Para la vida cotidiana de los argentinos, el 20 de noviembre es el último fin de semana largo del año. Aunque el momento sea propicio para hacer viajes relámpagos, el verdadero motivo de "esa efímera libertad", por lo general, se desconoce. Los historiadores coinciden en que el episodio comenzó a desarrollarse en las primeras horas de aquella mañana de 1845, en el lugar en que el río Paraná se estrecha en el recodo conocido como Vuelta de Obligado. Al comando de las tropas oficiales se encontraba Lucio Mansilla (cuñado del Restaurador Juan Manuel de Rosas) quien, con 220 artilleros, tres inmensas cadenas que atravesaban el Paraná y sólo veinte cañones vetustos, pretendía detener a la poderosa escuadra anglo/francesa, compuesta por soldados profesionales y un armamento que superaba ampliamente en cantidad y modernidad a los recursos de la defensa. El resultado era imposible que fuera otro: la contienda sólo duró horas hasta que, casi sin obstáculos, las fuerzas extranjeras desembarcaron y se apoderaron de las baterías criollas, cortaron las cadenas y lograron seguir avanzando hacia el norte Pese a que días después las damas correntinas los recibieran cómo héroes, el paisanaje no se dio por vencido. Desde la costa, los persiguieron y acecharon por las noches (y atacaron furtivamente en San Lorenzo). Pese a la pérdida de vidas (250 del lado argentino y 50 del anglo/francés), los extranjeros no lograron su cometido porque, días más tarde, abandonaron el bloqueo.
¿Cuáles eran los planes y objetivos del ejército invasor? Desde los tiempos de Rivadavia pretendían instalar el a href="http://www.infobae.com/temas/libre-comercio-a1863" rel="noopener noreferrer" libre comercio/a a pedido de banqueros, mercaderes y tratantes de Manchester y Liverpool (ejemplo de ello han sido las constantes gestiones de John Parish Robertson y su clan), fiel a los dictados de la corriente principal de la economía de ese entonces (la economía clásica de Adam Smith y David Ricardo, básicamente). En 1845 "se trataba de formar la liga: Francia, Inglaterra, Montevideo, Corrientes y Paraguay contra la Confederación Argentina" (Busaniche, 1975), mientras Felipe Arana, Canciller de Rosas, se preguntaba ¿Con qué título la Inglaterra y la Francia vienen a imponer restricciones al derecho eminente de la Confederación Argentina de reglamentar la navegación de sus ríos interiores? Obtuvo reivindicaciones la conciencia nacional y el carácter de Juan Manuel de Rosas desde vertientes diametralmente opuestas. El general San Martín y algunos de los acérrimos enemigos del Restaurador (como Juan Bautista Alberdi, exilado en Chile) destacaron la defensa. Ese 20 de noviembre, así como en otras fechas claves de la Argentina, el temple y los objetivos nacionales claros no vacilaron en defender la soberanía. Es por eso que a esa efeméride se la conoce como "Día de la Soberanía Nacional".
Unos 125 años más tarde, la noción de soberanía recibió sutiles y punzantes amenazas por el funcionamiento del mercado (desde comienzos de los setenta). La libertad recibió el espaldarazo de estructuras contractuales monitoreadas por tribunales globales. Con más intensidad que en otros momentos de la historia, los condicionamientos derivados del endeudamiento manipularon las políticas económicas y arrinconaron las garantías surgidas de la definición de soberanía. La repentina amnesia elevó desmedidamente el estatus social del mercado como institución y omitió las enseñanzas de Hobbes quien no dudaba en que "gracias al arte se crea ese gran Leviatán que llamamos República o Estado que no es sino un hombre artificial, aunque de mayor estatura y robustez que el natural para cuya protección y defensa fue instituido; y en el cual la soberanía es un alma artificial que da vida y movimiento al cuerpo entero" (Hobbes, 1651) y soslayó las de Rousseau, que enfatizaban en que "así como la naturaleza da a cada hombre un poder absoluto sobre todos sus miembros, así el pacto social da al cuerpo político un poder absoluto sobre todos los suyos, y este mismo poder es el que dirigido por la voluntad general, tiene el nombre de soberanía (Rousseau, 1762). Esta propiedad inherentemente social no puede ser violada por la simple acumulación de poderes individuales. Rousseau lo fundamentaba al afirmar que "no siendo la soberanía sino ejercicio de la voluntad general, jamás deberá enajenarse, y que el soberano, que no es más que un ser colectivo, no puede ser representado sino por él mismo: el poder se transmite, pero no la voluntad" (Rousseau, Op. Cit.)
