El último grito de Reinaldo Arenas

Antes que anochezca es el relato de su desgracia como intelectual y homosexual bajo un régimen que desaprobaba ambas condiciones y del cual Arenas logró finalmente huir para exiliarse en Estados Unidos, donde falleció.

"Reinaldo me dijo que no quería volver al hospital", recordó su agente literario, Thomas Colchie. "Quería pasar sus últimos días en la playa. Llamé para avisarle que un amigo lo llevaría a Miami pero era demasiado tarde." Era el 7 de diciembre de 1990. En su casa de Manhattan, el autor de El mundo alucinante había tomado pastillas y alcohol en cantidad suficiente para terminar su vida devastada por las enfermedades derivadas del sida.

Fue un emblema de los aspectos menos revolucionarios de la revolución cubana: la persecución a los homosexuales y la represión ideológica. Para salir de la cárcel debió prometer que iba a dejar de ser como era y que iba a componer "novelas optimistas", como relató en su autobiografía -adornada de exageraciones que sólo acentúan su verosimilitud- Antes que anochezca.

"Antes de la confesión yo tenía una gran compañía, mi orgullo. Después de la confesión no tenía nada ya; había perdido mi dignidad y mi rebeldía", escribió. "Ahora estaba solo con mi miseria; nadie podía contemplar mi desgracia en aquella celda."

Fue el único hijo de Oneida Fuentes, una campesina abandonada luego de unos meses de embarazo. Arenas nació en Aguas Claras, provincia de Oriente, el 16 de julio de 1943, y vivió en la zona, en el campo, una infancia de enormes privaciones. "El primer sabor que recuerdo es el sabor de la tierra", contó. "Era un niño flaco, pero con una barriga muy grande debido a las lombrices que me habían crecido en el estómago de comer tanta tierra."

Su abuelo, un campesino pauperizado por la dictadura de Fulgencio Batista, desconfiaba no obstante de los revolucionarios que la enfrentaban. Arenas admiró su convicción liberal y antirreligiosa escuchándolo leer en voz alta la revista Bohemia. Lloraron juntos cuando la familia perdió la finca y se trasladó a Holguín.

Allí Arenas, todavía niño, trabajó hasta doce horas por día en una fábrica de dulce de guayaba; allí soñó con alzarse y sumarse a los rebeldes. Allí también comenzó a escribir.

De revolucionario a proscripto

Tenía 14 años cuando intentó subir a la Sierra Maestra; a esa altura lo que hacía falta eran armas, no brazos, y se quedó en el campamento de Velasco. Luego del triunfo de Fidel Castro recibió una beca para estudiar en un campamento militar devenido escuela agrícola y al graduarse, en 1961, se instaló en La Habana. Trabajó en el Instituto Nacional de la Reforma Agraria, luego en la Biblioteca Nacional. En el camino -1967- publicó Celestino antes del alba. Con resultados paradójicos.

El libro mereció la primera mención del concurso de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba, cuyo jurado encabezaba Alejo Carpentier, gloria de las letras cubanas y diplomático. Pero pronto la obra fue reprobada porque su estilo fantasioso, indiferente al realismo, no contribuía a cimentar la conciencia revolucionaria.

Fue la única obra que Arenas publicó en Cuba. Cuando recibió el premio Medici, en Francia, como mejor novela extranjera, la suerte de su autor quedó sellada.

Cuando Arenas presentó su segunda novela, El mundo alucinante, Carpentier la rechazó y dejó vacante el premio UNEAC. Además de otra segunda mención -esta vez para un libro que no se publicaría-, el episodio le dejó la amistad del escritor Virgilio Piñera, quien le confió la intriga del jurado. Como José Lezama Lima, Piñera fue uno de sus mentores.



En rebeldía

Las novelas de Arenas se publicaron fuera de Cuba gracias a que el pintor Jorge Camacho las llevó a Francia; un libro de cuentos, Con los ojos cerrados, salió en Uruguay. "Fui puesto en la mirilla de la Seguridad del Estado", escribió en sus memorias, porque había cometido "la osadía de sacar, clandestinamente, esas obras, y publicarlas sin el permiso de Nicolás Guillén, que era el presidente de la UNEAC".

El odio de Arenas fue en aumento, intoxicando su vida cotidiana. El poeta de Sóngoro Cosongo fue el primero en recibir una de sus "órdenes de rompimiento de amistad":

"Sr. Nicolás Guillén

De acuerdo con el balance de liquidación de amistad que cada fin de año realizo -balance que se rige por rigurosas constataciones- le comunico que usted ha engrosado la lista del mismo. Por lo tanto, desde el momento en que expido este documento queda usted desvinculado, en forma definitiva, de todos mis afectos.

