Los Juegos Olímpicos de invierno de Vancouver 2010 se inauguraron hoy con una ceremonia de homenaje al espíritu canadiense marcada por la trágica muerte de un deportista georgiano y una penosa falla en el encendido de la antorcha.
?Otra vez aquí en Canadá, por tercera vez en la historia de los Juegos", dijo el presidente del COI, Jacques Rogge, en uno de los momentos culminantes de una noche en la que el recuerdo del "luger" Nodar Kumaritashvili, de 21 años, fue inevitable.
.
Una de las columnas que debía emerger desde el piso del BC Place Stadium nunca lo hizo, sumiendo en el desconcierto al público y los protagonistas. Minutos después del tropiezo en el estadio, Wayne Gretzky, leyenda histórica del hockey sobre hielo, encendió en soledad la llama en el exterior.
La ceremonia fue oficialmente dedicada a la memoria de Kumaritashvili, muerto por la mañana en un entrenamiento, e incluyó un minuto de silencio y las banderas olímpica y canadiense a media asta.
El ingreso de la delegación georgiana al estadio puso un nudo en la garganta de muchos. Tras Francia, y antes de Alemania, los representantes del país caucásico vieron cómo la organización les dejaba, en señal de respeto, la escena en soledad.
Ninguno de los 11 georgianos con crespón negro lloró. Las lágrimas estaban probablemente agotadas para los representantes de un país que hace un año y medio, en Pekín 2008, libraba una guerra con Rusia el día de la ceremonia inaugural.
Canadá se entregó así feliz y de lleno a sus terceros Juegos Olímpicos en casa tras Montreal 76 y Calgary 88. La antorcha llegó al estadio en una sucesión de emociones. Rick Hansen, un atleta paralímpico que hace 25 años recorrió 40.000 kilómetros en silla de ruedas para hacer conocer su causa, se la entregó a Catriona LeMay Doan.
Doble medallista de oro olímpico en patinaje de velocidad, LeMay Doan pasó la antorcha a Steve Nash, el canadiense estrella de los Phoenix Suns de la NBA.
Nancy Greene, leyenda del esquí canadiense, fue la siguiente, antes de que el fuego olímpico quedara en manos de Gretzky, héroe nacional del hockey sobre hielo, mucho más una religión que un deporte en Canadá. La ceremonia había sido claramente canadiense, con especial cuidado en incluir a todos y mostrarse diversa y sensible.
Y se inició con un recurso que erizó la piel de más de uno: por la inmensidad de las montañas del gigantesco país descendía un "snowboarder" trazando un surco por la nieve virgen. Las pantallas gigantes del estadio lo mostraban saltando y girando, frenando y volviendo a acelerar, devorándose con maestría esa nieve que es la razón de ser de unos Juegos de invierno.
Hasta que la nieve en la pantalla gigante se acabó, y el "snowboarder" dejó la virtualidad para corporizarse cruzando por el medio de uno de los anillos olímpicos y aterrizar espectacularmente en medio del estadio.
Tras un espectáculo pleno de fuerza, se ubicaron en el palco de honor junto a las más altas autoridades olímpicas y del país. Un mundo de diferencia con lo sucedido en Sydney 2000, otro país "nuevo" al que los conquistadores hace pocos siglos cambiaron de raíz.
La ceremonia saltó al pop-rock canadiense más popular con la aparición de Bryan Adams y Nelly Furtado entonando "Bang the drums" para que hasta el veterano Juan Antonio Samaranch se entusiasmara intentando tocar el tambor que los organizadores entregaron a cada uno de los espectadores. Llegó entonces un "himno al norte" -aurora boreal y oso polar incluidos-, un homenaje a la vida salvaje, al viento, a las Montañas Rocosas: a la Canadá más natural y salvaje, no sin alertar del peligro del deshielo por el calentamiento global. Joni Mitchell le puso su voz a uno de los momentos más delicadamente emotivos.
"Declaro abiertos los Juegos de Vancouver, celebrando los vigésimos primeros Juegos de invierno", dijo la gobernadora general de Canadá, Michaëlle Jean, a las 20:31 (04:31 GMT del sábado). El actor Donald Sutherland y el ex campeón mundial de Fórmula 1 Jacques Villeneuve fueron dos de las ocho personalidades en ingresar al estadio con la bandera olímpica. Poco después llegó el momento más esperado: ¿quién encendería el fuego olímpico en el estadio tras el recorrido de 45.000 kilómetros, el más extenso en la historia de los Juegos invernales?