El castellano es un idioma tan flexible, versátil y vigoroso, que suele deparar extraordinarias sorpresas a quienes pretenden dominarlo: por ejemplo, decir “murciégalo” es tan lícito como “murciélago”, y es indistinto emplear “vagamundo” o “vagabundo”. El Diccionario de la Real Academia Española (DRAE) también trae vocablos con definiciones contrarias entre sí: “huésped” tiene cinco acepciones: la primera, “persona alojada en casa ajena”; la cuarta, “mesonero o amo de posada”; y la quinta, “persona que aloja en su casa a otra”. Es decir: el dueño o mesonero y su visita, son huéspedes el uno del otro. Los participios suelen ser una caja de Pandora: se sabe que bendecir y su contracara, maldecir, tienen dos formas, una regular y otra irregular de participio, que son bendito y bendecido, maldito y maldecido. El problema es saber cuándo emplear una forma y cuándo la otra: bendecido y maldecido se usan por lo general en la formación de los tiempos compuestos (“lo ha bendecido la suerte”, “lo ha maldecido una bruja”); en tanto que bendito y maldito se utilizan como adjetivos (“agua bendita”, “hombre maldito”). Pero con el verbo romper y sus compuestos, pasa algo extraño: aunque su participio es roto y no rompido, corromper -que es el compuesto de romper- tiene como participio regular a “corrompido”, y como irregular, a “corrupto”, este último derivado de “ruptus”, que es la raíz latina de roto. En castellano el diminutivo rebaja el significado del vocablo del que deriva: “cosita” es menos que cosa; “perrito” es más chico que perro. Pero en algunos casos, lo aumenta: “Está clarito” significa más que claro; y “tempranito” es más que temprano. “Huebos” o “uebos” no son formas incorrectas de “huevos”, pero una vez un juez lo creyó así y querelló por desacato a un abogado, porque entendió que éste había dicho que la sentencia que acababa de dictar debía ser revocada “por huevos”, por ser una “huevada”. El abogado negó haber sido irrespetuoso y puntualizó que lo que él había dicho era que debía ser revocada “por uebos”, así, sin hache y con be, que significa “necesidad” o “cosa necesaria”. En efecto, se trata de un arcaísmo latino que se encuentra en el castellano antiguo, en frases como “uebos me es”, que significa “es mi necesidad”, pero que en el Poema del Mio Cid figura escrito con hache: “nos huebos avemos en todo de ganar algo” (nosotros necesitamos tener alguna ganancia en todo). ¿Cómo se dice?: ¿período o periodo, élite o elite, guión o guion, ícono o icono, fútbol o futbol, píxel o pixel, chófer o chofer, zodíaco o zodiaco, cóctel o coctel, austríaco o austriaco? Para el DRAE todas ellas están muy bien escritas, con o sin acento; pero eso sí, escribir “ole” en vez de “olé”, puede resultar en cosas diferentes: ole es un baile andaluz y olé -que también se admite sin acento- es una voz para animar o aplaudir. Para el DRAE, “miar” es lo mismo que maullar: ambos se refieren al aullido del gato; pero a no confundirlo con “mear”, que significa orinar. Concienciar es lo mismo que concientizar, pero el DRAE prefiere la primera forma, por sobre la segunda, que sin embargo es la más usada; pero amuelar no significa poner muelas, sino recoger el trigo en el muelo o montón. Algunos consejos: las disculpas no se piden, se ofrecen; hay que decir “fue elegido” y no “electo”, que se usa sólo como adjetivo (presidente electo); los puestos no se detentan (salvo que sea de manera ilegítima) ni se ostentan, se ejercen; y los pozos con petróleo son petrolíferos, no petroleros. Por último: el signo ortográfico que indica la supresión de una letra se llama “apóstrofo” y no “apóstrofe”, una figura que consiste en dirigir la palabra a otro con vehemencia y en segunda persona, del tipo “te digo que te calles”. Dicho esto, la nota aquí termina.
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