Los argentinos descreemos en su mayoría de la Justicia. Esto obedece a que las normas no se cumplen por igual. Si bien hay todo un andamiaje cultural que finge, "como si" se aplicara la ley, en realidad se simulan hasta principios y valores que, dada la práctica, estamos perdiendo como sociedad.
¿Qué se simula? Lo que es parecido, pero no real. Se finge democracia como pretexto para hacer valer mayorías automáticas y electoralistas, en desmedro del otro y como justificación a regímenes hegemónicos que invalidan el desarrollo responsable de una república para todos. Esta es la historia contemporánea y populista que nos asiste. Se dice que se combate a las corporaciones y al capitalismo salvaje, pero no se grava la renta financiera. El campo paga retenciones altísimas que, lejos de considerar si son o no procedentes, no alcanzan a la minería, área que delata una estafa despiadada al suelo, regalando con patente de corso los recursos naturales al mejor postor y al capital extranjero.
La simulación trae aparejada arbitrariedad, injusticia y corrupción: se es arbitrario cuando la excepción a la regla nos rige; se es injusto cuando la ley no es pareja para todos y se es corrupto toda vez que la Justicia no llegue a los funcionarios que malversan el erario o al empresariado amigo, que se asocia a los ilícitos privados y del Estado. Desde la Coalición Cívica, Elisa Carrió define lo que nos pasa como "anomia", falta de ley y de principios. Por eso, es fundamental que podamos iniciar una etapa de raigambre profundamente democrática basada en la construcción de la paz, la ciudadanía de derechos y obligaciones. Necesitamos imperiosamente de la ejemplaridad de la ley.
Los países que simulan legalidad y crecen al amparo de la impunidad y la inmunidad para robar son condenados a la permeabilidad del narcotráfico, propician la apertura de sus fronteras al contrabando, regulan la actividad económica y política a conveniencia del negociado de turno, construyen órganos de contralor que no controlan por igual y favorecen andamiajes jurídicos de supuesta legalidad para encubrir el atropello y la arbitrariedad del poder.
Se trata de proponer y aceptar que la lucha contra la matriz mafiosa es tarea de todos, de educar para el futuro con apego a la ley, y de asumirnos como república.
No podemos sumirnos como nación en la simulación. La experiencia de un modelo que falsea la realidad de pobreza económica y social redunda en carencia institucional. No se puede, desde el Estado, permitir la mentira y auspiciar la falsedad del Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec). Esto atenta contra la justicia social y nos convierte en simuladores. La corrupción y la pobreza no se tapan, se enfrentan.
No ahora, sino desde hace mucho tiempo, Elisa Carrió nos propone un contrato moral que debemos suscribir como sociedad. Un contrato institucional que propicia desde la ley la imprescriptibilidad de los delitos de corrupción cometidos por funcionarios públicos, donde se recupere lo robado y la ley sea norma para todos. Nos merecemos un país con desarrollo sustentable, que solo lograremos si dejamos de ser indiferentes ante la simulación en la que estamos inmersos. Cambiemos.
iClaudio Cingolani integra la conducción nacional de la Coalición Cívica, es candidato a diputado nacional por el frente Cambiemos, y secretario administrativo del bloque de diputados nacionales de la CC-ARI/i