, y un final apoteótico de una campaña profesional sin precedentes.
y terminó así con una carrera en la que se mantuvo como campeón del mundo de los medianos por siete años.
El santafesino culminó esta extraordinaria etapa del deporte argentino con
, marcando un récord que se mantuvo en la categoría por un cuarto de siglo, hasta que lo superó el estadounidense
.
Aquella noche, en el escenario que lo vio lucir con sus mejores brillos, en Montecarlo, Monzón se erigió en uno de los mejores boxeadores de la historia del país al completar una pelea cargada de tensión y dramatismo, que lo dejó como un vencedor indiscutible al final de las 15 vueltas.
Enfrente estaba el colombiano Valdez, a quien el argentino lo había vencido por puntos, en un fallo más apretado, un año antes en el mismo escenario.
En esa oportunidad, Monzón había recuperado el título del Consejo Mundial de Boxeo (CMB) que se lo habían quitado en 1974, tras derrotar en París a José "Mantequilla" Nápoles por nocaut técnico en la séptima vuelta.
Con la faja completa en su poder, Monzón estelarizó su última función ante Valdez, quien reclamaba una revancha, y de esta manera le otorgó un año más de carrera pugilística al argentino que ya estaba casi retirado.
Desde el combate de junio de 1976 al de julio de 1977, Monzón se abocó por completo a su carrera cinematográfica, filmando en Argentina y Europa, y a vivir como un astro ya no sólo por su fama deportiva sino por el mediático romance con la entonces vedette Susana Giménez.
Sin embargo, como era su costumbre, tres meses antes de la pelea, Monzón se concentró en los entrenamientos y se fijó su última meta: vencer a Valdez con claridad y asumir el retiro.
, porque él viene para sacarme algo que es mío", era su frase de cabecera antes de cada combate, en una idea filosófica a la cual agregaba que del cuadrilátero había que sacarlo "muerto".
Nunca nadie pudo lograrlo en las 14 defensas, y si bien pasó momentos de angustia, como frente al norteamericano Bennie Briscoe, que lo dejó casi nocaut en el Luna Park, en 1972, y luego Emille Griffith, en 1973, en Montecarlo, siempre había salido airoso.
Esos fantasmas se reavivaron en el inicio del combate con Valdez, quien le asestó un cross de derecha de lleno en la mandíbula, porque el santafesino sintió aflojar sus rodillas y tocó con su piernas por segundos la lona.
Fue un instante en el que Monzón se reincorporó y levantó sus dos brazos en señal de "estar bien", pero tuvo la suerte de que el árbitro del combate decidiera hacerle la cuenta de protección.
Esa mano -la más peligrosa de Valdez- se había anunciado en la primera vuelta, que ganó el colombiano, y le produjo en el segundo round la única caída del campeón del mundo en sus 14 defensas.
La luz de alerta cambió la historia. Monzón abrió bien los ojos, ganó el centro del ring y con su repetida pero no menos eficaz fórmula, izquierda en punta martillando la cara del rival y la derecha atenta para demoler, fue ganando espacios y puntos en el jurado.
desde una posición clara de contragolpeador marcaba distancia con la extensión de sus brazos y minaba a cada round la humanidad de sus rivales.
Los conocedores del boxeo saben que no es fácil remontar una caída en la puntuación de los jurados, y por ese motivo a partir del octavo round, Monzón buscó el nocaut que cerrara en forma definitiva la pelea.
Estuvo cerca al final de la novena vuelta cuando Valdez llegó a su rincón con un ojo cerrado, sangrando y pidiendo piedad, en una tortura que continuó en el décimo, en el que sus piernas flaquearon en varias oportunidades.
A esa altura de la pelea Monzón ya combatía con su mano derecha fracturada (siempre fue su gran problema, porque para calmar esos dolores en todos los combates lo infiltraban), y con la ventaja asegurada en los puntos decidió dominar con autoridad los últimos minutos de pelea.
El fallo fue contundente: ventajas de seis y siete puntos en cada tarjeta y los brazos en alto para que el jet set europeo, con
, entre otros, se rindieran a sus pies.
Fue el último acto del "Macho" en los rings, cuando se abrazó con su entrenador de toda la vida,
, y le confirmó su deseo al oído: "Es la última maestro".
Estaba a pocos días de cumplir 35 años y Brusa lo arrinconó con una sentencia:
.
Hace 30 años, como cada día que peleaba Monzón, el país se paralizó. Nadie caminó por las calles, todos se aglutinaron frente a los televisores, que desde Montecarlo emitieron las imágenes en blanco y negro del más grande gladiador que tuvo el boxeo argentino.
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