Cientos de miles de gays, lesbianas y travestis que portaban banderas con el arco iris que los identifica y vestían disfraces carnavalescos desfilaron el sábado en Sao Paulo, la mayor ciudad de Brasil, para ensalzar el orgullo gay y exigir el fin de la homofobia.
La marcha fue también una fiesta de ovaciones para la selección de Brasil en la Copa Mundial pues numerosos participantes llevaban brillantes prendas con los colores verde y amarillo y azul y verde del equipo.
Los organizadores aseguran que el desfile brasileño es el más grande de los similares que se realizan en varios países del mundo y esperaban que participaran unos dos millones de personas, aunque la policía no mencionó de inmediato una cifra de los asistentes.
Con 22 carros alegóricos provistos de potentes equipos de música y con hombres maquillados como mujeres que bailaban en los techos, el 10mo. Desfile Anual Gay en Sao Paulo discurrió entre los rascacielos de la Avenida Paulista, la versión local de Wall Street, y en medio del llamado de los organizadores para que terminen las agresiones a los gays.
Los organizadores eligieron el tema porque en el país más grande de Latinoamérica un homosexual, hombre o mujer, es muerto cada tres días sólo por su orientación sexual, dijo Nelson Matías Pereira, vocero de la Asociación Brasileña del Desfile del Orgullo Gay, Lésbico, Bisexual y Transgénero.
La raíz del problema, indicó, yace en la generalizada discriminación en el país de al menos 185 millones de habitantes a pesar de cierta tolerancia hacia los homosexuales, cuyas deslumbrantes presentaciones se destacaron por años en la celebración del Carnaval.
"El punto de partida es que somos ciudadanos, ciudadanos que pagan impuestos y contribuyen con el país", dijo Pereira.
Varios homosexuales presentes en el desfile expresaron también el deseo de que las religiones dejen de considerarlos pecadores.
Con un cartel que decía "Soy feliz, gay y cristiano", el pastor Justino Luis afirmó que había creado una pequeña iglesia para 200 personas, en su mayoría gays y lesbianas, porque no tenían otra forma de acudir a misa sin esconder su sexualidad.
"La iglesia tradicional no nos quiere", dijo Luis, de 42 años. "Yo creo en Dios, sé que él me ama igual que yo y sé que cuando me creó, proyectó que yo sería como soy", estimó.