, tan caro que muchos recurren al contrabando y otros hasta se plantean dejar el vicio porque les resulta demasiado oneroso.
.
Pero las autoridades de la economía más moderna del Sudeste Asiático no se conforman y quieren endurecer todavía más la legislación para reducir su consumo entre los menores de 30 años.
.
Singapur aprobó su primera ley contra el tabaquismo en 1970, y desde entonces arrinconó cada vez a los fumadores, que ya no pueden encender un pitillo ni en las paradas de autobús.
. Tirar una colilla al suelo, sin ir más lejos, acarrea una multa de 500 dólares locales (346 dólares estadounidenses o 245 euros).
Otros países asiáticos como Japón o Tailandia lo intentaron, pero ninguno logró que se cumpla la ley como en Singapur, donde fuma algo menos del 20 por ciento de la población, de 4,6 millones de habitantes.
, y la legislación contempla incluso trabajos comunitarios y una pena máxima de un año de cárcel para los reincidentes.
La mayoría de los singapureses, incluso los fumadores, defiende estas medidas.
, comenta un taxista que se apresura a apagar su pitillo en uno de los ceniceros públicos colocados en casi cada esquina de la impoluta ciudad-estado, única nación del planeta que prohíbe la importación de cualquier producto de tabaco y además lo considera un delito de evasión de impuestos tipificado en el código penal.
Desde el 1 de enero de 2009, el Gobierno estampa no sólo el paquete sino también cada cigarrillo con un sello oficial para distinguirlos y luchar así contra el contrabando. Un pitillo que no lleve debajo del filtro el distintivo "SPDC" (Singapore Duty Paid Cigarette) -incluso si se ha sido comprado en las tiendas "duty-free"- puede ser decomisado por las autoridades, que imponen al infractor una multa mínima de 150 dólares por cada cajetilla ilegal.
. Cada paquete está gravado con siete dólares locales, casi el 60 por ciento del valor, con lo cual una cajetilla de Marlboro cuesta unos doce dólares, el doble que en Hong Kong y diez veces más que en Filipinas.
Muchos singapureses y algunos turistas se la juegan para sortear la prohibición y, al llegar al aeropuerto, pasan por el canal verde de aduanas y cruzan los dedos para que los funcionarios no decidan inspeccionar su equipaje.
Si son "pillados" por primera vez, el tabaco es requisado y se marchan con una advertencia, pero si reinciden pagarán la multa correspondiente y se arriesgan a que le nieguen la entrada al país.
. Algunas de ellas, como la de un feto muerto en la matriz de una mujer que padece cáncer, son tan explícitas que pueden herir la sensibilidad, según denuncian algunos residentes.
"Lo del bebé es demasiado, uso una pitillera para no tener que verlo", confiesa Barry Goldsworthy, un expatriado inglés que admite haber pensado en dejar de fumar porque cada día se gasta más en tabaco que en comer.