Cambio de década: por qué entramos en crisis

Por alguna razón, tanto para hombres como mujeres no suelen pasar inadvertidos los cumpleaños de "números redondos". Los 30, los 40 y cada vez más los 20, son motivo de, al menos, un balance. Qué les preocupa a ellos y a ellas  

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Suele ocurrir que los números redondos -aquellos que nos marcan un cambio de década- traigan consigo algunos interrogantes, miradas retrospectivas que no siempre llegan a ser crisis, pero que no pasan inadvertidas. En particular los 40, cargaron con el peso del término crisis. ¿Si actualmente se pospuso más allá de esa edad? Es constatable que hay una prolongación de ciertos momentos vitales que quizá incida en que ahora aparezca un poco más tarde, siempre teniendo en cuenta que nunca es igual en todos los casos.

Sospecho que antes se pretendían algunos logros para determinadas edades y ahora esos mismos mojones se fueron desplazando, por ejemplo, la llegada de los hijos. Hay una aceptación social para una madre primeriza a los 40; se asume que hasta ese momento la mujer pudo estar más concentrada en una carrera profesional, o también en establecerse en una relación de pareja. Hay un permiso para probar, cambiar, degustar, separarse, intentar experiencias que antes no se concebía, y todo eso lleva más tiempo. De manera que alguien de 40 años puede estar muy entretenido en llevar adelante cosas que en otra época se tenían por consolidadas a esa altura de la vida.

Las crisis de cambio de década se dan tanto en hombres como mujeres. La diferencia es por un lado el famoso "reloj biológico" que presiona a la mujer respecto a la maternidad y no tanto al hombre, que puede tomarse aún más tiempo y además no necesariamente tener el deseo de ser padre.

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Sin embargo, en el campo profesional daría la impresión de que los tiempos, al contrario, se acortaron. Ahora a los 40 hay posiciones para las que ya pasó el cuarto de hora, y se consideran descartables quienes han logrado acumular experiencia y trayectoria en alguna especialidad. De modo que a veces las crisis se adelantan en esos casos, bastante extendidos.

Consultada por Infobae, la licenciada en Psicología Lila Isacovich (MN 7320) aclaró que "cada cambio de década tiene preocupaciones específicas y también son diferentes en hombres y mujeres".

"En los 20 está todo por hacer y los mandatos y exigencias son fuertes, ya que se espera que en esa década se resuelvan cuestiones muy importantes para el resto de la vida: elección profesional o laboral, de pareja, de elección sexual, de pertenencia a un grupo social, de autonomía respecto a los padres. Podría decirse que entre los 20 y los 30 se tienen que cumplir con pautas a veces muy difíciles de alcanzar", explicó la directora del área asistencial de la Fundación Buenos Aires, para quien "si quedan pendientes esos aspectos al llegar a los 30, muchos empiezan a preocuparse".

Desde el punto de vista laboral, por ejemplo, para muchas posiciones se busca gente más joven, incluso aunque no hayan tenido tiempo para acumular experiencia. A las mujeres les comienza a inquietar su futuro maternal si es que no lograron armar una pareja estable. Algo que a los hombres les preocupa menos en cuanto a la edad porque no los corre el "reloj biológico".

Tras asegurar que "se supone que la década de los 30 es de concreción de algunos de esos proyectos: ocupacional, familiar y social", Isacovich resaltó que "si alguien se siente muy en pañales en alguno de esos aspectos, es probable que no tenga ganas de asumir el cambio de década y se complique ese pasaje".

"Las mujeres de más de treinta suelen volverse más demandantes respecto de sus ocasionales partenaires si no logran consumar una relación de pareja con la perspectiva de formar una familia. Algo bastante generalizado en la actualidad. Se escuchan repetidas quejas en torno a lo difícil que les resulta encontrar un hombre que comparta ese ideal. Lo curioso es que muchos hombres se quejan de lo mismo", reflexionó y se preguntó por las causas de ese "desencuentro", que parece ser el signo de la época: ellas dicen que los hombres no se comprometen y ellos que las mujeres no se quieren casar.

No hay duda que se prolongó la adolescencia, en el sentido que está permitido probar: cambiar de carreras, de parejas, de lugar de residencia... todo puede cambiarse con facilidad, algo que posterga las definiciones.

Muchas veces por eso se llega a los 40 sin haber definido estos aspectos y allí sobreviene la famosa "crisis de los 40". Quizá su fama provenga de la inflexión, del giro que implica. Se dice que la vida te da todo el crédito que quieras, pero después, inexorablemente, te lo cobra. Y más de una vez con intereses.

A pesar de todas estas consideraciones, sin embargo, insistimos en mirar desde otra perspectiva al sujeto: su libertad consiste justamente en despegarse de los modelos establecidos y ejercer ese margen de elección posible según su deseo. Eso es posible, siempre y cuando se esté dispuesto a pagar el precio, es decir, a perder otras opciones y a responsabilizarse por lo hecho o por lo pendiente.

"El camino no está trazado; es sinuoso e incierto, esas son las condiciones para todos. Muchas veces no se trata de decisiones 'conscientes', ni siquiera fueron tomadas. Y sin embargo, nos llevaron hasta donde estamos, de manera que no hay otra posibilidad más que la de asumir lo actuado aunque no nos hayamos sentido artífices de nuestras vidas", destacó Isacovich.

Seguramente para muchos los 30, los 40 o los 50 no representen momentos críticos si consideran que todo marchó bien, si están contentos con la vida que llevan, si las cosas se dieron más o menos dentro de lo esperable. Y para otros sea lo contrario: el tiempo se les vino encima y los sorprendió con todo por hacer o arrepentidos de lo hecho, insatisfechos en algunos o en muchos aspectos. Como en todas las "crisis", proceder con uno al modo de un libro contable -como lo hace el mercado- con el debe y el haber, nos lleva a lo peor: considerarnos a nosotros mismos como el resultado de esa operación de sustracción. Es decir, un resto, la diferencia entre un valor y otro. Ahí ya no cuenta tanto si el número es positivo o negativo, sino el hecho de hacernos objeto de ese cálculo y apreciarnos según ese resultado. Así, dejamos de lado o directamente anulamos nuestro deseo y sus avatares siempre zigzagueantes y por eso mismo tentadores.

No es raro enterarse de que hasta los más jóvenes -chicos de entre 10 y 20 años- tampoco quieran cumplir años y no deseen crecer, incluso porque piensan que la edad que tienen es la mejor y van a perder sus beneficios o temen asumir otras responsabilidades. Si hasta los niños saben muy bien que el paso del tiempo conduce inexorablemente a la muerte, cómo suponer que tanto a jóvenes, adultos o personas mayores el cambiar de década no los confronte con la angustia por la finitud, y no sólo la propia, sino la del otro, que a veces es aún más traumática.

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