"El presidencialismo es un cáncer que tiende a la metástasis en toda la sociedad", asegura Mario Bunge en una columna de opinión publicada en el diario La Nación, y concluye: "habiendo fracasado desde su origen (...) es hora de reemplazarlo por el parlamentarismo" que intensifica la participación y "es el carozo de la democracia auténtica".
Así durante su artículo expone una comparación entre el sistema presidencialista (de origen norteamericano) -que es utilizado por "la mayoría de los países del tercer mundo"- y el parlamentarista (de origen británico).
En los gobiernos parlamentarios, dice Bunge, los poderes de los mandatarios ?están estrictamente limitados y sus actos son juzgados constantemente?; y expone que aunque el sistema puede quedar desvirtuado y no es garantía de "buen gobierno", es menos dañino que el presidencialismo.
"En el régimen presidencial, el primer mandatario nombra los ministros que se le antoja, y ellos obran a su gusto, a espaldas de la opinión pública y sin inquietarse por su futuro político", expone y continúa: "El presidente puede vetar cualquier proyecto de ley, y el parlamento no puede exigirles a él ni a sus ministros que comparezcan en cualquier momento ante los representantes del pueblo para dar cuenta de sus actos".
?Al ministro-lacayo nada le pasa", afirma Bunge y ejemplifica: "Podrá ser acusado de crímenes de guerra, como ocurrió con John McNamara, Henry Kissinger y Donald Rumsfeld. Pero gozará de la impunidad que le confiere la complicidad con un mandatario casi todopoderoso?.
?El régimen presidencial es lo más parecido a una autocracia que puede darse en una democracia política", asegura y advierte el peligro que supone que además "el presidente cuasiomnipotente" sea carismático o disponga de una buena agencia de imagen pública, ya que puede generar un "personalismo" que trae aparejado la potestad de "abusar de su poder".
Para Bunge el presidencialismo, además de disminuir la democracia y favorecer la corrupción", da un mal ejemplo que se multiplica en los dirigentes de todas las organizaciones, "que dan órdenes sin consultar a sus subordinados y menos aún los invitan a que participen en la toma de decisiones", y por ende se instala en toda la sociedad. "Donde domina la mentalidad presidencialista, los ascensos están al arbitrio del mandamás. Y éste favorece al leal, o incluso al servil, por sobre el competente", señala.
"Es más fácil corregir errores y evitar delitos políticos cuando el poder se distribuye que cuando se concentra", explica en su análisis y subraya que eso se debe a que el poder se debilita al democratizarse y a que el poder compartido abarca "el debate y la transparencia".
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