Los analistas de Wall Street comenzaron a pensar en el futuro de los mercados a la luz de un nuevo elemento: el clima.
Sólo con el enorme daño provocado por "Katrina", la actual temporada de huracanes ya resulta la más costosa de la historia, y los expertos creen que el paso de "Rita" podría aumentar el costo.
Según la firma especializada en calcular daños provocados por tormentas RMS, "Katrina" podría costar más de 125.000 millones de dólares y sólo a las aseguradoras unos 40.000 a 60.000 millones.
Aunque se espera que "Rita" no sea tan dañino, el tamaño de la tormenta y el hecho de que volverá a golpear a Nueva Orleáns hacen pensar en varios miles de millones de daños más.
Pero más allá de los daños directos que provocan las tormentas, son los daños colaterales que causan en la economía los que mantienen de verdad preocupados a los inversores.
El primer efecto es el alza del crudo, que hace subir inmediatamente el costo de la gasolina, afectando de manera directa el bolsillo de los estadounidenses.
Aunque en el caso de "Rita" hasta ahora el comportamiento del crudo ha sido más bien moderado, nadie puede descartar que la semana que viene el precio del petróleo comience a subir.
Y en la medida que se acerca el invierno el problema se agrava, porque además de los altos costos que los estadounidenses tienen que pagar para movilizarse se suma el que tendrán que pagar para mantenerse abrigados.
Todo esto deja menos dinero disponible para gastar, y se traduce en menores ventas del comercio, menor demanda de productos y menor actividad económica.
Esto, sin contar el efecto directo que el alza del crudo tiene en la inflación, que hasta ahora había logrado mantenerse en un terreno de escasa variación.
Los analistas creen que esta situación no podrá continuar mucho tiempo, porque ya son demasiados los meses en que el crudo ha subido sin afectar seriamente los precios, tantos que se cree que la economía ya agotó los mecanismos para impedir el alza de la inflación -aumento de la productividad y un alto consumo-.
Mayor inflación implica que las autoridades deberán seguir subiendo los tipos de interés, tal como lo hicieron el martes pasado y como se espera que hagan en noviembre y diciembre.
Las tasas de interés al alza influyen negativamente en la actividad, pues favorecen la compra de bonos, instrumentos de inversión no productiva, y encarecen la inversión productiva.
Pero el mayor problema es que como las tasas de largo plazo siguen en niveles históricamente bajos, al subir los tipos de corto plazo (que son los que controlan directamente las autoridades) se puede producir lo que se llama una "inversión de la curva" de las tasas de interés, es decir que los tipos de largo plazo sean iguales o más bajos que los de corto plazo.
Puesto que la tasa de interés de un bono depende en gran medida de las proyecciones de la inflación en un período determinado, una curva invertida o plana quiere decir que los inversores no creen que la inflación en el largo plazo sea un riesgo.
Como la inflación subyacente (independiente del cambio del precio de los combustibles o alimentos) siempre depende del nivel de actividad económica, unas previsiones de baja inflación indican que se espera que la actividad no crezca de forma saludable o que directamente entre en una recesión.
Por si fuera poco, se cree que en el más corto plazo, la paralización de actividades de muchas empresas de Texas y Luisiana podría llegar a provocar un descenso brusco de la actividad, aumentando las posibilidades de que la economía entre en una etapa de contracción.
Una recesión, aunque sea breve y de poca intensidad, es lo último que desean los inversores, y el sólo hecho de que algunos analistas planteen la posibilidad de un contracción económica preocupa seriamente a los operadores en el parqué de la bolsa de Nueva York.