Absurdo: quieren llamar "Catalina" a la futura princesa Kate Middleton

La Fundación del Español Urgente sostiene que lo correcto es castellanizar el nombre británico de la prometida de William de Inglaterra

A través de un comunicado muy formal, la Fundación del Español Urgente (Fundeu BBVA) avisa que, una vez que Kate se haya casado con el primogénito de Lady Di y el príncipe Carlos, habrá que españolizar su nombre: "Con motivo del próximo enlace (real) se plantea la duda de si debe mantenerse el nombre de la futura miembro de la familia real en inglés o traducirlo", dicen los sabios de la Fundeu, convencidos, quizá, de que el resto de los mortales dedica horas de cavilaciones a las cosas que les quitan el sueño a ellos.

El carácter de "urgente" dado a esta recomendación seguramente se debe a que se trata de un asunto de Estado que no admite dilación.

"Una cuestión es que los medios de comunicación traten a la prometida del príncipe Guillermo como Kate, hipocorístico (sic)* de Catherine, concede generosamente la Fundeu. Pero –agrega luego– "oficialmente en español, tras su matrimonio, y siguiendo la costumbre en nuestro idioma de traducir los nombres de los miembros de las familias reales europeas, será el de Catalina".

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En apoyo a su decisión, la Fundación apela al caso de la fallecida Diana Spencer, también conocida en los medios como "Lady Di" (hipocorísticamente...) y a otros antecedentes ilustres como los de los nombres de miembros de la familia real que se empeñan en traducir siempre al español: Beatriz de Holanda, Margarita de Dinamarca, Carlos de Inglaterra, Alberto de Mónaco, etc. Menos mal que la argentina Máxima de Holanda les ahorró el trabajo de traducción.

"En el caso de Catalina -remata el comunicado de la Fundeu-, existen, además, los antecedentes de las tres mujeres de Enrique VIII que llevaban este nombre".

Queda la duda de por qué la recomendación sólo se aplica una vez que la joven haya dado el sí. Salvo que existan unas normas lingüísticas para la aristocracia y la realeza y otras para los plebeyos. Desde que los jacobinos cortaron la cabeza de Luis XVI, la humanidad viene luchando por poner fin a los privilegios de cuna.

¿Por qué no puede Catherine Ashton, por ejemplo, la responsable de la política exterior de la Unión Europea, británica como Kate, ser también Catalina como ella? Porque no desposó a un príncipe sería la respuesta apropiada, siguiendo los criterios de los académicos que asesoran a la Fundeu.

Cabe aclarar que esta fundación es una asociación no oficial, surgida de un acuerdo entre la Agencia EFE y el Banco Bilbao Vizcaya (BBVA), cuyo objetivo declarado es "impulsar el buen uso del idioma español en los medios de comunicación, cuya influencia en el desarrollo de nuestra lengua es cada vez mayor". Muy loable. Y necesario, sin duda. También se puede coincidir fácilmente con la finalidad de "evitar la dispersión y empobrecimiento (del idioma) y la invasión indiscriminada de extranjerismos innecesarios o neologismos superfluos".

Pero esta última recomendación principesca parece estar a tono con algunas de las recientes decisiones de la Real Academia Española y de la Asociación de Academias del Idioma Español, resultado de una fiebre por uniformizar al extremo, y arbitrariamente, los usos del castellano. Deberían tranquilizarse. Por tratarse de la segunda lengua vehicular del mundo, hablada en una veintena de países de diferentes continentes, el español es un idioma extremadamente uniforme en su sintaxis, como bien lo explica el propio secretario general de la Asociación de Academias de la Lengua Española, Humberto López Morales, en su apasionante libro La andadura del español por el mundo (2010, Santillana).

Algunas disposiciones contenidas en la nueva Ortografía recientemente lanzada por la RAE y academias asociadas empañan por el absurdo la seriedad de un trabajo que insumió once años. Y son fruto de la misma tendencia absolutizante: por caso, la pretensión de españolizar la grafía de palabras tales como Qatar (Catar) o quórum (cuórum), sin la menor consideración por la etimología o la toponimia. Ni hablar del hábito del lector que desconoce estas nuevas siluetas raras para palabras que le son, sin embargo, familiares.

Es sólo un ejemplo de disposiciones de escasa utilidad que han despertado polémica y objeciones a lo largo y ancho del mundo hispanohablante.

(*) hipocorístico, ca

Adj. Forma abreviada de un nombre usada como apelativo cariñoso, familiar o eufemístico: "Pepe" es el hipocorístico de "José".

(Diccionario de la lengua española Espasa-Calpe).

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