Sin más,

Reinaldo Arenas"

Bastó un episodio trivial -sexo casual en una playa- para que lo detuvieran. Pero logró fugarse. Anduvo a la deriva en un neumático, intentó ingresar a la base militar estadounidense de Guantánamo, se refugió en casa de su madre, volvió a La Habana para pedir asilo en alguna embajada. Casi lo arrestaron apenas bajó del tren.

Fugado, escribió "un comunicado desesperado, que estaba dirigido a la Cruz Roja Internacional, a la ONU, a la UNESCO" (ver nota relacionada: "El comunismo es el gran negocio del siglo"). Cuando lo publicó el diario francés Le Figaro, la policía se sintió burlada. Lo descubrieron en un banco de plaza leyendo La Ilíada, de Homero.



La cárcel y el Mariel

Estuvo preso en el Castillo del Morro hasta que lo llevaron a Villa Marista, la sede de la Seguridad del Estado. Sin saber ya qué hacer con su ira, pidió papel y lápiz. "Mi confesión fue larga; hablaba de mi vida y de mi condición homosexual, de la cual renegaba; del hecho de haberme convertido en un contrarrevolucionario, de mis debilidades ideológicas y de mis libros malditos que nunca volvería a escribir", resumió en Antes que anochezca.

Cumplió su condena en la cárcel abierta del Reparto Flores. Cuando salió fue a buscar el original de su novela Otra vez el mar, pero el escondite estaba vacío; a los pocos días un agente cubano le mostró el sobre donde guardaba el texto requisado. Volvió a escribirlo en una máquina prestada, impulsado por la furia.

Buscaba cómo emigrar cuando el 5 de abril de 1980 un ómnibus de la línea 32 derribó la reja de la Embajada de Perú en La Habana para que el chofer y sus pasajeros pidieran asilo político. Más de 10 mil cubanos llenaron los jardines y el edificio en los días siguientes. "Se abrió entonces el puerto del Mariel y Castro, después de declarar que toda aquella gente era antisocial, dijo que, precisamente, lo que él quería era que toda aquella escoria se fuera de Cuba", escribió Arenas.

Desde delincuentes comunes hasta pacientes psicóticos, desde homosexuales hasta agentes secretos: esa fue la fama del Mariel. Pero mucha más gente -130.000 personas- conformó el mayor éxodo de la isla. Para obtener el salvoconducto, Arenas se declaró homosexual en una estación de policía de barrio para eludir a la inteligencia central.

En un escape de película, retocó su apellido en el pasaporte -Arinas- por si figuraba en alguna lista de apresables y logró subir al barco San Lázaro. Ya estaba en el mar cuando las autoridades advirtieron lo que había sucedido. No le importó que el viaje de siete horas a Key West, en la Florida, demorase tres días a la deriva, sin alimento o agua, rodeado de tiburones.

Una tristeza profunda

En los Estados Unidos descubrió que el Paraíso tampoco estaba allí, ni en lugar alguno. "Yo sabía ya que el sistema capitalista era también sórdido y mercantilizado", escribió. Pero valoraba un matiz: "La diferencia entre el sistema comunista y el capitalista es que, aunque los dos nos dan una patada en el culo, en el comunista te la dan y tienes que aplaudir, y en el capitalista te la dan y uno puede gritar. Yo vine aquí a gritar".

Dejó Miami por Nueva York, donde vivió la década más descontrolada de la ciudad: los 80. Con Juan Abreu -quien le había regalado La Ilíada- y otros escritores creó la revista Mariel; participó en la película Conducta impropia -una denuncia de la persecución a los homosexuales en Cuba- de Néstor Almendros y Orlando Jiménez Leal; escribió ficción, poesía, teatro, ensayo y periodismo. Esplendía.

En 1987 le diagnosticaron la infección de HIV. Tenía ya el sistema inmunológico muy comprometido y lo atacaban distintas enfermedades. Pero se repuso y volvió a su departamento de Hell's Kitchen, en Manhattan, donde se paró frente a su foto de Virgilio Piñera y murmuró: "Óyeme lo que te voy a decir, necesito tres años más de vida para terminar mi obra, que es mi venganza contra casi todo el género humano".

A comienzos de diciembre de 1990, el escritor colombiano Jaime Manrique lo visitó y verificó que la plegaria había sido atendida: "Sobre la mesa descansaban montones de manuscritos, miles y miles de hojas", escribió en Una tristeza profunda como el mar, su descripción del final de Arenas. Los papeles contenían la novela El color del verano, los poemas de Leprosario y Antes que anochezca.

También comprobó que sus pasiones permanecían arrolladoras: "Desearía haber vivido para ver a Fidel echado a patadas de Cuba, pero supongo que no ocurrirá mientras yo viva", le dijo.

Nunca dejó de gritar.

Ni siquiera en su carta suicida, donde responsabilizó a Castro de su muerte: "Los sufrimientos del exilio, las penas del destierro, la soledad y las enfermedades que haya podido contraer en el destierro seguramente no las hubiera sufrido de haber vivido libre en mi país".