y esperanza, el FPV descree del diálogo; le resulta una minucia, le molesta. Sabedores de sus razones (equivocadas o no), prefieren imponerlas a como de lugar: con la ley de los números, con las leyes amañadas y con la justicia maniatada, colonizada o comprada. Lo único que importa es la voluntad del príncipe, lo único que interesa son sus intereses travestidos en interés nacional.
Esta identificación entre Estado, gobierno y persona perfila el peligroso continuismo de un autoritarismo que, detrás de las sonrisitas light, incluye en sus listas a personajes "heavys".
Como Carlos Menem, que en 1989 dejó "la silla vacía", y López Rega, el Frente para la Victoria entiende que "el silencio es salud" e impone como contrapartida complementaria un relato autorreferencial, inverosímil y contrario al sentido común.
Nos dicen que "la patria es el otro" y que tenemos menos pobres que Alemania mientras la relación que se entabla con el otro es vertical, clientelar y descendente, y a los pobres los esconde el INDEC.
Negarse a debatir es negar el progreso de la calidad institucional argentina. Es haber aprendido poco y nada en estos 32 años de democracia. Es seguir aferrados a la cachiporra y a la censura. Es avizorar una nueva época sin conferencias de prensa.
Los argentinos nos merecemos un salto hacia delante en vez de repicar siempre en el mismo lugar.
No se trata de un desplante a una ONG (Argentina Debate) que ha venido trabajando de manera seria y persistente desde hace más de un año y medio. Estamos frente a un destrato de dimensión nacional.
Quizá Scioli reflexione y se anime a hacer los que los otros cinco presidenciables y más de medio país le reclaman. Este silencio no se parece al silencio de los inocentes.