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¿Qué tienen en común las controversias en torno a la construcción de una mezquita a dos cuadras de la Zona Cero en Nueva York; la expulsión de misioneros estadounidenses de Marruecos a comienzos de este año; la prohibición de elevar minaretes, decidida en Suiza en 2009; y la reciente interdicción de la burka en Francia? Estos cuatro hechos son presentados en los medios occidentales como temas de tolerancia religiosa. Pero ésa no es su esencia. Fundamentalmente, son todos síntomas de lo que el último cientista político de Harvard, Samuel Huntington, llamó Choque de Civilizaciones, particularmente entre el Islam y Occidente.
Vale la pena resumir brevemente el argumento de Huntington para quienes sólo recuerdan su llamativo título. Los bloques principales del mundo de la post Guerra Fría, escribió, son siete u ocho civilizaciones históricas entre las que se cuentan Occidente, el Islam y el Confucianismo como las más importantes.
El balance de poder entre estas civilizaciones, argumentó, está cambiando. Occidente está declinando en poder relativo; el Islam está explotando en términos demográficos; y las civilizaciones asiáticas -China, especialmente- están en ascenso económico. Huntington dice también que está surgiendo un orden mundial basado en civilizaciones, en el cual aquellos Estados que comparten afinidades culturales cooperarán entre sí y en conjunto con los Estados líderes de su civilización.
Las pretensiones universalistas de Occidente están llevando cada vez más hacia conflictos con las otras civilizaciones, principalmente con el Islam y con China.
Así, la supervivencia de Occidente depende de que los estadounidenses, europeos y otros occidentales reafirmen que comparten la civilización occidental como única y se unan para defenderse contra los desafíos de las civilizaciones no occidentales.
El modelo de Huntington, especialmente después de la caída del comunismo, no fue popular. La idea de moda fue la del ensayo de Francis Fukuyama, de 1989, El fin de la Historia, según la cual todos los Estados convergerían en un único estándar institucional de democracia liberal capitalista y nunca más irían a la guerra entre ellos. El escenario neoconservador rosa equivalente fue un mundo "unipolar", con la hegemonía indiscutida de los Estados Unidos. De una u otra forma, nos dirigíamos hacia Un Mundo Único.
El presidente Barack Obama, a su manera, es partidario de ese Mundo Único. En su discurso del año 2009 en El Cairo, pidió por una nueva era de entendimiento entre los Estados Unidos y el mundo musulmán. Sería un mundo basado en "el respeto mutuo y en la creencia de que los Estados Unidos y el Islam no son excluyentes y no necesitan estar en competencia", dijo Obama. "Al contrario, se superponen y comparten principios comunes".
La esperanza del presidente era que los musulmanes moderados aceptasen entusiastas su invitación a ser amigos. La minoría extremista -actores no estatales como Al Qaeda- podría entonces ser eliminada con aviones robot.
Por supuesto, las cosas no salieron según el plan. Y una perfecta ilustración de la futilidad de este enfoque y de la superioridad del modelo huntingtoniano es el reciente comportamiento de Turquía.
Según la teoría de Un Mundo Único, Turquía es un oasis de Islam moderado en un mar de extremismo. Los sucesivos presidentes estadounidenses instaron a la Unión Europea a aceptar a Turquía como miembro basándose en este supuesto. Pero la ilusión de Turquía como un amigo moderado de Occidente en el mundo musulmán se agotó.
Hace un año, el primer ministro turco, Recep Erdogan, felicitó al iraní Mahmud Ahmadinejad por su reelección luego de que éste robase manifiestamente la presidencia. Entonces, Turquía unió sus fuerzas con Brasil para tratar de diluir el esfuerzo conducido por los Estados Unidos para reforzar las sanciones de la onu dirigidas a frenar el programa nuclear iraní. Más recientemente, Turquía patrocinó la "flotilla humanitaria" destinada a romper el bloqueo israelí de Gaza y a brindarle a Hamas una victoria diplomática.
Es verdad que quedan partidarios del laicismo en Estambul que veneran el legado de Ataturk. Pero no conservan ministerios clave y su control sobre el Ejército está disminuyendo. Hoy el discurso en Estambul está más abiertamente referido a una "alternativa otomana", lo que representa una vuelta atrás a los tiempos en que el Sultán gobernaba un imperio que iba del norte de África al Cáucaso.
Si ya no se puede esperar que Turquía mire hacia occidente, ¿de quién podría esperarse eso en el mundo musulmán? Todos los países árabes, excepto Irak, -una democracia precaria creada por los Estados Unidos- están gobernados por déspotas de varias clases. Y todos las fuerzas de oposición que tienen apoyo significativo entre la población local están dirigidas por grupos islámicos como los Hermanos Musulmanes de Egipto.
En Indonesia y Malasia, los movimientos islámicos están pidiendo la extensión de la Sharia. En Egipto, se está terminando la era de Hosni Mubarak. ¿Pueden los Estados Unidos apoyar la instalación de su hijo? Si lo hacen, el resto del mundo musulmán podría acusar a la administración Obama de usar una doble vara para medir las cosas: si hay elecciones en Irak, ¿por qué no en Egipto? Los analistas han señalado que, en elecciones libres y justas, una victoria de los Hermanos Musulmanes no puede ser descartada.
¿Argelia? ¿Somalía? ¿Sudán? Difícil pensar en un solo país predominantemente musulmán que se esté comportando según el guión de Un Mundo Único.
La gran ventaja del modelo de Huntington de las relaciones internacionales es que refleja el mundo como es, no como quisiéramos que fuese. Nos permite distinguir amigos de enemigos. Y nos ayuda a identificar los conflictos internos entre civilizaciones, particularmente, las rivalidades históricas entre árabes, turcos y persas por el liderazgo del mundo islámico.
Pero dividir y reinar no puede ser nuestra única política. Debemos reconocer hasta qué punto el avance del Islam radicalizado es el resultado de una activa campaña de propaganda. Según un informe de la cia escrito en 2003, los sauditas invirtieron al menos 2.000 millones de dólares anuales durante tres décadas para difundir su rama de fundamentalismo islámico. La respuesta occidental para promover nuestra civilización fue ínfima.
Nuestra civilización no es indestructible: debe ser activamente defendida. Esto es tal vez la más importante enseñanza de Huntington. El primer paso para ganar el choque de civilizaciones es entender cómo el otro bando lo está emprendiendo. Y liberarnos nosotros mismos de la ilusión de Un Mundo Único.
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