¿Frankenstein en la vida real? Qué dicen dos expertas sobre la posibilidad de recrear a la mítica criatura

El análisis médico y anatómico revela los desafíos que se deberían enfrentar para dar vida y restaurar funciones cerebrales y vitales a un ser inanimado, según las conclusiones de las especialistas

Frankenstein | Guillermo del Toro | Tráiler oficial | Netflix

El regreso de Frankenstein a la pantalla grande, bajo la dirección de Guillermo del Toro y estrenada en Netflix en octubre de este año, ha reavivado el interés por uno de los mitos más influyentes de la literatura y la ciencia ficción. La novela original, publicada por Mary Shelley en 1818, narra la historia de Victor Frankenstein, un joven científico que desafía los límites del conocimiento al crear una criatura a partir de fragmentos humanos.

Este monstruo, rechazado tanto por su creador como por la sociedad, se ha convertido en un símbolo perdurable de los dilemas éticos y científicos que siguen vigentes más de dos siglos después.

En la obra original, el proceso de reanimación del monstruo se describe de manera ambigua, aunque la electricidad aparece como el elemento central en la resurrección. Inspirada en los experimentos científicos de su época, la autora sitúa la historia en un contexto donde la anatomía y la electricidad capturaban la imaginación pública, con demostraciones de galvanismo y disecciones que llenaban teatros.

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Así, Frankenstein no solo explora los avances científicos del siglo XIX, sino que también plantea preguntas profundas sobre las consecuencias morales de desafiar el orden natural y sobre la responsabilidad de quienes buscan crear vida.

Frankenstein es un ser creado a partir de partes de diferentes cadáveres (Ken Woroner/Netflix)

Ciencia de Frankenstein y viabilidad en la vida real

El análisis anatómico y médico de la posibilidad de recrear la hazaña de Victor Frankenstein revela obstáculos insalvables. En diálogo con The Independent, la doctora y docente de la Universidad de Bristol, Allison Fulford, destacó la viabilidad de recrear Frankenstein en la vida real; mientras que su colega Michelle Spear, profesora de anatomía, también explicó si es posible llevarlo a cabo.

El primer desafío surge en la propia construcción de un cuerpo humano a partir de partes separadas. Una vez extraídos, los tejidos humanos comienzan a deteriorarse casi de inmediato: las fibras musculares pierden su integridad, los vasos sanguíneos colapsan y las células privadas de oxígeno mueren en cuestión de minutos. Incluso con técnicas de refrigeración, la viabilidad de los tejidos para trasplantes no supera unas pocas horas.

La unión de extremidades u órganos requeriría una anastomosis quirúrgica extremadamente precisa, con la reconexión de arterias, venas y nervios a nivel microscópico. Solo las extremidades demandarían más de doscientas conexiones quirúrgicas, y cada fragmento de tejido debería ser compatible para evitar el rechazo inmunológico, además de mantenerse estéril y con un suministro constante de sangre. La idea de coser un cuerpo completo y restaurar la circulación sanguínea en todas sus uniones supera tanto la fisiología como la técnica quirúrgica actual.

En cuanto a la electricidad, que en tiempos de Shelley se consideraba la “chispa de la vida”, los experimentos de Luigi Galvani y Giovanni Aldini demostraron que una descarga eléctrica puede provocar espasmos musculares en animales y cadáveres humanos. Sin embargo, este fenómeno representa solo una simulación momentánea de la vida, no su restauración.

Frankentstein llegó a Netflix con la interpretación de Jacob Elordi (Ken Woroner/Netflix)

Los desfibriladores modernos pueden reiniciar un corazón que aún conserva actividad celular, pero cuando las células han muerto y su estructura se ha degradado, ninguna corriente eléctrica puede devolverles la funcionalidad. Como señala el análisis anatómico, “la electricidad estimula las membranas nerviosas, lo que provoca que las células existentes se activen. Una simulación fugaz de la vida, no su restauración”.

El cerebro humano plantea un reto aún mayor. Este órgano necesita un suministro constante de sangre rica en oxígeno y glucosa, una temperatura corporal estable y la circulación adecuada de líquido cefalorraquídeo. El tejido cerebral solo sobrevive entre seis y ocho horas fuera del cuerpo, y para prolongar su viabilidad se requiere enfriamiento o soluciones especiales.

Aunque el enfriamiento cerebral se utiliza en medicina para reducir daños tras accidentes cerebrovasculares o en neonatos prematuros, la posibilidad de trasplantar un cerebro humano sigue siendo remota. Incluso si se lograra conectar el cerebro a un nuevo cuerpo mediante los vasos sanguíneos, la sección de la médula espinal dejaría al organismo paralizado y dependiente de ventilación mecánica.

El film de 1931 protagonizado por Boris Karloff (Universal Pictures)

El análisis plantea: “Con la circulación restablecida, el flujo pulsante de LCR y un tronco encefálico intacto, la excitación y la vigilia podrían ser posibles. Pero sin entrada sensorial, ¿podría un ser así tener conciencia completa?”

El cirujano Sergio Canavero ha defendido la posibilidad de trasplantes de cabeza humana como vía para un “rejuvenecimiento extremo”, pero la reconexión de todos los nervios periféricos y la médula espinal está fuera del alcance de la medicina actual. Los avances modernos en trasplante de órganos, circulación extracorpórea y ventilación artificial permiten mantener funciones vitales, pero no crear vida desde cero.

En las unidades de cuidados intensivos, el criterio definitivo entre la vida y la muerte es la actividad cerebral: una vez que esta cesa de manera irreversible, los sistemas de soporte solo pueden preservar la apariencia de vida.

Frankenstein se estrenó en octubre de este año (Netflix)

Experimentos históricos, avances médicos y dilemas éticos

La inspiración de Mary Shelley para Frankenstein surgió en una época marcada por el auge de la anatomía y la fascinación por la electricidad. Los experimentos públicos de galvanismo, en los que se aplicaban descargas eléctricas a cadáveres para provocar movimientos, alimentaron la imaginación popular y científica. Sin embargo, la ciencia moderna ha demostrado que estos espasmos no equivalen a la restauración de la vida.

En los últimos 200 años, la medicina regenerativa, los organoides neuronales y la biología sintética han ampliado los límites de lo posible. Hoy es factible trasplantar órganos, mantener funciones vitales con soporte artificial y desarrollar tejidos en laboratorio. No obstante, la vitalidad humana sigue siendo un fenómeno que no puede reducirse a la suma de partes y mecanismos ensamblados.

La novela de Shelley, más allá de su valor literario, plantea interrogantes sobre los límites de la ciencia y la responsabilidad moral de quienes buscan crear vida, cuestiones que siguen siendo objeto de debate en la actualidad. La anatomía permite comprender el funcionamiento del cuerpo humano, pero no responde a la pregunta fundamental sobre el sentido y el valor de la vida, un dilema que la obra mantiene vigente en cada nueva adaptación y en cada avance científico.

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