Dice Rolando Villazón (Ciudad de México, 1972) que la vida ha sido grata con él y para explicarlo usa la palabra luz; varias veces el tenor mexicano que triunfa en Europa echa mano de ese término para hablar de su rutilante carrera en la música, así como de su vida, que se percibe fascinante, entre aviones y conciertos en los mejores teatros de ópera en el mundo.
Lejos del runrún que sus acciones despiertan en el Viejo Continente, donde resulta toda una figura de enorme peso mediático (ver más sobre su trayectoria al final de la entrevista), Rolando Villazón ha enfrentado este año uno de los compromisos más emotivos de su carrera artística: regresar a su país natal para ofrecer conciertos no centrados en la lírica ni en la ópera, sino en el cancionero mexicano más tradicional y popular. En el marco de este recorrido, dialogó en exclusiva con Infobae América.
Canciones paradigmáticas y metidas de lleno en la memoria colectiva, por caso Noche de ronda, El reloj, Solamente una vez y Besos robados, entre otras, dieron sustancia a un repertorio de cámara que, con motivo del Bicentenario de la Revolución Mexicana, inició su gira 2010.
Sus versiones de Efraín Oscher, Gonzalo Grau y Daniel Catán intentan unir "lo antiguo y lo moderno, lo popular y lo culto", según reza el boletín de prensa adosado al disco ¡México!.
"Carece de sentido comparar la canción mexicana con el lied alemán, la mèlodie francesa o la romanza italiana, excepto en la medida en que variedad y complejidad ponen de manifiesto la hondura y la energía que una tradición que escapa a los prejuicios asociados con México y América Latina y pone en evidencia la riqueza de su cultura y el talento de sus compositores", explica.
Admiras mucho a Plácido Domingo, ¿verdad?
Y sí, cómo no, es el más grande tenor de todos los tiempos y un artista que sigue incendiando los escenarios. Lo que él ha hecho no lo va a hacer nadie en el mundo. Al menos en este siglo no lo veremos.
Te han comparado muchas veces con él...
Aquí lo que hay, sencillamente, es un Rolando Villazón que hace con toda humildad su trabajo y que se entrega a su carrera con todo amor. Lo que me une al maestro Domingo no es sólo una gran admiración, sino también una amistad muy profunda y un cariño grande, que constituyen el mayor regalo que he recibido a lo largo de mi profesión.
También gozas de la amistad de Daniel Barenboim, de quien dices siempre cosas maravillosas
Bueno, esa es otra de mis fortunas. Mi amistad con semejante maestro es muy profunda y trabajar con él es una experiencia impresionante. No tiene pelos en la lengua, jamás duda en mencionar aquello que no le gusta, pero también es alguien muy generoso que constantemente va a hacer mención a lo que te sale bien. Distribuye luz a manos llenas, es fantástico, es un ser formidable.
Hay una nueva generación en la música clásica que está viniendo con todo...
Los tiempos cambian y los artistas cambian con su tiempo. Está en uno decidir si quiere ser un artista de su tiempo o no. Hay muchas viejas tradiciones en la ópera, a algunas hay que abrazarlas, a otras hay que cambiarlas un poco para ver qué sucede y hay que seguir adelante siempre. La palabra que me gusta usar cuando hablo de este tema es frescura. Hay una cantidad enorme de cantantes con una calidad indiscutible y el mensaje que debe extractarse de esa circunstancia, sobre todo para el público, es que la ópera es para todos. Para disfrutar del género no se necesita estudiar, no se necesita tener mucho dinero y lo único que hace falta es tener un corazón bien grande y hacerlo vibrar con esta música. Hay que perderle el miedo a la ópera que por suerte tiene un repertorio vastísimo, hay mucho para elegir.
¿Cuáles son tus retos próximos?
Bueno, hay muchos en el futuro, afortunadamente. Para la primera temporada de la Deutsche Staatsoper con el maestro Daniel Barenboim hay un proyecto de una ópera contemporánea, también haré unas composiciones de Elliott Carter, quien propone una música verdaderamente difícil con una serie de riesgos importantes y que me encanta. Haber hecho Händel, yendo un poco para atrás, también constituyó para mí un desafío trascendente que me dio muchas satisfacciones. Ser artista es buscar los riesgos y no tener miedo al posible fracaso, al contrario, abrazar al peligro y entregarse de lleno a su trabajo para despertar los espíritus y las almas de aquellos que nos siguen.
¿El público alemán es el que más ha entendido tu trabajo?
No sé si mi trabajo necesita entenderse, creo que sí tengo un público que me conoce bien en Alemania, pero la verdad es que Francia y en Austria también hay una gran cantidad de gente que siente mucho amor por lo que hago. Recientemente, merced a mi participación en un programa televisivo de enorme audiencia, el público inglés también me recibió con mucho cariño. Mi trabajo no tiene que entenderse, yo quiero ser para el público un regalo que cuido, que protejo y que cultivo con cariño. Espero que la consecuencia de ese regalo sea la emoción profunda en la gente que me escucha.
