El show es puntual. Cuatro sillas vacías aguardan a los cuatro folkloristas, mientras la "orquestita" introduce La Olvidada. En el cuarto compás entran lentamente. Aparecen, entonces, Peteco Carabajal, Raly Barrionuevo, Julio Paz y Roberto Cantos, los Coplanacu.
Entre aplausos y gritos devotos como en pocos ambientes, el repertorio está marcado por un respeto colectivo convenido a la genealogía poética del folklore santiagueño.
Tanto, que por momentos urge consultar un diccionario de quichua. Pero no. Ellos se encargan, entre tema y tema, de explicar con pequeñas historias adónde apunta la magia del son.
Santiago del Estero es mostrado entero con su aridez -climática de salinas y social por viejos feudos-, su romanticismo de miel de palo y polleras perfumadas, su furor zapateado en la polvareda y su nostalgia de pago al que siempre se abandona en parte con la niñez.
Para mostrarlo, agruparon las canciones en cuatro ejes temáticos: la memoria, la mujer, el paisaje y el mensaje.
Los artistas
Raly Barrionuevo es algo así como un niño prodigio de fama precoz, mezcla con artista intenso y activista social. Como pocos, ha sabido conjugar lealtad al género, poesía sutil, perfección vocal, compromiso y sex appeal.
En esta última materia, si el joven gana entre las chicas, el que gana entre las grandes es Roberto Cantos. Sin embargo, también Peteco y Julio Paz tienen históricos fervores despertados.
Peteco Carabajal reina, sin quererlo, durante todo el show. Está implícito que el trono de su padre Carlos es, si no compartido, alternado por él. Además, sus compañeros se encargan de confesar al público la influencia del clan Carabajal en su cosmovisión artística.
Julio Paz es un bombisto difícilmente igualable. Sus intervenciones vocales son muchas y siempre exquisitas, pero se lleva las palmas con su versión de Perfume de Carnaval, donde sólo lo acompañan los arpegios de Peteco.
Roberto Cantos es, aparte de un excelente letrista, cantor ajustado y fervoroso. Su mujer es Andrea Leguizamón, la eximia violinista que acompaña a La Juntada
El programa
El público es diverso, pero se distingue entre matrimonios o solos de cincuenta y alrededores, y jóvenes de alpargatas, zapatillas, botas, arito o poncho, da igual.
La gente que convoca La Juntada es tal que convierte al espectáculo en uno de esos como para quedarse mirando esperando en el hall del teatro sin aburrirse. No hay, entre la gente, esa tensa distancia típica de las capitales.
Todos van allí sabiendo con qué se van a encontrar, más allá de que les resulte, el espectáculo, más bien una versión edulcorada de cada uno de los tres artistas o una poderosa fuerza acumulada de talentos.
Entusiastas como pocos, las parejas dejan de respetar las sillas, tanto como los teens los estadios para hacer pogo. Las chacareras y las arengas desde el escenario son efusivas y los bailarines llegan a colmar los pasillos.
Los artistas saben de la cadencia en los shows, entonces aprovechan para dejar cada vez más sus propias sillas. Entonces, Carabajal, Barrionuevo y los Copla emprenden micro-recitales por separado, y luego se vuelven a reunir. La multitud completa dejó las butacas.
Se ríen mucho, estos cuatro, a lo largo de todo el show. Suele haber bromas del apadrinado Raly hacia sus ídolos, o del experimentado Peteco a los demás. La banda goza de excelente salud, y se nota. Se destacan el bandoneonista Marcelo Ramírez, la violinista Leguizamón y los guitarristas Ernesto Guevara y Juan Antuz.
Sin embargo, los aplausos aumentan cuando toman la escena el bajista "Mono" Banegas -hijo del folklorista Horacio-, que hace estragos en Zamba y Acuarela; y Demi Carabajal, hermano de Peteco, que con imbatible solidez rítmica y devotos propios ya tiene "clásicos" de la chacarera en su haber.
La Juntada es disco desde hace unos pocos meses, y fue grabado en vivo en diciembre del año pasado. Este viernes cierra también una muy exitosa gira en provincias norteñas y del centro del país.
"Por lo menos ya tenemos todo un poco más ensayado", presentaba Peteco. No dejan de estar agradecidos y felices. No dejan de disfrutarlo, y se nota.
Podrá ser poco usual al oído de muchos, pero es uno de esos discos para tener en casa.
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