Es una larga tradición populista que se vive desde hace décadas en toda la región. La férrea estructura presidencialista permite esos homenajes egocéntricos que se repiten en cada uno de los países de la región: monumento que se inaugura, escuela que se construye, plaza que se levanta lleva una placa en agradecimiento al "gesto patriótico" del presidente en funciones.
La figura del presidente como el hombre todopoderoso, mesiánico, que resuelve los problemas de manera mágica, aparece, así, en todos lados. Su retrato y la de su familia, también. Oficinas públicas, escuelas, y hasta hospitales, cuentan con cuadros de sus "líderes".
La historia puede contarse en todas las naciones de América Latina: Venezuela, la Argentina, Brasil, Colombia, Ecuador, Uruguay, Paraguay, Chile... todos mantienen esta tradición, más cercana al culto personalista que a una expresión genuina. Pero, en rigor de verdad, la tradición no nació en la región, sino que se puede observar en figuras nefastas del siglo XX como Joseph Stalin, Adolf Hitler o Benito Mussolini, por citar sólo algunos.
Tampoco el culto se repite sólo a niveles presidenciales. También se palpa en provincias y municipios, donde las autoridades locales hacen lo posible para que sus nombres queden impresos para la posteridad. De esta forma aseguran perpetuarse en la historia.
Sin embargo, en Costa Rica, un jefe de Estado resolvió terminar con esta tradición. Luis Guillermo Solís no quiere ver su nombre en placas inaugurales de las obras que desarrolla su gobierno ni su retrato colgado en las oficinas públicas.
Un decreto que firmó este miércoles prohíbe que su nombre esté en las placas de puentes, carreteras o edificios que inaugure.
"Eliminaremos las placas con nombre en toda obra pública en mi gobierno, porque las obras son del país y no de un gobierno o un funcionario en particular", expresó Solís en conferencia de prensa tras una sesión del Consejo de Gobierno en que firmó el decreto.
Solís fue electo en abril con una votación histórica, tras una campaña en la que prometió transparencia y la eliminación de los gastos superfluos.
El decreto marca un cambio en la tradición de gobiernos anteriores de Costa Rica, pero también de la región, en los que cualquier obra, por menor que sea, llevaba una placa con los apellidos del presidente de turno.
La decisión también impide que su retrato esté colgado en las dependencias públicas costarricenses, como suele ocurrir en muchos otros países del mundo.
"El culto a la imagen del presidente se acabó, por lo menos en mi Gobierno", expresó el mandatario.
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