Cómo se negociarán los besos y abrazos en un mundo pospandemia

En todo el mundo, los humanos luchan por ignorar miles de años de convención biosocial y evitar tocar a otros. Especialistas reflexionan sobre la complejidad que plantea cambiar de código para los argentinos

El distanciamiento social nos recordó el papel crucial que juega el tacto en nuestro bienestar (Shutterstock)
El distanciamiento social nos recordó el papel crucial que juega el tacto en nuestro bienestar (Shutterstock)

Por diversos motivos, es sabido en casi todo el mundo, que los argentinos somos pasionales. Dicha pasión, que en algunos es innata y en otros transmitida, se puede definir como un estado afectivo que experimenta el individuo de forma duradera e intensa, que no ha sido elegido por él, y que va asociada a la sensación de estar sometido a un influjo que domina su comportamiento.

Según un estudio hecho en 2017 por el periódico británico The Telegraph, los argentinos son los más afectuosos y “toquetones” del mundo con las personas extrañas. Expertos de las universidades de Seattle, ubicada en Estados Unidos y Wroclaw, situada en Polonia, dedujeron que los argentinos generalmente permanecen a muy poca distancia de un extraño, específicamente 77 cm, muchísimo menos que otros países.

“El acercamiento cercano y personal con los extranjeros en la Argentina no es difícil. De hecho, encontrarse a una distancia más íntima de los argentinos es difícil de evitar. Inevitablemente, uno terminará presionado contra la axila de alguien en un ascensor, o incómodamente cerca de otros pasajeros en el metro de Buenos Aires”, reza parte del artículo escrito en el diario.

En Internet proliferan los foros en los que miles de extranjeros se preguntan por qué los hombres argentinos se besan tanto. Los especialistas dicen que no siempre los hombres se saludaron con besos en Buenos Aires y que más bien es una costumbre que se instaló tímidamente en los 70 y a partir de los 90 se generalizó. Incluso, se hizo costumbre enviar besos por teléfono, e-mails y más adelante mensajes de texto al finalizar una conversación.

Los entonces futbolistas de Boca Juniors Claudio Paul Caniggia y Diego Maradona, dándose un beso para festejar uno de los goles con que el equipo 'xeneize' venció 4-1 en La Bombonera a River Plate (Norberto González)
Los entonces futbolistas de Boca Juniors Claudio Paul Caniggia y Diego Maradona, dándose un beso para festejar uno de los goles con que el equipo 'xeneize' venció 4-1 en La Bombonera a River Plate (Norberto González)

Los besos tienen una historia profunda en las primeras ceremonias religiosas cristianas. En la Edad Media, un beso era un signo de fidelidad y se utilizaba para sellar acuerdos inmobiliarios. Uno o más besos en cada mejilla son un saludo estándar en gran parte del mundo.

Los científicos del comportamiento han reflexionado sobre que los apretones de manos y los besos como saludos están destinados precisamente a significar un nivel de confianza; como en, esta es alguien con quien estoy dispuesto a compartir gérmenes.

Tan duraderas como las costumbres son las advertencias de las autoridades sanitarias que instan a la suspensión de estas exhibiciones en tiempos de brotes de enfermedades. La costumbre del beso, la bise, fue prohibida en Inglaterra y Francia en el siglo XIV para combatir la plaga y realmente no regresó durante varios siglos. También se suspendió en 2009 por la gripe porcina. A medida que el nuevo coronavirus, SARS-CoV-2, se afianzaba, los funcionarios de salud de todo el mundo instaron a las personas a poner una pausa a los apretones de manos y los besos sociales.

“La realidad pandémica nos obligó a ceder obligatoriamente a muchas situaciones de la vida cotidiana, que en parte son singularidades de la cultura local de cada grupo comunitario, pero a la vez parte del lazo social en que está constituido el ser humano, más allá de las características de su entorno cultural y su época”, aseveró en diálogo con este medio el psicólogo Jorge Catelli (MN 19868), miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina.

