Raúl Donadío era uno de esos jueces de menores que no se escudan en los vericuetos de la ley ni suman su desidia a los procesos de adopción, de por sí largos y engorrosos. No se trataba de saltear ningún procedimiento, ni de torcer la ley, sino de evitar ese cóctel de indiferencia y burocracia que deja a miles de niños "institucionalizados" y a otros tantos matrimonios frustrados por no poder darles amor y cuidado.
Eran los años 80, cuando lo conocí, pero no lo volví a ver desde entonces. Salvo las canas, no luce muy cambiado en la fotografía que los diarios publicaron al informar que, el sábado 19, fue asesinado frente a sus hijos, en Glew, por delincuentes que se metieron en su casa y le dispararon al pecho. Tenía 62 años y ya se había retirado de su cargo al frente del Juzgado de Menores nº1 de Lomas de Zamora.
A Donadío lo conocí. Y pregunto: ¿queda en este país alguien que no haya conocido más o menos directamente a una víctima fatal de la delincuencia? Vivimos una tragedia en cuentagotas. Todos los días, un argentino pierde la vida por este flagelo. Que lo conozcamos sólo determina el grado de nuestro dolor, pero no debería hacer falta haberlos tratado para experimentar la dimensión del drama que nos aqueja.
Para saber cómo es realmente un país, no hay que mirar las estadísticas de la economía sino la sección Policiales. Ahí está el verdadero retrato de la clase de sociedad que somos. Una en la cual la vida no vale nada.
No faltan los que con cinismo aseguran que la Argentina tiene un índice de homicidios por habitantes mucho menor que el de otros países del continente. Pero no es con otras naciones que debemos compararnos sino con nosotros mismos. En los años 80, Buenos Aires y el Conurbano eran una de las megalópolis más seguras del mundo. Ahora bien, la progresiva y aparentemente indetenible inoculación de la droga, la circulación de armas sin control y, sobre todo, la inoperancia y el desinterés estatal han minado las bases de nuestra convivencia.
Raúl Donadío –como tantos otros– merecía descansar después de tantos años de trabajo y servicio. Envejecer junto a su familia, gozar de la vida, seguir haciendo el bien. No podrá ser. Pero a nadie parece importarle. Nadie hará nada. En vano será el llanto de su familia como en vano ha sido el llanto de tantas otras; en vano el anhelo generoso mil veces expresado de "que esto sirva para que no les pase lo mismo a otros"; en vano los reclamos.
Y aun si se atrapa a los responsables, ¿se habrá hecho justicia? La vida de un argentino se ha perdido irremediablemente, pero esto no era inevitable. Era una tragedia anunciada. Donadío, nuevamente como tantos otros, había sido ya varias veces víctima de la inseguridad. Como él, todos los argentinos estamos indefensos ante este azote. Como si fuese una fatalidad.
Porque hay políticos a los que sólo les importan los muertos que pueden utilizar políticamente. Porque no están en política por amor a la gente. Y maldita sea la política si no sirve para cuidar la vida.
Yo no tengo ninguna pregunta para los politiqueros porque de ellos no se puede esperar nada. Pero sí pregunto a todos: ¿hasta cuándo se tolerará esto sin reaccionar?
(*) Claudia Peiró es periodista y licenciada en Historia