Lionel Messi tenía, hace un año, el debut de fuego en la Selección; un día que, no obstante, la aparición más rutilante del fútbol nacional preferiría olvidar.
El partido se jugó en Budapest, donde el equipo dirigido por José Pekerman le ganó 2-1 a Hungría con una pálida actuación. En la semana previa, de forma creciente, todos los diarios locales y de España hablaban del posible debut del ?niño mimado?, quien casualmente iba a hacer su presentación nada menos que contra el equipo que lo hiciera Diego Maradona.
Corrían 18 minutos del segundo tiempo cuando Messi ingresó a la cancha en reemplazo de Lisandro López. Palmadita de bienvenida de su compañero Lucas Bernardi ni bien pisó el pasto del Ferenc Puskas y a esperar que le den la redonda.
Todas las miradas se posaron en él y cuando tomó la pelota para encarar hacia el arco húngaro, intentó sacarse de encima al defensor Szabolce Huszti, que lo venía tomando de la camiseta, y rozó en la cara a su rival.
Pese a que cobró la infracción a favor de Argentina, el árbitro alemán Markus Merk consideró que Messi le había aplicado a su perseguidor un manotazo intencional en el rostro y lo expulsó. Fin de la historia a 92 segundos de comenzada.
Sólo le quedaba por recorrer, desolado, amargado y hasta avergonzado, el camino hacia el vestuario. La expulsión había sido injusta. Merk luego llegaría al Mundial de Alemania como uno de los árbitros ?estrella? ?hasta la irrupción de Horacio Elizondo-.
Una vez finalizado el partido, Pekerman explicaría: "Es una lástima lo de Lionel. Tengo que analizarlo en frío, pero igual lo felicité porque hizo lo que sabe. Lo que pasó fue una injusticia para el fútbol".
Después llegaría la reivindicación del delantero, quien entusiasmaría a todos con sus actuaciones en la albiceleste, con dos goles en su cuenta, uno contra Serbia y Montenegro en la goleada por 6 a 0 en el Mundial.
Todo por dar vuelta la historia de aquella tarde negra de Budapest que, como él mismo señaló después, ?no fue la soñada?.