Para el especialista, “las nuevas urgencias preventivas del contagio del COVID-19 han trastocado todos los códigos que los seres humanos hemos vivido desde siempre, en un alerta constante en relación con los otros”. “Recibir del otro su proximidad, su afecto físico y su contacto, pasó a ser repentinamente una amenaza para la propia salud y la posibilidad de transformarse en un multiplicador de esos riesgos. Los besos, evocando aquella incorporación inicial del ser humano indefenso y necesitado, pasaron a ser el escándalo del riesgo asegurado al contagio. Es evidente que fueron necesarios sustitutos desplazados, con mayor distancia y menor proximidad, como el puño cerrado -que también expresa el riesgo y rechazo en el mismo contacto imitado y el choque de nudillos y falanges- así como los ‘coditos’, que intentan mitigar ese extrañar la proximidad afectiva, social y sus manifestaciones físicas”, explicó.

Y agregó: “Estamos hechos de símbolos, y como animales simbólicos, estas sustituciones también nos sostendrán, aún por el tiempo que haga falta, para saber cómo y de qué modo contamos con el otro, ya sea indefensión, por vulnerabilidad, por necesidad, por solidaridad o por amor.

El tacto es un sentido clave para la vida humana y su carencia debilita el sistema inmunológico, además de influir en el ritmo cardíaco, la presión sanguínea y los niveles de hormonas del estrés y el amor (Shutterstock)
El tacto es un sentido clave para la vida humana y su carencia debilita el sistema inmunológico, además de influir en el ritmo cardíaco, la presión sanguínea y los niveles de hormonas del estrés y el amor (Shutterstock)

El tacto es un idioma universal, pero cada cultura tiene su propia forma de hablarlo. En el norte de África y Oriente Medio, los hombres unen sus manos para saludar, luego se besan o se las acercan al corazón. Los congoleños se tocan en las sienes y se besan en la frente. En Tuvalu se huelen las mejillas. Los isleños de Andamán en la Bahía de Bengala se sientan en el regazo del otro y luego, a modo de despedida, se llevan la mano a la boca de la otra persona y soplan.

Es un sentido clave para la vida humana y su carencia debilita el sistema inmunológico, además de influir en el ritmo cardíaco, la presión sanguínea y los niveles de hormonas del estrés y el amor. Perder el contacto de la piel —al mismo tiempo que se pierden las rutinas, la exposición a la luz natural, la calidad del sueño y hasta el cálculo interno del tiempo— es probablemente una de las fuentes de trauma que hará del mundo por venir una experiencia difícil.

Dacher Keltner, un sociólogo de la Universidad de California en Berkeley, se preocupa por el impacto a largo plazo del distanciamiento social en las personas. Sostiene que el tejido de la sociedad se mantiene unido incluso por el contacto físico más pequeño. “El tacto es una condición social tan importante como cualquier otra cosa”, dice. “Reduce el estrés, hace que las personas confíen unas en otras y permite la cooperación. Cuando miras a las personas en confinamiento solitario que sufren de privación táctil, ves que pierden la sensación de que alguien les respalda, que son parte de una comunidad y están conectadas con otros”.

“Abrazos virtuales”, dice la gente en línea, pero no es posible enviar un abrazo. Un abrazo virtual solo abre el apetito por lo que nos estamos perdiendo, del mismo modo que mirar la comida cuando tenemos hambre nos da más hambre. La sensación que intentamos compartir en un abrazo está envuelta en su encarnación en el espacio y el tiempo. Un abrazo une lo físico y lo emocional tan estrechamente que no podemos distinguirlos. El escritor Pádraig Ó Tuama señala que una forma irlandesa de decir abrazo es duine a theannadh le do chroí: apretar a alguien con el corazón.

