¿Disfruta un niño de una salida de noche a comer afuera? ¿Disfrutan los padres? ¿Cuánto tiempo puede estar tranquilo en esa situación? ¿Qué pasa con los otros comensales? Desde ya que contener a un chico durante las tres horas que puede durar una velada en un restaurante no es sencillo: hay que esperar la comida, la conversación entre adultos puede aburrirlos y, si empiezan los berrinches, la incomodidad de los demás y la propia va in crescendo. Pero, la salida a comer afuera puede ser también la ocasión de verse y charlar más, entre padres e hijos, de lo que se lo hace en la casa.
Fueron muchísimos los lectores que respondieron a la consulta de Infobae, ya que se trata de una experiencia por la cual todo el mundo ha pasado alguna vez –como padres o como comensales- y que es cada vez más frecuente.
Las opiniones estuvieron muy divididas: desde quienes respondieron categóricamente que no, hasta los que desafiaron al que no le guste, a que se cambie de mesa o de restaurante. En el medio, muchos dijeron que depende del niño, de los padres (cómo lo educaron), del lugar (si está preparado para recibir a menores), etc.
"No está bien llevarlos)", escribió uno y enseguida se armó el contrapunto:
"Por qué no, ¿cuál es el problema? mi papá salía del trabajo a las 21 hs, y a veces íbamos a buscarlo y de paso a comer, los momentos compartidos en familia no tienen precio, falleció cuando yo era chica, es de los pocos recuerdos que conservo de él";
"Si tengo un bb y quiero ir a comer afuera qué voy hacer?? obvio que lo tengo que llevar... si alguien le jode, que se vaya de al lado de mi mesa o del resto y listo....";
"Si son bebes que no pueden aun ni estar parados está mal...como en el cine, no entiendo como hay gente que va al cine con su bebe";
"Está bien, siempre y cuando no molesten a los demás; lo he hecho siempre con mis hijas";
"Hay que pensar siempre en los otros: los niños molestan porque no es un lugar adecuado para ellos";
"Todos fuimos chiquitos, y nos encantaba ir, por qué dejar a los chicos de lado, al que no le guste que se siente en otro lado";
"¿O sea q los niños se ponen inquietos y lloran, lloran y la gente se tiene q 'fumar' todo esto cenando en un restaurante?";
"Sí, me parece perfecto, existen lugares con peloteros, por otro lado depende del niño, yo siempre lleve a mis hijas a comer y jamás molestaron!!!";
"Me irritan esos 'padres' que se desentienden de los chicos y los dejan correr y gritar como si estuvieran en una fiesta privada";
La opinión de los especialistas
Una división similar se dio entre los profesionales consultados. Esto fue lo que dijeron:
Sara Zusman de Arbiser, médica psicoanalista, especialista en niños, adolescentes y familia, miembro de APA
Depende de la edad. Los bebés no están bien fuera de la casa, salvo que justo estén durmiendo, pero un restaurante, por el ruido y la luz, no es el mejor sitio para eso. La mayor parte de las veces terminamos viendo a la madre paseando al bebé en brazos o, si es un chico de uno o dos años, corriendo por todo el restaurante.
El chico no disfruta en la mesa como el adulto, charlando. Que el programa para él sea sólo ir a comer al restaurante, sobre todo a altas horas de la noche, no estoy de acuerdo. En un lugar clásico, sentados a la mesa, con suerte durarán media hora. Los padres terminan peleando con los chicos, éstos piden algo y luego no lo comen, porque no es lo que esperaban o no es como lo hacen en la casa… Terminan todos enojados, no es programa para chicos.
A partir de los 9 ó 10 años, según el caso, puede funcionar, pero igualmente no debieran salir a altas horas de la noche, especialmente en época de clases. En vacaciones, el chico puede salir un poco más tarde, ir por ejemplo a una casa de familiares, a un cumpleaños o casamiento, donde pueda encontrarse con primos o amigos. En una casa las cosas son diferentes.
Para el chico, la comida es un trámite rápido, no puede hacer sobremesa, no disfruta de eso. El restaurante es un lugar complicado para él, quiere jugar, correr. Si la madre no lo deja, se enoja, si lo deja, molesta a los demás. Termina siendo una tortura para ambos y para los que están alrededor.
Una opción puede ser ir a un restaurante con pelotero o a un self service, donde se pueden mover más libremente y donde no hay que esperar por la comida. Eso, si necesariamente tienen que salir a comer, porque ahora hay muchas otras opciones, como pedir comida, por ejemplo.