De todo lo anterior se desprende que el conflicto actual entre los países con el "buitre" no se lo puede catalogar como una desprolijidad de política económica (secuencias de deficit fiscal y endeudamiento público) sino mediante aspectos que no se reconocen y sobre los cuales dirimen controversias especialistas en contratos (como Griesa, entre otros) sin tener en cuenta matices asociados con la historia y la noción de soberanía de los países. Agrava aún más el debate porque las personalidades influyentes (contrarios a la intervención del Estado en la economía, por lo general), desde el comienzo reconocen a estos individuos como inversores benevolentes que, supuestamente, con sus cuentas fiscales ordenadas y declaradas en países alejados del oscurantismo provisto por los paraísos fiscales, sólo intentan arbitrar posiciones financieras en el margen para asegurarse el bienestar de sus familias. Quienes cometen estas atrocidades verbales, exhortan que "debemos sentarnos ante Griesa y hacer todo lo que él nos diga" o cuestionan sin argumento "el Gobierno debió hacerles propuestas diferentes a quienes no aceptaron los canjes" (sin contemplar los alcances de la cláusula RUFO). Otros, incluso, olvidan que estuvieron comprometidos con la gestión de la deuda y las irregularidades de 2001, aunque, con frescura irreverente y sin argumento suficiente, acusan incisivamente a la política económica.
Las calificadoras de riesgo soberano constituyen un capítulo aparte en esta contienda. Es una pérdida de tiempo procurar encontrar contribuciones en sus "informes técnicos", diseñados con claros tintes procíclicos. Esto se pudo constatar cuando, primero, le rebajaron la calificación a la deuda argentina apenas se supo que la Suprema Corte de los Estados Unidos no aceptaría el caso (téngase en cuenta que estas agencias deben anticipar efectos, no agravarlos); segundo, en el momento en que sostuvieron que el país no conseguirá préstamos del exterior y, tercero, cuando no impidieron la difusión de argumentos falaces de sus funcionarios en los medios. Resulta engorroso que estos mecanismos sutiles de persuasión sean aplaudidos y perseveren en su intención de mellar la confianza y la solidez de los mercados de crédito. La postura de los países que entienden de estas amenazas, reunidos recientemente en la cumbre del G77 más China, declararon: "Los gobiernos deberían limitar su dependencia normativa de las agencias de calificación crediticia y reformar sus regímenes jurídicos para responsabilizar a esas agencias por el comportamiento negligente, a fin de eliminar los conflictos de intereses y asegurar la integridad, rendición de cuentas y transparencia".
Es indudable la necesidad de aceleradas dosis de reflexión sincera. La soberanía no debe estar expuesta a los antojos del mercado (y sus agentes), menos aún a las banalidades de los técnicos que presagian cataclismos a partir de "la nada misma". Es necesario que se incorporen sólidos elementos a la gobernanza con el objetivo preciso e ineludible de establecer límites institucionales, del mismo modo que, infructuosamente, lo hicieron las cadenas que atravesaban el río Paraná en aquella mañana de 1845.
Gustavo Perilli es economista, socio ena href="http://www.amfeconomia.com/" rel="noopener noreferrer" AMF Economía/a y profesor de la UBA