Un cura dijo que debió "exiliarse" dos años en Santiago del Estero por amenazas de narcotraficantes

"Corría peligro la gente que trabajaba conmigo", dijo el padre Pepe, el sacerdote villero por cuya situación el entonces cardenal Bergoglio hizo una dura denuncia

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Télam
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El sacerdote José María Di Paola, conocido como "padre Pepe", reconoció que su estadía de dos años en la localidad de Campo Gallo, provincia de Santiago del Estero, se debió a las severas amenazas que recibió en el año 2009, dirigidas a su propia persona y al equipo que trabajaba con él en la Villa 21 del barrio porteño de Barracas.

"Tuve que exiliarme en Santiago del Estero porque corría peligro la gente que trabajaba conmigo. Fue un momento difícil porque estaba muy ligado a la Villa 21. Me amenazaron en 2009 y me quedé hasta 2010, después me tuve que ir", aseveró.

La denuncia de Bergoglio

El 22 de abril de 2009 el cardenal Jorge Bergoglio impactó a la sociedad argentina al denunciar, aunque en un primer momento sin revelar la identidad, que un sacerdote que trabajaba en ese momento en las villas porteñas había sido "amenazado" tras suscribir un documento en el que advertía que la droga "está despenalizada de hecho", sin que las autoridades hicieran nada por los adolescentes y jóvenes que tienen "veneno en sus manos".

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La dura denuncia sirvió también para dar a conocer a la sociedad argentina la existencia de una pastoral villera impulsada y sostenida por el cardenal Jorge Bergoglio desde su llegada a la diócesis de Buenos Aires, conformada por un grupo de jóvenes sacerdotes que vivían en grupos de dos o tres en los diferentes asentamientos precarios de la Capital.

"Estas amenazas no son 'chaucha y palito', porque no sabemos en qué pueden terminar", dijo en ese momento el hoy papa Francisco, apelando a sus habituales giros coloquiales, durante una misa frente a la Plaza de Mayo. Y a continuación señaló que la intimidación provenía de narcotraficantes, a los que llamó "poderosos mercaderes de las tinieblas".

Más tarde, la Curia porteña confirmó que el sacerdote amenazado era José María Di Paola, párroco en la villa de Barracas desde marzo de 1997.

La denuncia fue confirmada en sede policial, pero minimizada por el entonces ministro de Justicia, Aníbal Fernández, para quien esas amenazas eran "casi un gaje del oficio" de quienes luchan contra los narcotraficantes.

Poco después, en octubre del mismo año, la Iglesia reveló que el cura villero había recibido una nueva amenaza a modo de ultimátum. Preocupado, Jorge Bergoglio optó en ese momento por enviar al sacerdote –en una suerte de exilio interior– a continuar su tarea pastoral en Santiago del Estero.

El regreso

A su regreso a Buenos Aires, Di Paola no volvió a instalarse en la Villa 21, pero sigue siendo parte de la Pastoral Villera y ahora trabaja en otro asentamiento en la diócesis San Martín, provincia de Buenos Aries.

Tampoco ha abandonado su lucha contra la droga. Justamente, hizo estas revelaciones durante un viaje a Salta, donde se inauguró un centro de recuperación de adicciones.

El sacerdote admitió que se fue a Santiago del Estero en busca de refugio, luego de que lo amenazaran de muerte, porque la situación se había vuelto insostenible. Dos años después regresó cerca de sus afectos.

"Lo bueno fue volver y ver la cantidad de logros que había –afirmó–. Eso me puso feliz y me di cuenta de que mi partida no había sido en vano. Me fui dos años a Santiago del Estero, hice una experiencia trabajando con maestros rurales y vi una Argentina diferente a la que conocía".

En referencia a esta experiencia en Santiago del Estero, agregó que "el interior cuenta con un capital humano que hay que aprovecharlo". "Las relaciones son más cercanas y ello permite un trabajo coordinado entre municipios, asociaciones y credos. En su opinión, el interior tiene más posibilidades de reaccionar frente al consumo de drogas.