La concentración de poder en una sola figura sulfura a más de uno en Túnez. El recuerdo de un Zine El Abidine Ben Alí todo poderoso resulta una excusa más que seductora para los islamistas que no cesan de pregonar su opción por un régimen parlamentario similar al vigente en Turquía. Sin embargo, lo que se esconde detrás de esta preferencia no necesariamente es la vocación de pluralismo.
Los tunecinos estrenaron su democracia eligiendo en octubre pasado a 217 representantes que deben redactar una nueva Constitución en el plazo de un año. El vencedor partido islamista Ennahda se inclina lógicamente por un sistema que le permitiría triunfar con cierta holgura en elecciones legislativas sin tener que esforzarse por conseguir un 50% de sufragios en una presidencial.
De todas formas, el gran dilema de la nueva Constitución es la conciliación entre islamistas y seculares. ¿Se incluirá la sharia (ley islámica) en la nueva Carta Magna?
Tras la independencia de Francia, el entonces presidente Habib Bourguiba hizo redactar la Constitución de 1959 en la que se incluyó al Islam como la religión del país: "Túnez es un Estado libre, independiente y soberano, su religión es el Islam, su lengua el árabe y su régimen es la República". Sin embargo, lo que realmente se materializó fue la fractura entre dos corrientes ideológicas: el Túnez tradicional, islámico, confinado a La Zitouna (la gran mezquita local); y la Túnez secular, heredera de la cultura francófona.
Exponente de ésta úlitma, Bourguiba puso en marcha su visión de la identidad tunecina. Impuso su fascinación por Occidente, la integración a la francofonía y la desvalorización de la cultura árabe-musulmana. Así, la Sorbona ganó terreno sobre la Zitouna. El secularismo que garantizó, por ejemplo, los derechos de las mujeres (en Túnez está prohibida la poligamia, existe el divorcio unilateral, etc.), también se expresó en persecución religiosa.
Tras la caída de Ben Alí en enero de 2011, estas dos corrientes vuelven a contraponerse en la redacción de una nueva Constitución. El ascenso al poder del partido islamista Ennahda se entiende por la desaparición de los partidos políticos en las últimas seis décadas. La exclusión de los islamistas de la política formal los arrojó al interior de las mezquitas. Desde allí lograron consolidar una base social que les garantizó el piso electoral superior al 40% de los sufragios. El mero hecho de estar organizados supuso una ventaja por sobre los demás partidos políticos que lograron presentarse a las elecciones de octubre de 2011.
Los islamistas llegan con sus ayudas a grandes sectores de una sociedad empobrecida, y eso se traduce en sufragios. El fenómeno se da a pesar de que ese sector no comandó la revolución. Este modelo de alcance religioso se replica en otros países de la Primavera Árabe, como en Egipto donde también triunfaron los islamistas.
La discusión está abierta. Ennahda, aunque asegura lo contrario, aún podría sucumbir a la tentación de imponer la sharia en la nueva Carta Magna. Sus detractores ya hablan de una agenda oculta que echaría por tierra las promesas de moderación que predicaron durante la campaña electoral. La elección de un presidente laico también es ampliamente criticada por los seculares, que dudan de su poder real. Imponer la ley del Islam como base jurídica de esta nueva Túnez, sin lograr consenso, supondría el triunfo-o venganza- de la Túnez de la Zitouna, relegada tras la independencia de Francia. Lejos quedaría la reconciliación nacional.