Un abrazo une lo físico y lo emocional tan estrechamente que no podemos distinguirlos (Shutterstock)
Un abrazo une lo físico y lo emocional tan estrechamente que no podemos distinguirlos (Shutterstock)

¿Cómo se sentirá cuando podamos abrazar y besar a la gente de nuevo? ¿Tendremos que volver a aprender el protocolo o se activará la memoria muscular? ¿Nuestras terminaciones nerviosas se habrán amortiguado o hipersensibilizado por la abstinencia? ¿Abrazaremos y besaremos a todos demasiado y con demasiada fuerza, porque nuestros hábitos de alimentación han cambiado al modo de festín o hambruna, como los lobos que matan más de lo que pueden comer?

Para María Fernanda Rivas, psicoanalista integrante del Departamento de Pareja y Familia de la APA y autora del libro La familia y la ley, “actualmente, al llegar a una reunión o encuentro social, se instala un breve momento de duda en relación a cómo saludarnos”. “Todavía sigue presente el reflejo del beso en la mejilla. Se produce así un breve conflicto en el otro en el que parece jugarse el responder a una norma de cortesía -y no quedar mal- u obedecer a la ‘nueva normalidad’. Un acto que antes era automático ahora nos hace detenernos a pensar antes de actuar”, explicó a Infobae la experta.

“Sabemos también del gran efecto calmante -a veces casi mágico- que suele poseer un abrazo en un momento de angustia. O simplemente tomar la mano de alguien que está sufriendo para mostrarle solidaridad y empatía. Son códigos fuertemente arraigados en el imaginario colectivo de los que resulta muy difícil desprenderse. Las personas siguen abrazándose y besándose cuando les surge la necesidad. O el hecho de ver a los otros haciéndolo produce un efecto de ‘contagio’, y una necesidad de ‘no quedar afuera’ de esos códigos. O una especie de arrogación de un derecho por comparación: si el otro abraza o besa, ¿por qué yo no? Pareciera que el dejar de abrazarnos no es algo ‘negociable’ para los seres humanos. O quizás con el correr del tiempo se instalen nuevos códigos, que permitan despojar a estos gestos de su automatismo y podamos dar señales de qué nivel de intimidad queremos establecer con aquellos con quienes nos encontramos”, finalizó Rivas.

En última instancia, los efectos a largo plazo de esta pandemia estarán lejos de ser universales. Algunas personas se volverán germofóbicas, se negarán al contacto y continuarán con alguna forma de distanciamiento social (REUTERS)
En última instancia, los efectos a largo plazo de esta pandemia estarán lejos de ser universales. Algunas personas se volverán germofóbicas, se negarán al contacto y continuarán con alguna forma de distanciamiento social (REUTERS)

Una cosa que sí sabemos es que estamos programados para el tacto. No estamos destinados a desviarnos el uno del otro en la calle, o imitar abrazos a través de las ventanas, o abrazarnos a través de paredes de plástico. Estamos destinados a abrazar y a besar a las personas, sentir los huesos de su espalda y recordarnos unos a otros que somos cuerpos cálidos, todavía respirando, todavía vivos.

“Las pandemias en la historia han movilizado un comportamiento radical a corto plazo, pero nunca han dado lugar a cambios fundamentales en la forma en que los humanos se conectan o se comunican”, asegura Samuel Veissière, profesor asistente de psiquiatría en la Universidad McGill en Montreal. La “psicología tribal” está impresa en la especie humana, dice, y se manifiesta en manifestaciones físicas como agarrar las manos, abrazos y besos. “Puede haber una interrupción temporal, pero luego volveremos al comportamiento normal”.

Pero justo cuando la tuberculosis acabó con la práctica generalizada de escupir en público, los repetidos avisos de salud pública sobre la distancia social podrían hacer que la gente se lo piense dos veces antes de hacerlo con extraños. Los besos y abrazos pueden convertirse en una demostración más sólida de confianza. Puede que seamos más selectivos en cuanto a quién besamos o abrazamos o la ocasión en la que lo hacemos.

En última instancia, los efectos a largo plazo de esta pandemia estarán lejos de ser universales. Algunas personas se volverán germofóbicas, se negarán al contacto y continuarán con alguna forma de distanciamiento social. Pero otros volverán a las multitudes y a la conexión física rápidamente, como si hubieran sido liberados de una jaula.

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