En estos cuatro años que estuviste afuera de México, ¿qué cosas has extrañado de la cultura, de la comida, de la bebida de tu país?
Extrañé todo, más que nada el humor de la gente de mi país. Tengo la fortuna de tener una amistad muy linda con muchos mexicanos que viven en Francia, me encuentro con ellos en París y cantamos canciones que van desde Lola Beltrán hasta Timbiriche. Nos hacemos nuestras comidas mexicanas: enchiladas, sopes, nopalitos. A mí, dame unos buenos frijoles y unos chilitos verdes y no hay mejor plato de comida en el mundo. Cuando estoy en México, no me pierdo por nada unos buenos taquitos del mercado de Naucalpan.
El efecto Rolando
Con su melena de rey León y sus enormes ojos negros, tiene al igual que el venezolano Gustavo Dudamel (el director de orquesta nacido en 1981 que ha cimbrado el status de la música clásica) una imagen afable y llamativa que parece haberlo inmunizado de los efectos de las críticas y de los traspiés, que no faltan en la cima que ambos ocupan.
Por un lado, el llamado por los melómanos "heredero natural" de Plácido Domingo ha hecho oídos sordos a un dictamen lapidario que le dedicó un crítico inglés en el Sunday Times, dando por perdida la maravillosa voz que lo ha encumbrado, en lo más alto del panorama operístico internacional, como uno de los tenores líricos más importantes de la primera mitad del siglo XXI. Se trataba de su regreso a los escenarios londinenses, nada más ni nada menos que en el Festival Hall, donde Villazón interpretó las arias de Händel "con un tono nasal y comprimido", según escribió Hugh Canning.
Por el otro, los más férreos y ortodoxos operómanos europeos no han dejado tranquilo a Rolando desde que el cantante radicado en París decidió ponerse al frente de un popular programa de concursos en la televisión británica. Como presentador de Popstar to Operastar, el mexicano que quería ser cura traspuso todos los límites de su propia imagen un tanto estrafalaria (con esas cejas hirsutas y un rostro como de manga japonés), para mostrarse decididamente extrovertido y falto de la solemnidad que suele rodear los gajes de su oficio. Demasiada osadía y desparpajo en un universo que aún conserva infranqueables cortinas de hierro frente a lo que intuye comercial o masivo. Claro que el precio fue alto y se está comenzando a ver en críticas lapidarias como la de Canning, pero es justo también reconocer que el cantante tiene en todo el mundo una profusa cantidad de seguidores que alaban cada uno de sus ampulosos gestos y aplauden sin restricciones su firme voluntad de quebrar las barreras de su profesión.
Para ejemplo, la descripción que hace una tal Teresa en un blog que se llama "villazonista" y que está enteramente dedicado a exaltar los méritos de un artista que, al decir de sus acólitos, "produce un virus contagioso del que uno no quiere curarse": No he podido evitar hacer un video con los dos fragmentos: uno mientras improvisa, junto con la Jenkins, un bailecito para darle ritmo al Funiculì-Funiculà de Jones, y el otro, en que se pone en plan latin-lover, bailando Les filles de Cadix con miradas castigadoras, mordiscos y pases tangueros con la Nolan. Rolando tiene algo que aprecio mucho: no se reserva, está presente al 100% en lo que hace, sea lo que sea, y, encima, tiene la "osadía" de divertirse él mismo y contagiar esta alegría a los que lo rodean. Hablo de contagio, porque el efecto-Rolando es sumamente contagioso, una vez lo pillas, es crónico y, encima, no tienes ningún deseo de curarte de ese virus con cejas y rizada cabellera negra, dice.
"Me pregunto por qué todo este ruido. ¿Por qué están los críticos tan enojados? ¿Qué temen? Ellos afirman que no son más que la defensa de la realidad de la ópera, de los cuales el programa es "de ninguna manera representativa". ¿Estarían tan enojados viendo a otras personas jugar al Monopoly, porque no es como funciona realmente la economía? Popstar a Operastar no es un programa de alto nivel educativo y nunca ha pretendido serlo. Su propósito no es demostrar con hechos concretos lo que significa ser un cantante de ópera real en el mundo de la ópera real. La idea del show es menos pretenciosa, pero no menos ambiciosa: los cantantes pop, que nunca han tenido una formación clásica, intentan aprender los fundamentos de la técnica de canto clásico, y luego interpretar melodías clásicas, para que vote una audiencia televisiva", se defendió Villazón en su blog. "No predigo que los cuatro millones de personas que vieron el primer espectáculo ahora se apresurarán a comprar entradas para la ópera, pero si sólo unos pocos se deciden a probar "lo auténtico", sí que encontrarán la experiencia real emocionante, poderosa y hermosa", agregó.
Lo cierto es que a este tenor singular y poco imitable, a quien le festejan hasta sus improvisados pasos de baile en un show televisivo, no parecen por ahora afectarle las críticas y su presente transcurre más bien en un vértigo imparable, ruta planteada por una agenda repleta durante -por lo menos- el lustro venidero.