"Yo soy Gatica, ¿se acuerda de mí? ?"

A continuación, la vida de este boxeador vista por uno de los periodistas que más datos reunió de lo momentos más importantes de su vida y que acompañó a la multitud en su camino hacia el cementerio de Avellaneda

Pocos le tendieron una mano, ni siquiera a los que el Mono (odiaba ese apodo) había ayudado en sus tiempos de gloria y de dinero a manos llenas.

Mucho se habló de la generosidad de su eterno rival, el fallecido

, quien en aquéllos tiempos de "malaria", lo tuvo en cuenta cuando abrió un local gastronómico, la cantina

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Gatica atendía a los comensales que le pedían autógrafos, dejaba tomarse fotos y aceptaba contar alguna de sus múltiples anécdotas. Un RRPP sin Internet, teléfonos móviles, pero de pocas pulgas. Si lo fastidiaban demasiado, "a otra cosa mariposa", decía y no se lo veía hasta el día siguiente.

En su vida hizo lo que quiso,

Completamente olvidado, el 10 de noviembre de 1963 decidió ir a ver a Independiente ante River, en el estadio de Avellaneda.

como dicen algunos. En la puerta de la cancha se encontró con un amigo que vendía diablitos rojos de peluche. Y recibió uno de regalo, con el que "sobornó" a un control, para que lo dejara pasar, además de chapear con un

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Como había bebido demasiado, se aburrió pronto y salió del estadio en pleno partido.

Junto a un amigo tomó el colectivo de la línea 295 que pasaba por la calle Alsina. De ahí siguieron hasta la avenida Mitre, hasta que pasaron el viejo puente Pueyrredón. Bajaron a tomar un vinito en un bar de por ahí,

, entre las calles Herrera y Luján.

Gatica trastabilló y quedó colgado unos metros del pasamanos del colectivo, hasta que cayó al adoquinado, pasándole por arriba las recapadas ruedas traseras del vehículo.

Lo trasladaron al Hospital Rawson, y

El país se conmovió con la triste noticia. De repente, todos se acordaban del inefable pugilista que llenaba el Luna Park en base a guapeza, puños de acero y desplantes que irritaban al más tranquilo de sus oponentes.

Convertido en leyenda, abanderado de los lumpen, a Gatica lo velaron en la Federación de Boxeo.

De ahí hacia el cementerio de Avellaneda, el féretro fue llevado a pulso, entre la multitud, en gran parte de su recorrido. Fueron muchas horas de tránsito lento. Hacía mucho tiempo que Buenos Aires no vivía un acontecimiento tan conmovedor y multitudinario.

Al llegar al cementerio hubo forcejeos, tal vez alguna riña para llevar el cajón hacia la cripta, quizás por aprovechamientos políticos, en medio de alguna corona con la faja de

, en épocas en que éste estaba proscripto y residía en España.

José María Gatica, el Mono, o el Tigre, como le agradaba que lo apodaran, recibió cristiana sepultura ese 12 de noviembre de 1963. Fue el día en que su imagen, genio y figura, se convirtió en inmortal.

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