Un estudio de cuatro años con casi 7.000 encuestados halló que los niños menores de 5 años que toman clases de natación pueden superar entre 6 y 18 meses a sus pares en hitos del desarrollo como la lectura, las matemáticas y la capacidad de seguir instrucciones, independientemente de su nivel socioeconómico.
La investigación, realizada con herramientas de evaluación reconocidas internacionalmente, fue analizada y ampliada por Robyn Jorgensen, profesora emérita de la Universidad de Canberra (Australia), en su libro Why Young Children Should Learn to Swim (Por qué los niños pequeños deberían aprender a nadar), publicado por Taylor & Francis.
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Aprender a nadar mejora la lectura y las matemáticas antes de los 5 años
El proyecto nació de una conversación entre Jorgensen y Laurie Lawrence, entrenador olímpico de natación integrante de los Salones de la Fama de la Natación de Australia y Estados Unidos. Lawrence sostenía que los niños aprendían a nadar desde temprana edad; llegaban mejor preparados a la escuela, pero esa percepción carecía de respaldo empírico.
“No existía ninguna prueba formal que respaldara esta observación, pero era algo que Laurie sentía que él y muchos otros en la industria de la natación habían observado”, explicó Jorgensen al medio especializado de Taylor & Francis.
Para verificar esa “intuición del sector”, el equipo aplicó las Escalas de Desarrollo Motor Peabody y las evaluaciones Woodcock-Johnson III, dos instrumentos estandarizados con respecto a los datos del censo nacional de uso internacional. La muestra incluyó a 177 niños evaluados de forma individual dentro de un universo de casi 7.000 encuestados, en un seguimiento de cuatro años.
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Los niños que nadan también desarrollan mayor regulación emocional y habilidades sociales
Los resultados superaron las expectativas de la propia investigadora. Jorgensen reconoció haber mantenido “cierto escepticismo” al inicio del estudio, dado que su único vínculo personal con la natación era el de abuelo preocupado por la seguridad acuática. Aun así, los datos mostraron que los participantes obtenían ventajas medibles en el desarrollo cognitivo, las habilidades lingüísticas y la regulación emocional, además de los esperados beneficios físicos.
El mecanismo detrás de la mejora no es que los niños sean intrínsecamente más inteligentes, sino que las clases de natación generan habilidades transferibles al aula. Un ejemplo concreto: cuando un niño cuenta patadas del uno al diez junto a su instructor, está asimilando la secuencia numérica y la correspondencia uno a uno, conceptos con aplicación directa en matemáticas.
“Es razonable afirmar que la natación prepara a los niños para la etapa escolar, especialmente para los primeros años y la transición a la escuela”, afirmó Jorgensen en declaraciones recogidas por Taylor & Francis.
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El costo es la principal barrera, y los más vulnerables son los que más lo necesitan
A pesar de los beneficios documentados, el acceso a las clases de natación es profundamente desigual. La mayoría de las escuelas de natación funcionan como empresas comerciales y el costo se identifica sistemáticamente como la barrera principal para la participación.
Según el análisis de Jorgensen, la brecha es más pronunciada en Estados Unidos y China, donde solo las familias de altos ingresos pueden costear clases regulares. Singapur, Brasil y Sudáfrica también enfrentan obstáculos económicos y geográficos de consideración.
La geografía agrava el problema en países con vastos territorios rurales. En Australia, por ejemplo, familias que viven en zonas remotas pueden tener que recorrer cientos de kilómetros para llegar a una pileta cubierta. Eso genera lo que el estudio llama una doble problemática: los niños de comunidades rurales y de bajos ingresos son, al mismo tiempo, los que tienen menos acceso a clases y los que corren mayor riesgo de ahogarse.
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Un encuestado de Zimbabue sintetizó la situación con claridad: “En África, la natación todavía se considera una actividad de élite. Pero, en realidad, si eres una persona trabajadora con un nivel de vida muy por debajo del promedio, las clases de natación no serán una prioridad; lo que sí será prioritario es alimentar a tu familia”, según recoge el libro de Jorgensen.
Los gobiernos gastan miles de millones en brechas educativas que la natación podría reducir
Frente a ese panorama, la investigadora hace un llamamiento directo a los gobiernos para que intervengan con apoyo sistémico. El argumento es a la vez moral y financiero: los Estados ya destinan miles de millones a programas para cerrar brechas de rendimiento académico en las escuelas, mientras que la inversión en natación temprana podría actuar como una medida preventiva de menor costo.
“Este estudio ha demostrado que, incluso teniendo en cuenta el nivel socioeconómico, los niños que participan en clases de calidad obtienen mejores resultados que la población general. Sería lógico que el gobierno considerara invertir en la impartición o subvención de clases de natación para niños pequeños, destinadas a familias que de otro modo quedarían excluidas de este tipo de programas”, sostuvo Jorgensen en declaraciones recogidas por Taylor & Francis.
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La investigadora va más allá y señala que las políticas de subsidio o los programas dirigidos a familias desfavorecidas tienen “un gran potencial para aportar capital a estos grupos de alumnos”. El libro fue publicado por Taylor & Francis y está disponible a través de la plataforma Taylor & Francis Online.
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