En Estados Unidos, la mayoría de los restaurantes les dan papel y lápices de colores para que se entretengan, pero allá se cena temprano, tipo 18 horas, es un horario más llevadero.
Felisa Lambersky de Widder, médica Pediatra y Psicoanalista - Especialista en niños y adolescentes
La dinámica de la familia ha cambiado a lo largo de los últimos años. Es importante que los niños compartan más espacios con los padres, ya que es poco el tiempo que en general les pueden dedicar dado el ritmo de vida actual y el tiempo que el niño, además del colegio, dedica a realizar actividades extra escolares que suelen llenar la agenda semanal.
Hoy se tiende a llevarlos de viaje, siempre que haya posibilidades económicas, a llevarlos a un restaurante y compartir cenas con los padres, amigos de los padres y otros niños, o concurrir con ellos a casa de amigos.
También hay más dificultades para dejarlos con otras personas confiables, las mucamas no siempre están y una gran mayoría de abuelos hoy en día tiene su trabajo u otras actividades y están menos dispuestos a cuidarlos, no por falta de apego, sino porque también tienen su vida social.
Alterar a veces la rutina no es un problema si no se hace con mucha frecuencia y si al día siguiente no hay obligaciones escolares. Es muy bueno que la familia pase agradables momentos todos juntos y hablar con los niños de las cuestiones de ellos y a veces también contar lo que hacen los padres. Esto fomenta el diálogo.
Debido a esta situación, hoy son muchos los restaurantes que incluyen un lugar con juegos para chicos, a veces con animadores o cuidadoras, otros sin este personal especializado, pero con juegos electrónicos, juguetes, o algunos elementos de plaza "blanda" para los más chicos; en otras ocasiones suele haber magos u otros personajes familiares y divertidos para el niño.
Si existe la posibilidad de optar, se le puede preguntar al niño qué quiere hacer, pero en general eligen salir con los padres. Todo esto crea algunos inconvenientes, como que se cansan, se duermen y habrá que tolerar su condición de niños y no esperar de ellos conductas de adultos
Ana Rozenbaum de Schvartzman
Médica Psicoanalista - Especialista en Psicoanálisis de Niños y Adolescentes (A.P.A. e I.P.A.) - Coordinadora del Equipo Interdisciplinario de Prevención del Servicio de Pediatría del Hospital Rivadavia
Es inevitable que algunas de las novedades alentadas por la cultura actual nos preocupen. Hay quienes se preguntan si se trata de novedosas experiencias placenteras, o más bien de una nueva forma de tortura para todo el grupo familiar.
En ese sentido, mi mirada es benevolente hacia esos cambios, con los cuales debemos ser cautos, mas no apocalípticos. Por lo cual considero que no habría ningún inconveniente, todo lo contrario, para que los padres cenen con los hijos, ya sea en su propia casa o "a veces", en restaurantes, más aún, estos últimos pueden llegar a aportar ciertas ventajas.
- Son lugares que se constituyen en una oportunidad privilegiada para dialogar entre todos, ya que sabemos que en muchos hogares impera la ley del silencio, que no debe ser violada a través de preguntas o comentarios a la hora de cenar mirando televisión, y entonces la comunicación familiar se vuelve imposible.
- Son lugares donde cada uno puede acceder a comer lo que más le gusta, lo cual evita muchos conflictos.
- Son lugares donde los niños permanecen sentados a la mesa durante casi todo el tiempo que lleva la cena, cuestión que no siempre ocurre en la casa.
- Son lugares donde el encuentro con la distracción y la diversión hallan espacio y legitimación, y constituyen para un niño una aventura con posibilidades de satisfacer curiosidades.
De todos modos, no es cuestión de dejarse envolver por tantos sortilegios y parece saludable alertar sobre ciertos riesgos, para que la experiencia resulte positiva.
Reconozcamos que a muchos padres les produce cierta angustia la sensación de no saber de qué hablar con sus hijos, que tienen dificultades para generar y facilitar un clima de confianza y conversaciones compartidas, como también de tolerar en lugares públicos ciertas torpezas normales en los niños, a la hora de comer.
Entonces, se podría afirmar que, si se pueden superar estas cuestiones, el buen o mal tránsito por estas nuevas costumbres, depende fundamentalmente de la situación socio-familiar, de la educación que reciben los hijos, y de las disposiciones psicológicas del momento de cada uno de los miembros del grupo familiar.